Vía Verde Antoñana-Santa Cruz de Campezo - Álava

Un paseo para combatir los excesos

Dos ciclistas salen de uno de los túneles de la vía verde. /Jesús Andrade
Dos ciclistas salen de uno de los túneles de la vía verde. / Jesús Andrade

El trazado del tren de Estella constituye un trayecto corto, llano y acondicionado entre las dos villas alavesas

IÑIGO MUÑOYERRO

Los niños están de vacaciones, inquietos y, como los adultos, un tanto necesitados de un poco de ejercicio que ayude a bajar tanto turrón. He aquí unas cuantas rutas de dificultad variable para aprovechar estos días de asueto y conocer algunos puntos de interés de nuestro entorno, bien por sus paisajes, bien por sus valores culturales o arquitectónicos. De modo que nos ponemos las botas y arrancamos en la vía verde del Ferrocarril Vasco-Navarro, cuya actividad se extinguió el 31 de diciembre de 1967. El último tren cubrió sin novedad los 143 kilómetros entre Estella y Bergara y apagó los motores. Fue el final de trayecto para una aventura que comenzó el 7 de febrero de 1880 en la localidad navarra. Había dejado de ser rentable, aseguran. El caso es que con su desaparición los pueblos se quedaron más solos. Arrancaron las vías, se cayeron los puentes y las estaciones eran derribadas o pasaban a manos particulares. La ruina terminó con la irrupción de las vías verdes.

Gracias a ellas, el recorrido ha sido acondicionado como paseo para caminantes y BTT. De los 143 kilómetros originales, 123,5 ya están en funcionamiento. En esta ocasión recorremos un corto trayecto entre Antoñana, donde está el Centro de Información, y Santa Cruz de Campezo, a los pies de la sierra de Codés, en el límite con Navarra, un tramo abierto y soleado para esta época de sombras y día cortos.

Información abundante

La larga recta de la vía verde que llega de Atauri finaliza en la pasarela de Antoñana (km. 36). Permite superar la A-132 y llegar al Centro de Información, que está ubicado en tres vagones de ferrocarril restaurados y reutilizados. Asientos originales de dura madera, valijas, horarios y otros objetos se muestran al público. Recepción amable e información completa y precisa.

Próximo a ellos está el edificio de la antigua estación, magnífico, pero ahora de propiedad particular. Hay muchos postes indicadores de GR, PR y senderos locales. Antoñana queda a un paso y merece una visita. La villa amurallada y medieval destaca a la izquierda, sobre un otero ceñido por el río Ega. Hay noticia que existía ya en el siglo X. Fue navarra antes de pasar a la corona de Castilla (siglo XII). Subimos la cuesta para entrar por la puerta de la muralla. A la derecha queda la iglesia-fortaleza de San Vicente (siglo XVI), y a la izquierda, la cárcel ahora museo (en obras).

Sus tres calles se orientan de norte a sur comunicadas por pasadizos porticados. Las casas, todas medievales, muestran en sus fachadas los escudos de armas, algunos de familias extinguidas hace tiempo. Las mejores son la casa-torre de los Hurtado de Mendoza, Condes de Orgaz (siglo XIII) y el palacio con torreón de los Elorza (siglo XVI).

Dos jinetes acompañados por un perro. | Puerta de la muralla de Antoñana. | El área informativa se encuentra en un vagón. / Rafa Gutiérrez | Jesús Andrade

Una ermita rupestre

Como en Atauri, la traza original del ferrocarril en Antoñana ha sido ocupada por la A-132. Ahora seguimos la carretera local A-3136 que va a Bujanda, donde se puede visitar la ermita rupestre de San Román, horadada en la ladera de la Muela y cubierta de robles y hayas, en el límite SE del Parque Natural de Izki. Seguimos los paneles indicadores, numerosos y completos, que nos devuelven al trazado original. De nuevo en la vieja vía del tren, caminamos por una pista de tierra en excelente estado por la vega del Berrón en paralelo al río que hace honor a su nombre. El sotobosque es magnífico, otoñal, con los árboles exhibiendo todos los matices del color marrón. Casi a continuación enlazamos con el viaducto de Santa Cristina (km 38), elevado con sillares de piedra y hormigón, mientras el arroyo corre por debajo cristalino, libre de polución, refugio de truchas. Volvemos a tropezar con la A-132 en Fresnedo (km 39). Solventamos el paso por una pasarela de madera que hace las veces de mirador de la cercana Santa Cruz.

