Muere Iñigo Muñoyerro, el periodista de EL CORREO que amaba las montañas

No había cima que se le resistiera a Iñigo. En la imagen, en la cumbre del Santikurutz sobre Aramaio./
No había cima que se le resistiera a Iñigo. En la imagen, en la cumbre del Santikurutz sobre Aramaio.

El redactor deportivo fallece en Bilbao a los 66 años

JAVIER MUÑOZ

Era la antítesis de la afectación y la pedantería, el mejor guía, compañero y amigo que podías encontrar, se tratase de una ascensión a la Montaña Palentina o los Montes de León, de una marcha por el Gorbea o las Merindades burgalesas, o de una etapa del Camino de Santiago. A Iñigo Muñoyerro Ajuriagoxeascoa, periodista de EL CORREO fallecido este miércoles en Bilbao a la edad de 66 años, no le quedaban cumbres que ascender, buzones que revisar, rutas que anotar en su arrugada libreta.

Solía llevar una de tapas de hule atada con una goma, las hojas llenas de letras, cifras y signos escritos con un lapicero que rebuscaba en la mochila, entre un montón de mazapanes. Con él trazaba todos los recorridos imaginables –«el camino viejo» o «el atajo», acostumbraba a decir–. Era un laberinto de sendas y pistas archivado luego en cuadernos que conservaba con celo y que se tradujeron en una sección fija de montaña en este periódico y en una veintena de libros. Un mundo que empezó a conocer de niño, cuando su padre, José Luis Muñoyerro, Munitibar, firma del deporte rural en EL CORREO, le transmitió la afición por la montaña; a él y a sus tres hermanos, siempre vinculados al Club Deportivo de Bilbao. La casualidad es a veces tan cruel que su adiós coincide con la puesta en marcha de 'Mendian' el nuevo canal de montaña de EL CORREO que contiene muchísimas de las excursiones realizadas por Iñigo.

Como muchos periodistas, Íñigo Muñoyerro llegó a la profesión por casualidad. El Athletic fichó en 1979 al entrenador austriaco Helmut Senekowitsch, y EL CORREO necesitaba a alguien que supiera inglés. Nacido en San Ignacio, alumno de los Escolapios, en realidad Íñigo había estudiado Filología Francesa en la Universidad de Deusto y había pasado un tiempo en París, pero también hablaba inglés, euskera y algo de alemán... Así que puso un pie en la sección de Deportes y, entre otras historias, se curtió con los éxitos de Javi Clemente, a quien entrevistó en Las Palmas el 1 de mayo de 1983. El Athletic se había proclamado campeón de Liga aquel día y el Rubio de Barakaldo le dijo: «No volveremos a ser comparsas».

Tour, Vuelta, Giro...

No era Muñoyerro un informador de los que se dejan impresionar. Siempre respetuoso, por descontado. Para entonces había sido testigo de otras gestas del deporte vasco. En 1980 cubrió la expedición al Everest en la que Martín Zabaleta y el sherpa Pasang Temba hicieron cima un 14 de mayo. Entre los expedicionarios se encontraba su buen amigo Emilio Hernando, ya fallecido, vinculado también al Club Deportivo. El ambiente de los alpinistas era el suyo, lo mismo se tratara de los protagonistas de una ascensión en el Himalaya, una travesía por los Pirineos o la populosa subida al Pagasarri. Aunque como periodista tenía incontables prismas. Había practicado el esquí de fondo y el alpino y era amigo de Paquito Fernández Ochoa. Le encantaba el boxeo, que conocía bien y cuyos secretos explicaba a los aprendices de periodistas, aunque el ciclismo y el ciclocross presidieron su periodo profesional más intenso.

Entre 1985 y 1996 fue enviado especial de EL CORREO a la Vuelta y el Tour, y de 1989 a 1992 al Giro, sin olvidar las Vueltas al País Vasco, la Semana Catalana, la Volta, las clásicas... Conoció los éxitos de Perico Delgado y la hegemonía de Miguel Induráin en una época en la que se trabajaba sin móviles. Trabó amistad con ambos y trató a Bernard Hinault, a Julián Gorospe, a Marino Lejarreta, por citar sólo a unos cuantos. Durante años siguió la Vuelta en un vehículo con el padre de Juan Mari Guajardo (su hijo es el 'speaker' de la prueba) y con los periodistas Benito Urraburu y Pedro Larrayoz. Su gran amigo en las pruebas por etapas fue Felipe Recuero, de la agencia EFE, a quien siempre añoró tras su muerte.

Paseos fantásticos

Muñoyerro dejó las crónicas de ciclismo en la segunda mitad de los noventa, pero no el ciclocross ni la montaña. No sólo escribía, era el hombre a quien la redacción de EL CORREO recurría cuando se producía algún accidente en una cumbre. Siempre tenía un teléfono a mano, un detalle o una indicación técnica que dar, porque conocía el escenario. Sus excursiones con compañeros del periódico eran gloriosas, paseos fantásticos en los que recibías conocimientos insospechados de botánica, fauna, meteorología, geografía, geología...

Era un hombre culto, viajado, pero sólo dejaba descubrirlo poco a poco; después de hablar de fútbol o de rellenar una quiniela –eso era sagrado–, cuando te enseñaba a reconocer la pisada de un animal o el olor del romero; o te contaba alguna historia relacionada con la iglesia románica de un pueblo vacío. Recuerdos que se desvanecen, aunque el eco de su conversación reverbera en la montaña. Has dejado una profunda e imborrable huella entre todos tus compañeros de EL CORREO. Descansa en paz, amigo. No te olvidaremos.