Una apuesta por la tierra

Ramón Roa y Andrea Campesino, en una finca de cereal. /JESÚS ANDRADE
Ramón Roa y Andrea Campesino, en una finca de cereal. / JESÚS ANDRADE

Tres jóvenes agricultores se asientan en Lantarón para desarrollar una actividad respetuosa con los ritmos de la naturaleza

GAIZKA OLEA

Tres figuras se esmeran sobre los cultivos sembrados en una hondonada junto a la entrada de Salcedo, aldea alavesa perteneciente a Lantarón, sobre la muga misma con Miranda de Ebro. Aprovechan que el sol concede una tregua para podar las plantas de tomate, aunque los días calurosos, cuando el termómetro se aproxima e incluso sobrepasa los 40 grados, también tendrán que emplearse a fondo. Es lo que sucede en la agricultura, tarea en la que sólo las malas hierbas prosperan durante los días libres. O eso parece. Son Ramón Roa, ingeniero agrícola por la Universidad de Salamanca nacido en Salcedo, Mónica García, licenciada en Bellas Artes ilicitana que conoció a Ramón cuando este participaba en un curso en Valencia, y Andrea Campesino, natural de Miranda y formada en jardinería y producción agroecológica por el Instituto Agrario de Arkaute.

Tierra, papel, tijera

Web
www.tierrapapeltijera.com

Los tres componen desde 2009 Tierra, Papel, Tijera, una de tantas minúsculas sociedades formadas por gente joven que, tuviera en su pasado alguna relación con la tierra o no, han decidido regresar al campo para quedarse y cambiar sus estilos de vida para, con su trabajo, cambiar los hábitos alimenticios de quienes se acercan a ellos en busca de género sano, de calidad y cultivado de manera respetuosa con los ritmos de la Naturaleza, que han dejado de ser los de la mayoría de nosotros. «Estábamos cansados de la ciudad, de los ritmos acelerados y queríamos vivir de otra manera», explica Mónica. «Buscamos la manera de sentirnos seguros en la alimentación, poner cara a quienes comen nuestros alimentos», remacha Ramón.

Economía cooperativa

La sociedad trabaja sobre una huerta de hectárea y media (unos tres campos de fútbol) y otras 20 en las que cultivan cereales (cebada, avena y triticale) y legumbres (garbanzos, lentejas y un poco de alubia). Son tierras arrendadas al padre de Ramón, a las que tuvieron que mimar para prepararlas para su nuevo cometido. Dos generaciones de sobreexplotación del suelo, cuando lo que importaba eran los cultivos de crecimiento rápido, terminaron por empobrecer su composición: «Tenían un 1% de la materia orgánica esencial para alimentar a las plantas, cuando 40 años antes era de un 5%», explica Ramón, y concluye Mónica: «La tierra se destroza rápido y se recupera con lentitud».

El cereal, convertido en pienso, lo venden a propietarios de rebaños de cabras cercanos y proporcionan trigo a panaderos de la comarca, de modo que se favorece una economía cooperativa y circular que de alguna manera puede recordar incluso al trueque. «Es trigo de variedades antiguas que cuidamos porque va a volver a nosotros como algo que vamos a comer».

Cestas semanales

En la huerta donde hemos encontrado a Mónica, Ramón y Andrea cultivan hasta medio centenar de variedades (vainas, tomate, guindillas, lechuga, tomate, calabaza, pepino, acelgas…), género que se alterna según la estación con el propósito de que la huerta «esté a tope durante todo el año, porque repartimos 50 cestas semanales de verdura, y para eso hay que cosechar todas las semanas». Facturan también a través de la asociación de consumidores Bio Alai, y en el camping de Angosto.

Cuando uno recorre los campos de Álava, la gran superficie agrícola del País Vasco, con sus inmensas parcelas de cereal o de remolacha junto a las que a estas alturas del año comienzan a despuntar las plantas de girasol, cabe preguntarse cómo llevan Andrea, Mónica y Ramón el hecho de haber dado marcha atrás al reloj para volver a tiempos casi olvidados, cuando la Naturaleza marcaba los ritmos de las cosechas y todo se aprovechaba, desde la leña caída hasta el estiercol del ganado. «Al comienzo nos veían como bichos raros pero eso está cambiando; ahora hay un diálogo con quienes practican la agricultura convencional, que desconocían nuestra forma de trabajar e incluso nos sentían como una amenaza», admite Ramón.

«Pero lo llevamos bien –sostiene Mónica–, es otra manera de ver la vida, de ajustarse a los ritmos de la naturaleza. Aún así, aprecias la fragilidad del trabajo, ves lo  expuesto que estás al clima, al granizo o las heladas». «También hemos tenido que reaprender a vivir, porque es difícil compaginar este oficio con la vida social», concluye Ramón.