Adiós al maestro Alcántara

«No he conocido a nadie al quele hayan salido a gusto sus planes»

Manuel Alcántara se muestra clarividente en esta entrevista de 2014./Salvador Salas
Manuel Alcántara se muestra clarividente en esta entrevista de 2014. / Salvador Salas

«Es una cabronada tener que despedirse». Eso le sugería a Alcántara la visión hipnótica del mar, que repetía todos los días después de escribir su artículo para EL CORREO

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Elogia más el ritual previo del dry Martini –ahora en monodosis– que el resultado de la cocina. Los dos son aperitivos para agitar una vejez intensa. «Me gusta no hacer hoy lo que puedo hacer mañana», proclama su autocaricatura de falso indisciplinado, de sísifo fatigable con 28.000 artículos a las espaldas. Manuel Alcántara solo quiere las obligaciones que le atan a la columna diaria.

«Pepe, avísame cuando no haya peligro de fumarme un cigarrito», suelta de repente.

El camarero escruta con agilidad de autillo y asiente para que el maestro encienda y la conversación pueda prender en el comedor vacío. Es viernes 4 de julio de 2014. Tiene 86 años. Mediodía. Merluza al ajillo, un gazpacho y bolita de vainilla para una deconstrucción de tertulia a dúo con pretensiones de entrevista en la que las preguntas sobran.

¿La mejor edad del hombre está entre los 50 y 70, como decía Delibes?

–¡Qué gran español! A mí no me gusta la caza y hasta han dejado de gustarme los toros aunque he sido hasta jurado de trofeos taurinos. Pienso que de los 50 en adelante, diez o doce años más, es la edad más melancólica del ser humano. Miro el mar y digo: parece mentira que sea la última vez. Es una cabronada tener que despedirse. El mar me produce un estado de hipnosis. Lo miro después de escribir cada día el artículo con variable suerte. Es enigmático, siempre distinto e igual. La comprobación de la radical soledad del ser humano. Hasta los 50 hay un simulacro. Te abandonan la juventud, los padres, los hijos porque viven su vida. La edad más triste es a partir de los sesenta y tantos. Ya te has conformado y al final eres un superviviente de un naufragio del que no se salva nadie.

Ha dejado escrito que hasta los 30 uno no es realmente maduro sino una masa mental informe.

–Lo malo es ser mayor y hacer balance. No he conocido a nadie al que le hayan salido a gusto sus planes. Me iré de lo más feliz del mundo. Si me hubieran puesto una varita mágica para provocar daño a alguien, aunque sea un dolor de muelas, estaría sin tocar. Hay quien conserva viejas heridas personales, eso hay que olvidarlo ¿Por qué aspiramos a ser felices? Un chiste entre los chuletas de Madrid decía: ¿Tú eres feliz? No. Ni falta que me hace.

¿Han dejado de gustarle los toros? ¿Y eso?

–A mi hija la llevé a Las Ventas, y cuando vio que mataban al primero, empezó a llorar. Cuando el segundo me preguntaba: ¿también lo van a matar?... nos tuvimos que ir de la plaza. Entonces descubrí que la llamada fiesta nacional consiste en martirizar para disfrute de la gente. Conste que una buena media verónica me pone los pelos de punta. Y eso pasa, desde Goya a Gerardo Diego, que era un gran aficionado. El que va a los toros no es un bárbaro, pero ha llegado a disminuir mi afición. Del que no puedo prescindir es de José Tomás. Prohibir es cortar la libertad. Hay que dejar a la gente que se equivoque. Hay una presunción de civilización en Barcelona con el tema taurino. El independentismo es una tragedia. Los nacionalismos son tribales. He sido jurado diez años de un premio deportivo en Barcelona. La conozco bien. Todo el que no quiere sentarse a la mesa es que quiere comer más. Hay quien dice: ¡Que se vayan a la mierda...! No no. Ni hablar. Me costaría mucho dejar de considerar compatriotas a los catalanes.

En el boxeo, ¿también se ha caído del caballo?

