Amina y Sudiqa (y Mariom). Tercera parte

Jon, Karim, Mariom, Sudiqa y Amina./
Jon, Karim, Mariom, Sudiqa y Amina.

Juanjo San Sebastián
JUANJO SAN SEBASTIÁN

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En esta tercera parte os contaré la historia de aquel campo base en el que me sentí feliz, orgulloso y triste: el Campo Base del Mangilik Sar.

La llegada a un campo base suele ser siempre motivo de alegría. Significa, al menos, tres cosas: una, que se ha cubierto la primera etapa de toda expedición. Otra, que uno se encuentra en el umbral para lo definitivo: en la fase en la que se prepara la cumbre. Y, por último, suele convertirse en un lugar donde se goza de ciertas comodidades. Para mi hijo Jon suponía además, alcanzar la mayor altitud a la que había ascendido nunca: 4.700 metros, casi la cota del Mont Blanc. Y, para ambos, aquel campo base significaba, sobre todo, el reencuentro con viejos amigos, el encuentro con otros nuevos y, cómo no, el momento de conocer a Amina, Sudiqa y Mariom.

Los recuerdos que atesoro de aquella tarde, y del día siguiente, no guardan el orden de un relato. Me vienen más bien como en una sucesión casi numérica de cosas importantes: la imagen, a lo lejos, del campo base con todos aquellos amigos y compañeros de peripecia, ante las tiendas esperándonos, contando con nosotros. La conjunción de Karim y Sebas, elementos químicos básicos de donde surgen los orígenes de ésta y de otras historias. Los viejos amigos. Los nuevos. El detalle de Jon, de prescindir del pantalón corto –su preferido- y usar el largo para su encuentro con tres chicas, educadas en el Islam. La conexión inmediata entre él y las tres nietas de Karim. Confluencias de edades, de energías vitales, de curiosidad y atracción ante lo diferente, de empatía… La presencia de Hanif y Hussein, hijos de Karim, padres de Amina y Sudiqa. La ausencia de… -nunca he sabido su nombre- de la hija de Karim, madre de Mariom.

Todo lo que pasó después fue sencillamente magnífico: dirigidas y acompañadas por Miriam, guía de montaña de Benasque, las tres alcanzaron la cima del Mangilik Sar, de 6.060 metros. Les acompañaron Hanif y Hussein. Y Sebas, y todos los viejos y nuevos amigos. No pude estar a su lado en la cumbre, pero me sentí feliz. Por ellos y, sobre todo, por ellas. Ni mi hijo ni yo pudimos compartir la cima. El grupo había empezado a caminar dos días antes que nosotros: sólo dos días, que marcaron la diferencia entre estar aclimatado o no estarlo, entre poder o no poder alcanzar la cumbre.

Por un momento pensé que Jon, mucho más fuerte que yo, iba a hacerlo. Pero me encantó cuando me contaron que, a poco más de 200 metros del final, decidió dar media vuelta sin aspavientos y regresar al campo base. Creo que entonces, me sentí orgulloso.

Estuvimos tres días escasos en aquella pradera. Tres días en los que Karim apenas se movió de su tienda. Como la mayoría de los baltíes de su generación, él no sabe seguro cuántos años tiene. Sabe que, aproximadamente tantos como yo, si bien una enfermedad crónica que arrastra le hace aparentar muchos más en determinados momentos bajos, como el que ahora atraviesa. En esos momentos, sin dejar de observarle y sin poder olvidar al portento físico que conocimos hace 35 años, fue cuando me sentí triste.