Esquí de montaña

Nahia Quincoces: «Jamás soñé que llegaría a competir con los mejores»

Nahia Quincoes, en una reciente prueba de montaña. /EL CORREO
Nahia Quincoes, en una reciente prueba de montaña. / EL CORREO

La esquiadora de montaña Nahia Quincoces, vizcaína de Mendexa, cierra un año mágico con una plata mundialista y un segundo puesto en la Copa del Mundo

ÓSCAR GOGORZA

La melena rubia de Iñaki Ochoa de Olza destacaba bajo su casco, allí en la fría mañana de la primera etapa de la Pierra Menta, la reina de las pruebas de esquí de montaña. «Y tú de donde eres», le preguntó un competidor italiano. Iñaki le dijo que de Pamplona y, entonces, genuinamente sorprendido el italiano volvió a preguntar: «eso está cerca del mar… ¿por qué no te dedicas al surf?». En el corazón del Pirineo, y más aún en los Alpes, muy pocos entienden que alguien de un lugar costero se aficione al esquí de montaña. Algo así como encontrar un surfista manchego. Es el caso de Nahia Quincoces, nacida en Mendexa, Bizkaia, pero nómada cuando llega el invierno: siempre buscando nieve donde deslizar sus tablas. La vizcaína ha ganadorecientemente una medalla de plata en los mundiales de su especialidad, en la prueba de relevos (de la mano de Marta García y Claudia Galicia), pero, sobre todo, acaba de finalizar segunda en la Copa del Mundo de la especialidad. El asunto tiene mucho de un pequeño milagro. El esquí de montaña, hasta la irrupción bestial de Kilian Jornet, era un asunto de franceses, italianos, suizos y demás integrantes del arco alpino. Lo mismo daba que se tratase de hombres o de mujeres. Allí, la norma es crecer con unas tablas en los pies puesto que hasta los pueblos más pequeños acondicionan un remonte y una pista para que nadie sea ajeno a la práctica del esquí. Y en esa familiaridad con la nieve reside la principal desventaja de corredoras como Nahia, criadas lejos de las pistas de esquí: «enseguida me dí cuenta de que la bajada era mi gran hándicap, y eso que pensaba que me defendia bien en ese terreno. Para esquiar tengo mínimo tres horas y media de viaje al Pirineo. Pero bueno, el sacrificio merece la pena», opina.

El inicio

Poco después de cumplir los 18, Nahia descubrió el esquí de montaña… en una estación de los Alpes: «estaba con mi familia y vimos a unos subir con los esquís, así que al día siguiente alquilé unos y, no sé cómo me enganché. Después estuve de Erasmus en Suiza, conocí a gente que practicaba ésta modalidad y empecé a ir cada vez que podía», recuerda. El esquí de montaña es una actividad sumamente técnica, pero también muy física. No solo los descensos requieren una gran destreza (más teniendo en cuenta que las tablas apenas pesan 700 gramos y las botas unos 600), sino también los ascensos y las correspondientes transiciones en las que hay que quitar o poner las pieles que permite a los esquiadores ascender sin resbalar. «Sí, aunque he aprendido mucho, todavía puedo mejorar mi técnica. A la vez, físicamente es duro y la climatología no ayuda: frío, viento, nieve… pero sarna con gusto no pica, dicen…»

Para Nahia, éste es su quinto curso enrolada en la selección de la Federación Española, pero antes empezó en unos cursos que impartía la federación vasca: «allí conocí a gente, descubrí mejor el deporte. Al principio, íbamos a estos cursos a aprender, pero tanto Andoni Areizaga como Aitor Murua nos animaron a competir y empezamos con el recorrido B de Altitoy. También conocí a Amets Maitegi, con la que corría en pareja. Las competiciones eran una excusa para hacer esquí de montaña por lugares por los que no solía ir. Iba más por el hecho de hacer actividad en la montaña con amigos pero me fui enganchando y empecé a entrenar más tanto en invierno como en verano». Entre medias, Nahia opositó con éxito para un puesto de bombero, una de sus escasas opciones de combinar su carrera deportiva con la laboral. Los inviernos son para la nieve, pero como muchos otros esquiadores, el resto del año alterna con la bicicleta, los roller o las carreras de trail, más un pasatiempo que una vocación en su caso.

Los deportes tan minoritarios como el esquí de montaña siguen viviendo, en gran medida, en su versión amateur: escasos medios, pocas ayudas y mucha artesanía para seguir en la brecha. «Tratándose de un deporte tan minoritario y no olímpico es difícil tener los puntos para la beca del BAT Basque Team, aunque he llegado a recibirla. Me pago mi entrenador, y también gasto en viajes y en material. Al estar en la lista de deportistas de alto rendimiento del gobierno vasco me hacen las pruebas médicas con el BAT. Después, cuando compito con la selección de España o Euskadi me pagan las inscripciones, viaje y estancia y es una gran ayuda. También recibo material de Movement (esquís) o las fijaciones Atk, las gafas julbo o la ropa Millet, pero las pieles, las botas y demás material me lo compro yo», aclara.

A sus 36 años, tiene claro que su edad no le ayuda para las carreras más explosivas, tipo sprint, donde sus rivales más jóvenes van mejor, pero a tenor de sus resultados, «en la distancia larga soy competitiva. Las que mejor se me dan son las carreras largas, tipo grande course y menos las de la Copa del mundo», analiza. Este año se celebran seis mangas de la Copa del Mundo, citas que suelen acoger «una carrera individual, con subidas y bajadas y que dura entre hora y media y dos. Y luego se alterna entre vertical o sprint. En dos de las seis citas se han corrido las tres pruebas. La vertical es una subida sola y dura entre media hora y 40 minutos, y los sprints son circuitos de 3-4 minutos que se corren de modo individual y después en grupos de 6. También existe otra forma de competir que se llama Grande Course, donde se participa en equipos de dos o de tres y tienen distancias muy largas y con mayor desnivel».

Observa sus dos recientes éxitos como «la guinda» a su carrera deportiva. «Cuando empecé jamás soñé con lograr competir entre las mejores… he logrado una temporada redonda…»… y nadie, entre la costa y las montañas, le ha regalado nada.