–Para el boxeo, siempre he tenido un reproche moral. He rodado por toda Europa, he estado en el Madison Square Garden. En todos los deportes se puede decir que ha ocurrido un accidente, menos en el boxeo porque ahí cada boxeador sale a accidentar al contrario. Hice un estudio sobre los sonados. Un tío que está hablando y de pronto se ríe sin motivo. El deterioro cerebral va creando microlesiones. He estado comiendo con un campeón de España, Victoriano Alonso, y de pronto, al escuchar la sirena de una ambulancia se pone en guardia. Llevaba 25 años sin boxear. He visto también morir a un boxeador en el ring, a Rubio Molero, un chico de Almería.

«La edad más triste es a partir de los sesenta y tantos. Te has conformado y al final eres un superviviente»

La libertad, un objetivo

Dámaso Alonso decía que el Madrid de los años 40 era una ciudad con un millón de muertos. ¿Cómo llevaba usted aquella grisura de posguerra?

–Recuerdo que con Dionisio Ridruejo, en el 50 y tantos, cuando le dieron el nobel a Juan Ramón Jiménez, fui con él en autobús a Moguer. Decía algunas cosas raras y sensatas, como la de «quiero hacer posible un régimen que me encarcele». Era un hombre clave que construyó todo aquel tinglado ideológico. Se da cuenta de pronto de que quiere reparar un daño, y lo destierran a Ronda, e hicimos una cuestación en su favor. La vida española la hemos complicado todavía más desde entonces. Estamos en vísperas de un cambio, pero no sabemos cómo va a ser la fiesta. Creo que la libertad es un objetivo, pero a muchas personas le extraña lo de los matrimonios homosexuales. A mí no me extraña. Cada persona es distinta. ¿Por qué vas a juzgar a un ser por su tendencia? Fulanita es lesbiana. Muy bien, como si es filatélica. Nunca he juzgado a nadie por su tendencia sexual. Hay mucha hipocresía, fomentada y ocultada por la llamada Santa Madre Iglesia.

¿Cree que ha traído más daños que beneficios?

–Por supuesto. Soy muy orteguiano, y Ortega y Gasset se dio cuenta de la catastrófica influencia del catolicismo. Eso de dividir a los españoles en buenos y malos...

Usted era un joven que buscaba su lugar bajo el sol. Otros lo encontraron gracias al 'cara al sol'.

–Yo he conocido no menos de cuatro personas de las que redactaron la letra del vals en el que se basa el himno de Falange, entre ellos a Agustín de Foxá. José Antonio Primo de Rivera encerró a cuatro poetas falangistas en un sótano y les dijo: hacedme un himno que hable de la novia y de las estrellas. Se sabe que quien hizo el verso peor, ese del impasible el ademán, que es confundirlo con gesto, fue José María Alfaro. Tellería decía que ese himno hizo ganar la guerra. La letra de los carlistas tradicionalistas era muy reiterativa: Por Dios, por la Patria y el Rey lucharon nuestros padres; Por Dios, por la Patria y el Rey lucharemos nosotros también, con lo cual se ve que habían progresado muy poco. Lo difícil es afrontar el tema terrible del olvido. Cuando muere el gran Luis Cernuda el único que lo recuerda, soy yo, con perdón, en el 'Ya'. Es un cierto orgullo que tengo. Y fue gracias a Manuel Calvo Hernando, que convenció al director, que era un tarugo. En mi primera etapa en los periódicos –pasé por todos: 'Ya', 'Pueblo' y 'Arriba'– tenía que esperar al motorista de la censura. Tenía que esperarlo porque tenía que venir con un sello que ponía 'autorizado'.

¿Le devolvieron muchos artículos a los corrales?

–Muchos, pero sobre todo los que no nacieron por la censura previa. Ni por asomo iban a salir. Está demostrado que el periodismo sin libertad es necesariamente bueno. Con libertad puede ser bueno, malo o malísimo. Tampoco que cualquier gilipollas venga a insultar. En mi vida nunca he practicado el agravio personal.

El no hacer loas ni lo contrario al franquismo le habrá supuesto momentos difíciles.

–Insisto en que no quiero criticar a mis contemporáneos. Me queda poco tiempo de ser contemporáneo. Compro cada día cinco periódicos y algo que huelo son los mecanismos de control. Por el contenido, veo de donde vienen los suministros económicos. El que alaba y denigra. Nunca he tenido insinuadores ni consejeros. He sido responsable de todas las tonterías que he podido decir, pero nunca he estado subvencionado. Otro problema es que si juegas en un equipo no puedes contradecirlo.

