Amina y Sudiqa (y Mariom). Primera parte

Amina y Sudiqa (y Mariom). Primera parte

Juanjo San Sebastián
JUANJO SAN SEBASTIÁN

El verano pasado realicé uno de los viajes más excepcionales de mis últimas décadas. Aparentemente no tendría por qué haberlo sido: al fin y al cabo, el país que visitaba era conocido. El acompañante, también. El viaje no sólo discurría por un país muy querido. También lo hacía por paisajes bellísimos, por emociones y estados de ánimo, por evocaciones y recuerdos, por intensísimas experiencias vividas… en territorios que te transforman. Era como acudir a un lugar en el que uno puede ver lo más importante de su evolución vital: desde quién fue en el pasado hasta quién es ahora (de momento). Se cumplían 35 años de mi primera visita a Pakistán. Y creo que para mi hijo Jon -mi acompañante- fue su primer gran viaje. Desde nuestros primeros momentos en el 'País de los Puros' me sorprendió un impulso ya conocido: en algunos momentos, mi paisaje preferido no era aquél que nos rodeaba.

Al igual que en las primeras veces que llevaba a mi hijo al cine, no era la pantalla la que arrebataba mi atención, sino su cara fascinada por la emoción ante lo que él veía. Aquellos momentos mágicos duraban hasta que Jon se daba cuenta de la situación y me lanzaba una mirada como diciendo: «Tú aita, estás gilipollas, ¿verdad?». El viaje duró un mes, escaso e intenso. Recorrimos la 'Karakoram Highway', atravesamos el valle de Hunza, nos enamoramos de Shimshal y de sus gentes, alcanzamos el pie del Mangilik Sar, admiramos el cañón del Indo… Después, ya en Baltistán, nos afeitaron y adecentaron en una barbería fantástica de Skardú. Alcanzamos Khaplu y llegamos hasta Saling, Machulu y Hushé, me reencontré con viejos y queridísimos amigos, cuyos afectos impresionaron a Jon, al tiempo que él entablaba los suyos (le encantaba que le dijeran que parecía pakistaní).

Todo fue magnífico en este viaje, pero si tuviera que mencionar solo dos hechos importantes, uno sería nuestra excursión al Machulu La, una increíble cresta rocosa desde cuyos 5.000 metros de altitud puede divisarse un panorama único: más de 200 kilómetros de montañas pertenecientes a tres grandes cordilleras, Himalaya, Karakorum e Hindu-Kush: desde el Nanga Parbat hasta el Masherbrum (el K1), desde el Mazeno hasta el Chogolisa, pasando por los Gasherbrum, Broad Peak, Baltoro Kangri… y un abismo de más de 2500 metros hasta el río Hushé, el valle del Saltoro y la confluencia del impetuoso Shyok con el aún joven Indo.

Poco antes del atardecer y a medida que ganábamos altura, el K2 apareció, aún tímidamente, medio escondido, cuando ya casi nos situábamos en la cota en la que íbamos a dormir, a unos 4.800 metros. El siguiente fue uno de esos días que te convencen de que sólo el hecho de verlo, ha merecido una vida: con temperatura agradable, sin viento, envueltos por una luz extraordinariamente diáfana y azulada previa al amanecer, abandonamos los sacos y fuimos al encuentro de Kamal y de nuestros dos porteadores. Nos sentábamos junto a ellos, en el suelo y fue en ese momento cuando Mohammed Alí, excelente cocinero, colocó sobre el mantel un pastel de bizcocho recién hecho. Lo remataba una vela encendida y, sobre su meseta cimera, una frase escrita en nata decía: «Happy birthday, Jon». Casi al mismo tiempo que mi hijo apagaba la vela, el día se había encendido, rojo y dorado, por el oriente un poco a la derecha de «la montaña de las montañas». Era el 4 de agosto, él cumplía 19 y hacía exactamente 24 años que yo alcanzaba la cima del K2 junto a Atxo Apellaniz.

El segundo acontecimiento importante de aquel viaje fue conocer a Amina, Sudiqa y Mariom. Pero eso merece otro relato.