Payasos asesinos y psicópatas de pega: la carrera más gore, en Villarcayo

Un corredor se encuentra con un payaso y un psicópata en motosierra. / Diego de la Iglesia

Dos vizcaínos vencen en la cuarta edición de la Terrorífica de Villarcayo, un trail nocturno con figurantes y mucho humor. EL CORREO estuvo allí

Josu García
JOSU GARCÍA

En las películas de miedo, la víctima nunca logra escapar del asesino. Aunque corra con toda su energía y su verdugo camine a paso lento, siempre la acaba cogiendo. La realidad es muy diferente. El instinto de supervivencia dispara la adrenalina ante una situación de peligro y el cuerpo puede llegar a metas nunca antes alcanzadas. Es una de las sensaciones que se puede experimentar en la Terrorífica de Villarcayo, una prueba de trail diferente que cada verano desde 2016 se celebra en esta localidad del norte de Burgos, ubicada a sólo una hora en coche de Bilbao.

La cita atrae a cientos de runners y de aficionados al trail, ya que el trazado de 10 kilómetros discurre en un 70% por pistas y senderos de montaña, pero también congrega a muchos curiosos y personas que practicamos otros deportes y que no renunciamos a vivir por una noche un espectáculo tan excitante. Correr por el monte a oscuras, con decenas de locos asesinos y psicópatas de libro persiguiéndote tiene su encanto. Dicho así suena extraño, pero merece la pena probar salvo que se padezca coulrofobia (aversión a los payasos).

Nuestra aventura comenzó en la zona de El Soto de Villarcayo el pasado sábado. La Terrorífica está organizada por el club de atletismo local y por un grupo de entusiastas voluntarios, con la colaboración del Ayuntamiento. Es un evento popular, con una inscripción muy asequible (12 euros y regalan una formidable camiseta) y un ambiente muy acogedor. Un equipo de djs y un espectáculo de luces transformaron la salida en una animada discoteca.

En la línea de meta, 260 runners y otros 260 senderistas. Minutos antes del pistoletazo inicial, fijado para las 22.30 horas, unos 200 niños habían participado en una versión corta y más 'light' de la prueba. El payaso 'Pogo' se encargó de que los pequeños corrieran a toda velocidad. Y aunque alguno lloró del susto, la inmensa mayoría disfrutó de lo lindo. La prueba txiki le da un toque familiar muy acertado a la cita.

Pequeños zombies y arlequines corrieron la prueba infantil.
Pequeños zombies y arlequines corrieron la prueba infantil. / Diego de la Iglesia

Cuando nos llegó el turno a los mayores, el ambiente era espectacular. Todo el pueblo volcado con la prueba. La temperatura era muy agradable, rondando los 20 grados. El único requisito para participar es llevar una linterna frontal. Al escenario subió un mefistofélico personaje que nos advirtió de que nos encontraríamos con todo tipo de seres demenciales durante nuestro recorrido. «Corred, malditos, corred», nos aconsejó.

Y allí que salimos todos en tropel. 260 personajes dispuestos a pasar un rato divertido y… por qué no, también algo de miedo. La carrera se estira muy rápido y antes de llegar al primer kilómetro abandonamos el casco urbano y nos introducimos ya en el campo, mecidos por la oscuridad de la noche. Un rosario de luces se adentra en las estribaciones del monte Castellanos, una tachuela que va a ponernos las piernas a tono.

Aparecen los primeros figurantes: una mujer en silla de ruedas, un payaso con un cuchillo y varias damas siniestras que nos aconsejan no meternos en el bosque. No han pasado ni 10 minutos y apenas veo nada frente a mí. Corro en soledad. No percibo más allá de los 5 metros de luz que me proporciona mi frontal. Por detrás escucho la respiración agitada de algún runner, ¿o será la de algún payaso descarriado?

Por si acaso, aprieto el paso. Estamos corriendo muy rápido. El reloj GPS me marca 14 minutos en el kilómetro 3. Y las pulsaciones van por las nubes, seguramente más por la excitación del momento que por el esfuerzo físico.

Correr de noche por el monte es extraño, pero bonito. La luna apenas ilumina en Villarcayo. Lo bueno es que el recorrido está perfectamente señalizado. Además de cintas reflectantes, hay banderines que impiden que nos perdamos por el laberinto que se ha dibujado con precisión quirúrgica a través del monte Castellanos, una zona que los ciclistas de montaña conocemos bien, porque aquí se disputa la Merindades Bike Race. Pero que, pese a que habré pasado por estas sendas decenas de veces, la penumbra me impide reconocer. La sensación es la de estar perdido de manera perpetua.

Nos abrimos camino entre encinas centenarias y alguna zona de pinar. El suelo es arenoso. Una fina capa de polvo se levanta al paso de los corredores, lo que hace que se vea todavía menos. En realidad, vamos tanteando el camino a cada paso, en algunos momentos casi rezando para no tropezar y ser víctima de los seres que nos persiguen o que salen en cada rincón.

Pasado el ecuador de la prueba nos encontramos con un avituallamiento. Dos damiselas engoladas nos invitan a echar un trago de agua o Powerade. Uno se pregunta si habrán echado veneno al vaso. Creo que me estoy metiendo demasiado en el papel, pienso. Así que opto por parar a beber unos segundos. Total, ¿qué puede pasar? Seguimos y un poco más adelante, llega el gran susto de la noche, el momento en el que mi corazón se disparó de manera irracional. Y no fue por un estímulo visual, sino por uno sonoro. Sucedió al atravesar un estrecho sendero. Fue entonces cuando un figurante al que no había advertido, al estar embozado tras un árbol, puso a menos de un metro de mi oreja una bocina. Al hacerla sonar pegué tal acelerón que gané por lo menos dos posiciones.

Al fin salimos de la colina y descendemos a todo trapo hacia el pueblo de Bocos. El cielo se abre y ahora ya se ve bastante mejor. Ha pasado el sobresalto. O no, porque en el kilómetro 7 nos adentramos en otra trampa, en la umbría y húmeda chopera que rodea el curso del río Nela. De nuevo corremos casi a ciegas. Y cerca de una casa en ruinas nos asaltan demonios, algún demente y... más payasos, esta vez con motosierras (¡qué afición por este personaje tienen en Villarcayo!). Pero esto se acaba. Mis piernas, al menos, me lo están pidiendo desde hace un rato. Hacemos un último esfuerzo en lo que se conoce como la playa, la zona de ribera de las piscinas naturales de Villarcayo. La arena allí depositada nos atrapa. Cruzamos el Nela y entramos a El Soto. Al fondo vemos la sinfonía de luces y sonido. Y aparece el arco de meta. Estamos salvados. El público, entre ellos mi familia y amigos, animan a rabiar. Los niños piden que les choques la mano. Quieren sentir tu miedo.

Y cruzamos la línea de llegada. 51 minutos de aventura. Puesto 34. Cansado, pero feliz de estar vivo. Ganan dos vizcaínos. Adrián Merino (40 minutos, 22 segundos), entrenador personal que trabaja en Getxo, y, en la categoría femenina, Raluka Ungureanu (43.01), atleta residente en Bermeo. La fiesta en Villarcayo sigue hasta bien entrada la madrugada. El verdadero terror para mí llegará al día siguiente, cuando mis piernas de ciclista me recuerden que llevaban casi un año sin practicar running y me reprochen que, por mucho miedo que me dieran los figurantes, corrimos más rápido de lo recomendable.

Diego de la Iglesia