¿Algún artículo en el que se equivocó?

–Todo periodista es un escritor, no sólo Goethe o Schopenhauer. Creo mucho en el periodismo. Te suministra lo que pasa en el mundo cada 24 horas. Cuando alguien dice: yo no leo. Se te nota, le digo. La mejor definición de periodismo me la dijo Gerardo Diego. No la llegó a escribir y ahora la cita cualquier sherpa: «El periodista es un cantor de lo cotidiano y un salvador de instantes». No he visto una mejor definición. La mejor cualidad de un periodista es la impunidad: enfrentarse a un folio en blanco.

Y la ironía, que está en todos sus artículos.

–Chesterton decía que lo más curioso de los milagros es que existen, y es un milagro haber vivido largos años sin otro oficio que escribir. No es fácil.

«Está demostrado que el periodismo sin libertad es necesariamente bueno»

«Una generación preciosa»

¿Sabía que iba a ser su medio de vida?

–Sí. Pertenecí a una generación preciosa y curiosamente sin ningún rencor político: Rafalito Azcona, Mingote, al que he visto vestido de capitán del ejército vencedor y al que fichó 'ABC'. Al lado de nosotros podía estar alguien que acababa de salir de la cárcel. No recuerdo ninguna sociedad más democrática que aquellos que tomábamos café en mesas que eran lápidas del revés, como se ve en 'La Colmena'.

Usted es historia viva. Ha conocido y amigado con autores clave, como Umbral, otro hito del columnismo.

–Paco era un muchacho muy tímido, y le he conocido de toda la vida. Tengo cartas de Paco de cuando muere su hijo y escribe aquel prodigioso libro, 'Mortal y Rosa', en el que solo emplea una vez la palabra niñito. Él le cogió la melodía a los alejandrinos de Pablo Neruda e incrustaba versos. Paco hubiera querido ser poeta. Ha sido el mejor, aparte de que fuera muy atrabiliario y loco. Me regañaba por beber. Me reconoció que a raíz de la muerte del hijo bebía sin compás y lo mezclaba con optalidones. Fui a verlo cuando se acababa...No he visto escribir a nadie tan rápìdo. Yo no soy lento, pero hago tachones.

Ha conocido a grandes escritores.

–A media literatura. A don Jacinto Benavente. En la representación del drama 'Una señora' no se ponía el nombre del autor, que estaba catalogado como rojo. Llegó un muchacho muy guapo con una foto de Benavente, y le dijo «póngame en recuerdo de una noche inolvidable». Lo miró. Yo se lo pongo, le dijo y allá usted con las explicaciones...Tenía fama de homosexual (ja, ja, ja). Don Jacinto Benavente ha esperado a una señora. Es lo que dice la gente, ya era hora, ya era hora, se decía. Había ingenio, maledicencia.

¿Se le pasó alguna vez por la cabeza abdicar como decano del columnismo?

–Se puede alejar uno, pero con las vocaciones fuertes nadie deja de ser. Se puede ser ex ministro, ex monarca, pero no expoeta.

Cuando se partió la cadera, en 2012, aquel tiempo en el hospital lo vivió con una gran tensión, apartado de escribir, pero con la olivetti en la cama de al lado.

–Claro. Lo triste es, si no eres definitivamente tonto, comprobar la decadencia. A mí no me falla todavía la memoria. Las otras dos potencias, inteligencia y voluntad, también las conservo. De inteligencia y de voluntad estoy regular, pero no tengo lo que se dice una gran voluntad.

Eso no se lo cree nadie, con esa constancia rocosa.

–No trabajo mucho. Me levanto tarde, a la hora, o sea más pronto que nunca. Antes era para que no se me hiciera tarde para el aperitivo. Ahora me levantan sobre las 11.30. El tramo que peor llevo es el de la incorporación. Las dos cosas –levantarme y acostarme–las hago a disgusto porque he sido muy noctámbulo. Ahora estás viendo el final. La gente me decía antes: ¡qué bien estás! Ahora me dicen ¡tú estás muy bien! Lo hacen pensando en que lo próximo serán 87, lo que en Málaga se dice una buena edad de esquela.