Antoñana y Campezo merecen una visita pausada por su gran#patrimonio monumental

El río de remansa en el parque de Fresnedo y forma una gran piscina que se utiliza como zona de baños durante el verano. Hay mesas, bancos, una bonita pasarela sobre el río y un chiringuito que por estas fechas está cerrado. A partir de Fresnedo (hubo un apeadero) el paisaje cambia. Se abre y ensancha. A la izquierda se divisan las paredes de la sierra de Lokiz, mientras que los montes de Codés cierran el paisaje por el sur. La vía surca la llanura cerealística y se acerca a Santa Cruz. De frente continúa hacia el paraje donde estuvo la antigua estación, derruida hace tiempo, y Zúñiga, primer pueblo de Navarra. Nosotros nos desviamos hacia Campezo (atención al cruzar la carretera), medieval y monumental, con buenos bares y mejores restaurantes (km 41). Volveremos a Antoñana por el recorrido de venida.

El encinar de la ermita de Ibernalo

La Vía Verde del Vasco-Navarro nos ha traído hasta Santa Cruz de Campezo. Una vez allí alargaremos el recorrido hasta la ermita de Nuestra Señora de Ibernalo (1,5 kilómetros), escondida de las miradas en un encinar espectacular y oscuro, el más profundo y mejor conservado de Álava. Una carretera bien asfaltada se acerca a la montaña y termina frente al templo, donde encontraremos espacio para aparcar y una fuente. La ermita sorprende por sus dimensiones y el estado de conservación. Es muy antigua y está documentado que en 1250 hubo un poblado en el lugar. De aquellos tiempos quedan los cimientos y una roca tallada de origen paleocristiano que apareció adosada al muro y ahora está en el Museo de Vitoria.

El enclave ha sufrido numerosas calamidades. El 13 de mayo de 1812, durante la Guerra de la Independencia, Santa Cruz es el escenario de una batalla entre las tropas españolas y francesas que queman la ermita de Ibernalo. Años más tarde, en 1834, durante la Guerra Carlista, el ejército del general Zumalacárregui marcha hacia Viana por el camino de Piano y derrota en la batalla de Arquijas al general liberal Oráa, que se retira a Santa Cruz. La ermita resulta dañada. El edificio actual es de 1930 y su interior es luminoso. Preside el altar mayor una preciosa talla románica de la Virgen sedente con el niño, acompañada por San Cristobal y San Isidro.

Adosada al templo se encuentra la Casa Rural Ibernalo, con un restaurante informal. Ibernalo es punto de partida de varias y duras excursiones. La más popular es la subida al Yoar, el techo de Codés. Son 12,7 kilómetros de ida y vuelta con 730 metros de desnivel. Casi todo el camino pasa a través del encinar, que en los altos deja paso a robles y hayas.

Pero si lo que queremos es pasear entre encinas y bojs podemos optar por el sencillo camino de Costalera. Desde el aparcamiento sube un sendero señalado con hitos de piedra que se interna en el encinar. Llega hasta unos letreros que señalan la dirección del Santuario de Codés (8,4 km) y La Senda de la Dormida. Sube hasta un rellano bajo la cima de La Cogolla (arriba) donde vemos las señales del GR-1 y un PR-A (30' aprox).

Continuamos por la izquierda bajo un túnel de encinas y boj, en el que sólo el crujido de las ramas rompe el silencio. Quizá nos crucemos con algún jabalí de los muchos que pueblan el bosque. La senda comienza a perder altura hasta situarse bajo la peña de Los Cencerros, donde empieza el tramo complicado de la subida Peña Costalera. Si lo hacemos a media tarde el aroma del boj y del enebro embriaga el aire mientras intentamos sin éxito sorprender a algún habitante del bosque. No hay fuente en el recorrido.