Karim, el abuelo de Amina y Sudiqa (y de Mariom) (IV)

Amina, ante un panel dedicado a su abuelo en Hushé. /
Amina, ante un panel dedicado a su abuelo en Hushé.

Juanjo San Sebastián
JUANJO SAN SEBASTIÁN

El Karakórum es una cordillera relativamente pequeña: su longitud apenas alcanza los 500 Kilómetros, frente –por poner algún ejemplo- a los 1.500 del Himalaya, los 3.000 del Kun Lun o los 7.000 de los Andes. Sin embargo, en el Karakorum se dan circunstancias que no se repiten en ningún otro escenario montañoso del mundo: allí se encuentran 60 de sus 110 picos más elevados, la mayor superficie cubierta por glaciares –si exceptuamos las regiones polares y sus zonas de influencia- y los mayores desniveles del mundo.

Así de excepcional es el 'pequeño' Karakórum. Tan excepcional como nuestro amigo Karim. Conocí a ambos en 1983, en mi primera expedición al K2. Las expediciones, entonces, eran de corte clásico: pesadas, con cuerdas fijas, equipos de oxígeno y porteadores de altura.

Era complicado acceder a información fiable y la poca que teníamos nos hablaba de la gran envergadura de la ruta elegida (la japonesa de la cara oeste), de la dificultad técnica de algunos pasajes, de que Otami, Yamashita y Nazir Shabir habían utilizado oxígeno para alcanzar la cima y de que en aquella expedición habían contado con la ayuda de dos porteadores de altura excepcionales: Rozzi Alí y Abdul Karim.

En aquella época, de los siete días de la semana, la Karakoram Highway permanecía cuatro cerrada al tráfico por trabajos de mantenimiento y, para recorrerla eran precisos tres días. Aquella expedición nos llevó cuatro meses (fueron necesarios 11 días sólo para poder retirar la impedimenta enviada por cargo aéreo), así que los tres o cuatro días que hubimos de invertir para que encontraran a Rozzi Alí y a Karim por los valles aledaños a Skardú, nos pareció un plazo razonable.

No podíamos, entonces, ni siquiera sospechar los beneficios de aquella espera. Ambos, efectivamente eran muy buenos. Pero Karim nos enamoró desde el primer momento: guardaba una calidez, alegría, empatía, simpatía, bondad, energía, lealtad… descomunales en un cuerpo diminuto.

Me vienen a la memoria dos imágenes: una, descendiendo del Campo III al II en ¡diecisiete minutos!, lo que nos duró una conversación de walkie-talkie, y otra, al regreso, porteando una carga superior a su peso y que le cuadruplicaba en volumen. Sí: si la esencia del Karakorum pudiera guardarse en un ser humano, ese sería Karim.

En posteriores expediciones, rara vez volvimos a contar con más porteadores de altura, pero continuamos contratando a Karim. No le necesitábamos como porteador. Simplemente, no entendíamos el Karakórum sin él. Mucho después, cuando ya dejamos de hacer expediciones a cotas extremas, nos dimos cuenta de que, en realidad, necesitábamos seguir compartiendo vida con Karim.

Él y su hijo Hanif (el padre de Amina) han pasado temporadas en nuestras casas, nosotros (especialmente Sebastián Álvaro, el mayor pakistanodependiente que conozco) hemos visitado Hushé con frecuencia, en su valle nacieron las fundaciones Sarabastall y Félix Baltistán… Por alguna de esas extrañas razones que a veces mueven el mundo, esta entrañable réplica a escala humana del Karakórum que es Karim, se quedó, desde 1983, prendida para siempre en nuestros corazones.

Temas

Himalaya, K2