El Pacífico es chino

Xi Jinping (2 d), junto a otros líderes de la APEC. /AFP
Xi Jinping (2 d), junto a otros líderes de la APEC. / AFP

La cumbre de la APEC demuestra la creciente influencia de Pekín en los países insulares y la fuerte tensión con Occidente

ZIGOR ALDAMAShanghái (China)

Cada vez que se sube a un estrado frente a los líderes del mundo, el presidente de China, Xi Jinping, recita su mensaje conciliador sobre la necesidad de promover un desarrollo inclusivo en un mundo cada vez más globalizado. La primera vez que lo hizo fue hace dos años en el Foro de Davos, donde se erigió en inesperado abanderado del libre comercio, y este sábado lo retomó en la capital de Papúa Nueva Guinea, Port Moresby, para el discurso inaugural de la cumbre de la Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC).

«El mundo está viviendo cambios profundos. La globalización debe continuar avanzando, pero el unilateralismo y el proteccionismo amenazan el crecimiento económico», apuntó Xi. «Estamos ante un punto de inflexión en el que nos enfrentamos a un dilema en el que debemos elegir entre la cooperación o la confrontación, continuar con una apertura que beneficie a todos o enfrentarnos en un juego que sumará cero», añadió, en clara referencia a las políticas que ha puesto en marcha el presidente estadounidense, Donald Trump. «La historia ha demostrado que, en un enfrentamiento, ya sea en una guerra tradicional, una guerra fría, o una guerra comercial, nunca hay vencedores», sentenció en medio de una ovación.

En Oceanía, Xi juega en territorio amigo. Sobre todo, porque China ejerce cada vez mayor influencia entre los pequeños Estados insulares que salpican el océano Pacífico. Como ha hecho en África y en zonas de Asia, el gigante asiático se ha ganado a golpe de talonario el favor de los gobernantes de esos vulnerables territorios, con inversiones y créditos blandos para construir gigantescas infraestructuras y llenar el vacío que está dejando la potencia regional, Australia. En los últimos siete años, China ha transferido 6.000 millones de dólares (más de 5.200 millones de euros) en ayuda y préstamos, solo 580 millones menos que Australia. Este sábado, Xi animó a los países de la región «a subirse al expreso del desarrollo chino».

El ambicioso proyecto para revitalizar la Ruta de la Seda trasciende el ámbito económico y es también el vehículo ideal para extender el poder político de China por el mundo. Lo que para Pekín es un desarrollo integrador, para sus detractores es un neocolonialismo económico que se ceba con los más pobres. Y muestra de ello son numerosos ejemplos en los países oceánicos. En las islas Solomón, por ejemplo, la llegada de empresas madereras chinas se ha aplaudido como una nueva e importante fuente de ingresos, pero Global Witness ha demostrado que sus operaciones están degradando el entorno a un ritmo frenético. Concretamente, el territorio se está deforestando a una velocidad 19 veces superior a la considerada sostenible.

Luego están los préstamos enmascarados como inversiones. El Gran Dragón construye grandes infraestructuras que, teóricamente, propiciarán el desarrollo económico de los territorios en los que se levantan. Pero las grandes beneficiadas son las empresas chinas que llevan a cabo los proyectos -la mayoría de propiedad estatal-. Es el caso de los 4.000 millones de dólares que China ha ofrecido a Papúa Nueva Guinea para construir su primera red nacional de carreteras.

El problema detrás de esta aparentemente bienintencionada oferta, muy similar a otras que ha hecho en Fiyi o Vanuatu, está en la dificultad que el país puede tener para devolver el crédito, algo que proporciona a China gran poder sobre su Gobierno, y en la falta de un estudio serio que certifique la viabilidad de estas infraestructuras. Porque no sería la primera vez que se demuestran sobredimensionadas o innecesarias: en algunos casos, están tan infrautilizadas que los ingresos de explotación ni siquiera alcanzan para pagar el mantenimiento. «Los gobiernos deben cuidar que los proyectos resulten viables a largo plazo», advierte Jonathan Pryke, del Instituto Lowy.

El Pacífico no es solo el territorio en el que China y Australia miden sus fuerzas. También es donde China y Taiwán echan un pulso. Porque aquí se encuentran seis de los dieciséis estados que todavía reconocen a la antigua Formosa como un estado independiente. El creciente peso económico de Pekín ha hecho que este número se haya reducido considerablemente, y algunos países insulares podrían darle pronto la espalda. Además, para China el Pacífico es un vivero de votos en instituciones como Naciones Unidas.

Maseratis entre chabolas

Papúa Nueva Guinea es ese país que ocupa la mitad oriental de la única isla que tiene una parte en Asia y otra en Oceanía. También es el Estado más pobre de los que componen la APEC, un bloque económico bañado por el Océano Pacífico que integra en torno al 60% del PIB mundial y el 47% del comercio global. A esos porcentajes, Papúa aporta una minúscula parte, porque su población es la más empobrecida del grupo. Sin embargo, eso no ha impedido que haya organizado una cumbre por todo lo alto, y con gran lujo.

Solo para adecentar la capital, Port Moresby, han hecho falta casi 1.000 millones de dólares, según calculó el Fondo Monetario Internacional. Se han gastado 19 millones en una terminal VIP para el aeropuerto y se ha construido un gigantesco centro de congresos a cambio de exenciones fiscales para compañías petrolíferas, y la seguridad -la ciudad se cuenta entre las más peligrosas del mundo- costará más de 100 millones de dólares.

Aunque parte de ese gasto correrá a cargo de los miembros más pudientes, como Australia, Estados Unidos o China, hay imágenes que hieren la sensibilidad de ciudadanos que apenas tienen para comer, profesores que no reciben su sueldo desde hace meses, y personal sanitario que tiene que atender a pacientes sin apenas medios. La más chocante ha sido la de los 40 vehículos Maserati importados en avión para transportar a los asistentes VIP.

Tal ha sido la indignación que han provocado estos coches de lujo que miles de personas participaron el viernes en una huelga para protestar en contra del exceso de gasto. El Gobierno ha asegurado que recuperará parte de lo que han costado revendiéndolos, pero eso no ha hecho más que aumentar la sospecha de que alguien se llenará los bolsillos en la transacción.

 

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