YERRO (De casta le viene al galgo)

Iñigo Muñoyerro, en la cumbre riojana de Campos Blancos en 2016./Javier Muñoz
Iñigo Muñoyerro, en la cumbre riojana de Campos Blancos en 2016. / Javier Muñoz
Juanjo San Sebastián
JUANJO SAN SEBASTIÁN

Soy de los que aún se pierde en internet; de los que conservan mejor las ideas leídas en papel que las vistas en cualquier pantalla. Y me considero uno más de esa inmensa cantidad de personas a las que las sorpresas, lo distinto, lo inesperado, se les queda mucho más grabado, en la mente y en el corazón, que lo rutinario.

De mis primeras escaladas en el Pagasarri, aparte de los nervios, el miedo y la emoción de aquel nuevo mundo por descubrir, recuerdo una placa metálica, atornillada sobre el último de los 'pasillos' del roquedo de la cumbre, dedicada a Ignacio Tamayo, muerto al quebrarse el anclaje del que rapelaba.

De mis primeras indagaciones sobre la historia del alpinismo más cercano, recuerdo un artículo publicado por el Bilbao Alpino Club, entidad a la que pertenecía el infortunado Tamayo. En lo que yo sé, aquel artículo rompía los conceptos establecidos hasta entonces en el tratamiento de este tipo de noticias. Su autor no hacía, como suele decirse, «leña del árbol caído», no se extendía –como era usual en la época- en consideraciones paternalistas, ni se deshacía en casposos llamamientos, tan habituales entonces, a erradicar la escalada de la faz de la tierra.

Yerro, que así firmaba, simplemente lamentaba la muerte de aquel joven de 20 años «en el Pagasarri, el monte femenino, el de suaves desniveles ¿Quién creería que el Pagasarri tenía precipicios, tenía abismos? ¿Quién imaginaría que el Pagasarri pudiera engullir una vida?»

A aquel Yerro, la mayoría de mi generación lo conoció como «Munitibar» o, simplemente por su apellido completo: Muñoyerro. Era el padre de Iñigo. En mi recuerdo, Iñigo Muñoyerro escribía de ciclismo, pero se inició en las páginas de montaña prácticamente al mismo tiempo que Martín Zabaleta llegaba a la cumbre del Everest, allá por 1980.

En 1985, a mi regreso del Makalu, mi primera cumbre del Himalaya, me entrevistó por primera vez. Volví con unas leves congelaciones en los pies. No he olvidado el titular: «Un 8000 que pudo costarle los pies»… lo hubiese matado. Pero no lo maté, así que Iñigo siguió escribiendo: de deportes, de ciclismo, de montaña… a veces me lo encontraba solo, aunque la mayor parte de ellas venía con Fernando J Pérez. Eran como los detectives Starsky y Hutch, pero centrados en casos de montaña.

Un buen día descubrí su auténtica pasión, la primigenia, la que le hacía alcanzar el máximo de su potencial. Era una pasión compartida y no era la montaña: el artículo más brillante que le he leído a Iñigo versaba en torno a una velada de boxeo y me pareció sencillamente sublime. Tanto, que me alegré infinito de no haberlo matado en 1985.

La última vez que hablé de él con Fernando, me contó lo de la cruel enfermedad degenerativa que se lo ha llevado: una extraña variante del ELA, que se desarrolla a velocidad vertiginosa. Maldita ELA. Volveré a hablar pronto de ella.

A veces es caprichoso el destino: Iñigo comenzó a escribir de montaña y con el Everest de Martín Zabaleta. Después de su jubilación, continuó escribiendo de montaña. Cuando ya no podía ni escribir, sus relatos almacenados durante años, sobre excursiones por bellísimos entornos cercanos -también compartimos pasión por Las Merindades- continuaron publicándose en las páginas de EL CORREO.

Como un guiño del destino, una ELA maldita se lo llevó el mismo día en que este portal, Mendian, veía la luz. Descansa en paz, Iñigo. Seguirás en nuestra memoria cuando paseemos por las Merindades, cuando disfrutemos de alguna buena velada de boxeo o cuando volvamos a releer historias de montañas solitarias, gestadas en tu vieja libreta. Aquella que nunca tuvieron Starsky ni Hutch, la de tapas de hule atada con una goma, la que más se parecía a la del más genial detective de homicidios de la historia, la del queridísimo teniente Colombo.