Carolina Codó, la alpinista y doctora en un pueblo de la Patagonia al que nadie deseaba ir

Carolina Codó ya forma parte de la historia de El Chaltén, un minúsculo enclave de la Patagonia argentina. E.C./
Carolina Codó ya forma parte de la historia de El Chaltén, un minúsculo enclave de la Patagonia argentina. E.C.

Creadora de un equipo de rescate formado por voluntarios, esta argentina es el alma de un pueblo singular a la sombra del Cerro Torre y del Fitz Roy, en la Patagonia argentina

Óscar Gogorza
ÓSCAR GOGORZA

Tan respetada como un buen juez, resolutiva como si un alcalde se preocupase por sus vecinos y venerada como un buen médico, su auténtica profesión, Carolina Codó (49 años, provincia de Córdoba, Argentina) forma parte de la historia de El Chaltén, un enclave minúsculo y aislado a los pies del Cerro Torre y del Fitz Roy. El Torre y el Fitz, para abreviar, son las montañas icónicas de la Patagonia argentina, antaño lugar de peregrinación para alpinistas recios y hoy punto de encuentro de senderistas y de escaladores sin miedo a la legendaria mala climatología del lugar. El Chaltén contaba 40 habitantes en 1993, cuando una joven Caro Codó aterrizó como médico de un lugar al que nadie deseaba ir. El pueblo nació para resolver a favor de Argentina un litigio fronterizo con Chile, una suerte de ocupación preventiva. Ahora cuenta casi 2.000 habitantes y las 135 hectáreas donadas a la provincia (para su fundación en 1985) por Parques Nacionales se han quedado pequeñas. El Chaltén es tan joven que ni siquiera tiene un cementerio, hueco que Carolina está dispuesta a llenar. A fuerza de insistir a los responsables del municipio, y de tirar de contactos pudientes, el camposanto ya tiene, al menos su diseño. La obstinación es marca de la casa Codó: «Si Carolina te pide que te tires desde una ventana, ruega para que sea bajita», solía repetir entre risas el padre de la doctora Codó.

Carolina Codó contaba 24 años cuando aterrizó en El Chaltén. También era alpinista y había protagonizado con 19 años uno de los episodios más sonados de la historia del alpinismo argentino. Ella y su hermano Horacio decidieron que la cara Sur del Aconcagua era un objetivo a su medida. Nadie más compartía su entusiasmo. Ni siquiera los arrieros que debían alquilarles las mulas para alcanzar la base de la montaña. «Decían que no querían tener nada que ver con nuestro suicidio», ríe ahora en una reciente visita a Bilbao. De hecho, si acabó en la Sur del Aconcagua fue por una serie de rebotes… «Yo había dicho que el día que escalase la Sur dejaba el alpinismo, pero como habíamos escalado la normal y estábamos muy aclimatados, y habíamos quedado con unos norteamericanos experimentados para ir con ellos a la Sur, fuimos. Los norteamericanos, espantados por los aludes que caían, se retiraron sin empezar, así que pese a ello decidimos intentarlo. Yo había usado los piolets de tracción una sola vez. No puedo creer el poco miedo que teníamos. Hicimos casi todo desencordados, y nos atábamos en los tramos de roca. Hoy no creo que fuese capaz de hacerlo. Además, tardamos una eternidad, cinco días en escalarla, básicamente porque ¡ni siquiera madrugábamos! También íbamos muy cargados porque encontramos mucho material en la vía: cuerdas intactas, material de escalada… y lo recogíamos todo porque no teníamos dinero y nuestro material era dudoso. Al final lo volvimos a tirar todo porque no avanzábamos. Cuando nos vieron bajar, nadie podía creer que estuviésemos vivos. Fue una fiesta: nos invitaban a comer, a beber, no daban crédito…».

Pronto, el alpinismo deja espacio para la medicina… aunque aún escalaría recientemente el Cerro Torre y el Fitz Roy. En el Chaltén no había dependencia sanitaria alguna, así que poco a poco la doctora fue construyendo un lugar en el que atender. Con todo, el espacio distaba mucho de disponer de los mínimos indispensables para la medicina. Y tampoco había ambulancia. La primera en llegar duró poco menos de dos semanas. La propia doctora hacía las veces de conductora de la ambulancia, pero regresando de visitar a un paciente, volcó en la pista de ripio: «cuando conseguimos otra, el gobierno contrató a un chófer permanente», recuerda. En 1998, la visita de un argentino millonario, Pérez Companc, y su amistad con Codó propició un giro radical para las infraestructuras médicas del lugar: tras un estudio concienzudo de las necesidades, construyó el actual edificio, adecuándolo a las necesidades del pueblo. «Se construyó en 2000, y la primera ampliación se ha dado hace apenas dos años. Fue una obra muy meticulosa y bien ejecutada. Con esto nos arreglamos, aunque los casos graves los derivamos a El Calafate, como cuando atendí recientemente a Juan Vallejo de sus fracturas», explica.

Crear un grupo de rescate

El boom del alpinismo en la zona puso de relieve la necesidad de contar con un grupo de rescate, asunto que nunca interesó realmente al Gobierno. En 1995, la muerte de un alpinista italiano en el Cerro Torre, y el posterior rescate de su cuerpo de la mano de un helicóptero de la Gendarmería, dejó patente la necesidad de crear un equipo de rescate. «En 1996, el padre del alpinista italiano fallecido, nos ofreció el patrocinio de la SAT de Trento (cuerpo de socorro) y nos trajeron material de rescate y nos impartieron un curso específico. Fundé el Club Andino con tres amigos y después el grupo de rescate de El Chaltén, que cuenta con 60 voluntarios, personas que salen a la montaña sin cobrar y que se forman de forma benévola». Ellos son la mano amiga del lugar. Sigue sin haber helicópteros, pero Codó logra conseguir aparatos de tarde en tarde a base de presionar y rogar. Pero nunca son aparatos de rescate: gendarmería, ejército, naves privadas… «pero casi siempre lo hacemos todo a pie, en un lugar donde las distancias son enormes». Muchas veces, los propios alpinistas extranjeros colaboran.

Este verano (nuestro invierno) ha resultado especialmente estresante para los servicios médicos: cuatro accidentes mortales, tres accidentes graves y la rutina del puesto médico empiezan a marcar los límites de un enclave donde el turismo de montaña crece sin parar. «Necesitaríamos un helicóptero», suspira, como quien le pide peras al olmo. «El caso es que el aparato simplificaría todo mucho, salvaría vidas, no expondría tantas en los rescates e incluso aliviaría los accidentes en la ruta. Paradójicamente, nuestra provincia es la única de toda Argentina que carece de helicóptero sanitario», se lamenta Codó. Mientras llega un aparato que no se espera, los escaladores ruegan que, si se caen, mejor lo hagan desde una pared pequeñita.