Santillana del Mar, medieval y barroca

Vista de la plaza mayor y de las torres de Don Borja (izquierda) y del Merino. /Javier Rosendo
Vista de la plaza mayor y de las torres de Don Borja (izquierda) y del Merino. / Javier Rosendo

La excepcional conservación del patrimonio arquitectónico explica la presencia de miles de visitantes en la villa cántabra

IRATXE LÓPEZ

Esta historia comienza hace tiempo, cuando en el siglo VIII un grupo de monjes que portaba las reliquias de la mártir Juliana decidió finalizar su periplo en una zona deshabitada cerca de la aldea de Planes, a los pies del monte Vispieres. Allí construyeron poco a poco una ermita para guardar aquel tesoro. Sin saberlo habían empezado a gestar la historia de Santillana del Mar. Tras un proceso de apropiación de tierras, de donaciones aportadas por fieles y privilegios del reino asturleonés, esta parte del norte peninsular fue repoblándose. Nacía así un cenobio comandado por un abad y alrededor del monasterio emergieron inmuebles habitados por agricultores que al sumar presencias acabaron formando villa. Su nombre: Sancta Lulian.

La expansión económica de la abadía llegaba con privilegios reales y nuevas donaciones. Los peregrinos que caminaban hacia Santiago se detenían allí. En 1209 Alfonso VIII concede a la villa el Fuero. Los tiempos cambian y el poder de la abadía cae mientras emerge el dominio señorial hasta que el lugar es otorgado al primer marqués de Santillana y pasa más tarde al duque del Infantado de Potes.

Gracias a las fuentes

Clérigos y señores cedieron su huella a turistas, dueños del espacio hoy día. Que el lugar se ha convertido en centro de referencia para el litoral cantábrico nadie lo duda. Sus calles empedradas enamoran a miles de suelas que cada año desgastan el firme. Deportivas y sandalias dirigen sus pasos hacia la espectacular colegiata de Santa Juliana (XII). En su estructura destaca la iglesia románica y en su interior, el retablo mayor (XV-XVI), mezcla de elementos gótico flamígeros y platerescos.

En Santillana del Mar hace calor. Al menos cuando brilla iluminada por rayos que aguijonean los ojos de quienes olvidaron las gafas de sol. El calor da sed, por eso se agradecen las fuentes repartidas por su casco histórico. Cuatro en total, más un lavadero y abrevadero, del siglo XVI. Las cámaras enfocan el lavadero pues cuenta con un marco principal, la fachada de la colegiata. A su espalda, el arco de la casa de Quevedo permite el desagüe del manantial que aflora al lado a la construcción. Son muchos los que entran al Museo de Tortura instalado cerca, junto a la fuente barroca de mayor ornamentación, un jarrón enmarcado en una hornacina (XVII). Similar es la de la calle Gándara, justo al entrar a la villa. En la Plaza Mayor, otra de cordones trenzados, y en Campo Revolgo la última, decorada por Jesús Otero.

Dicen que si eres capaz de olvidar a la legión de visitantes que pasea, Santillana del Mar muestra en pocos metros una concentración apabullante de arquitectura medieval, renacentista y barroca. Por eso la oficina de turismo propone dos recorridos: la medieval frente a la renacentista y barroca. Fue en la Alta Edad Media cuando la fama estalló en tres direcciones: demográfica, urbanística y artística. La segunda creció alrededor de la que sería más tarde colegiata de Santa Juliana. A lo largo de la calle del Rey –ahora dividida calle del Río, Cantón y Carrera–, y de la de Juan Infante, que fluía hacia la plaza del Mercado –hoy plaza Mayor–.

Torres militares

Surgen con fuerza las torres góticas militares del Merino y Don Borja. La primera, sede del representante del rey desde que en 1209 se concedió a nuestra protagonista la capitalidad de las Asturias de Santillana, que abarcaba la zona occidental de la actual Cantabria, excepto Liébana. Siguiendo recorrido, es imprescindible fijarse en la casa de Leonor de la Vega, madre del primer marqués de Santillana, y en la torre de los Velarde.

La Santillana renacentista y barroca aparece en la plaza de Las Arenas con el palacio de Velarde (XVI) o en la Casa de la Parra. El convento barroco de las dominicas de San Ildefonso surge en el siglo XVII. La riqueza que llueve desde América ha servido para construir casonas montañesas y palacios que adoran la suma de clasicismo y ostentación barroca. Imposible obviarlo en las casas de los Bustamante, los Villa, los Tagle o los Hombrones.

El Palacio de Peredo Barreda sobresale por el valor de su biblioteca, el mobiliario, sus colecciones genealógicas y pinturas neoclásicas. Tampoco hay que dejar pasar la casa consistorial y las casas de Valdivieso, de Sánchez-Tagle o de los Barreda-Bracho.

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