Cuando un pollón es un pollo grande

Las variantes del castellano entre los países hispanohablantes generan equívocos y risas

Cuando un pollón es un pollo grande
ALICIA CABOBLANCO
Isabel Ibáñez
ISABEL IBÁÑEZ

Quién no conoce a estas alturas el significado sexual que el verbo 'coger' tiene en Argentina? Pero hay muchas más palabras del castellano que acá quieren decir una cosa y allá, al otro lado del charco, una bien distinta, provocando todo tipo de equívocos, malentendidos, sorpresas y muchas carcajadas. Cuenta la española Marta Sanz, doctora en Filología, que, estando ella en la ciudad mexicana de Monterrey, unos alumnos la invitaron a salir a dar una vuelta: «Maestra, ¿quiere venirse hoy con nosotros a chupar unas pollas por ahí? ¡Ay, maestra, anímese!'». «Nunca en mi corta experiencia me había tropezado con un grupo tan desinhibido –relata ella–. Y repregunté cautelosamente: '¿Chupar pollas?'. Mis estudiantes debieron interpretar bien los signos de mi cara, el enorme desajuste: 'Sí, sí, maestra, a tomar unas cañas por ahí, como ustedes dicen'. Hecha la aclaración, les aconsejé que no entraran en los bares madrileños con su desparpajo habitual anunciando que querían chupar unas pollas».

Momentos como este se recogen en el libro 'Lo uno y lo diverso. La riqueza del idioma español' (editado por el Instituto Cervantes y Espasa). Casi 489 millones de personas hablan castellano como lengua nativa y es idioma oficial en 21 países. Según el escritor y periodista Álex Grijelmo, apenas el 2% de las palabras de este idioma son propias de las variedades lingüísticas y no comunes, «pero a todos nos encanta utilizar el 98% restante para hablar de ellas». El libro se refiere precisamente a ese pequeño porcentaje de vocablos y recopila historias vividas en carne y hueso por escritores, periodistas, profesores... a cuenta de estos desajustes.

Ya lo dice la cubana María Antonieta Andión Herrero, profesora de Lengua y Lingüística de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), quien, cuando le pidieron escribir de la variedad del español para este libro, pensó en «la sexualidad, el tabú y los genitales», aspectos que propician buena parte de estos malentendidos. Como los vividos por ella misma en nuestro país: «Pocos saben que los dulces a los que los españoles, mexicanos, ecuatorianos, argentinos, bolivianos... llaman 'bollo' es una palabra que designa groseramente a la vulva en Cuba y República Dominicana». Y se acuerda de cuando entró en un bar de Lavapiés y, señalando un bollo de la barra, le dijo al camarero que le pusiera ese 'pastelito'. Una vez en la mesa le hizo señas de que le trajera algo para cortarlo. «Cuchillo y tenedor para el bollo de la señoritaaa», vociferó aquel hombre, «y yo me hundí tras el periódico y no volví a hablar». En otra ocasión, en un mercado de Madrid fue a una pollería, pues esa noche tenía invitados: «Deme un buen pollón», le dijo al al carnicero. «Un pollo grande para asar, ¿verdad?», le dijo él un tanto azorado. Un anciano que esperaba su turno a su lado le dijo: «Así es como se pide, maja». Y otra señora: «A ver qué le vas a dar a la chica, porque a lo mejor también quiero yo». Carcajadas, claro.

Le preguntaron si le 'provocaba un tinto' y creyó que se referían a si le 'ponían' los negros

Aporta la experta cubana una lista de los nombres que tienen los órganos sexuales dependiendo del país. Para el masculino: pinga, bicho, chorizo, garrote, mazo, fierro, nervio, sacapedos, choto, estaca, tuco, hilacha, polla, picho, coso, mazorca, morada, perico... En cuanto al femenino, ahí van otros tantos: coño, papaya, mico, chocha, zorra, sapa, araña, pañal, pepa, zanja, mono, bacalao, pepita, pajarilla, peluda, pancito, semita, chepa, licuadora, bellota, cacerola, cucú, gelatina, tostón, cachetona, musaraña...

Papa o patata

A la escritora española Carmen Riera le preguntaron en Colombia que si «le provocaba un tinto». Cuenta que ella desconocía entonces el uso coloquial de provocar como 'incitar el apetito, apetecer, gustar.' Aunque a Riera, por su parecido fónico con 'perbocar' del catalán –idioma que ella domina–, aquello le sonó a 'vomitar' por una parte y, por otra, a 'pedir guerra, a ir por ahí excitando al personal'. «En cuanto al tinto, lo asociaba, claro está, con el vino, y pensé que tal vez me preguntaba si el vino tinto me sentaba mal, tan mal que me revolvía el estómago. Pero como en catalán, al vino tinto le llamamos negro, conjeturé que quizá lo que quería saber ella era si los negros me atraían, si los consideraba excitantes». En cualquier caso Riera contestó que sí. Y le trajeron «un café estupendo que en España hubiéramos calificado de solo».

Pero además del sexual, hay otros ámbitos donde encontramos este tipo de variantes. Por ejemplo, en el modo de decir una cantidad indeterminada de cosas: los tropecientos de España son chorrocientos en otros países hispanohablantes, así como chorromil, cuchucientos, sepetecientos, ceremil o sopotocientos... Por contextualizar el tema en la pandemia, vamos allá con la mascarilla, como decimos nosotros, aunque en otros países prefieren llamarla tapabocas o cubrebocas, barbijo, barboquejo, naso y nasobuco.

¿Y por qué aquí decimos patata si en el lugar de donde las trajimos las llaman papas? Indica el escritor y diplomático peruano Carlos Herrera que una de las explicaciones es que se trata de un cruce de papa con batata, otro tubérculo semejante, pero nada definitivo hay sobre esto. Apunta él a una teoría que corre por un foro de internet: que quizá se deba a la influencia de la Iglesia española, «que habría encontrado inconveniente utilizar el mismo término para referirse a Su Santidad y a un vil tubérculo».