Vuelta a España

Viviani cumple 60

Viviani entra triunfal en la meta. /AFP
Viviani entra triunfal en la meta. / AFP

El Quick Step suma seis decenas de triunfos tras una etapa marcada por los pinchazos por culpa de los abrojos

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

Elia Viviani tiene 29 años pero en Bermillo de Sayago (Zamora) cumplió unos cuantos más. Hasta 60. A esa cifra de victorias ha llegado su equipo, el Quick Step, esta temporada. Es una escuadra insaciable. Y nadie tiene más hambre que Viviani, autor de 17 de esos triunfos. Come rápido. Pura velocidad. Tiene ayuda. El filete se lo corta su amigo y lanzador Sabatini. Así empiezan los sprints de Viviani, con la ese de Sabatini. Y así comienza la celebración del Quick Step: a unos metros de la meta, Sabatini levanta ya el brazo. Se eleva para ver cómo por delante Viviani se ciñe a la valla y ocupa la mejor plaza, la más directa hasta la raya. Sagan, a su rueda, no tiene reprís para remontarle. Ni él, ni Nizzolo, ni Soto, ni García Cortina, ni Aberasturi. Para cuando llegaron a Bermillo, el plato estaba vacío. Viviani, tripa a gusto, había llenado la despensa del Quick Step, abarrotada de éxitos.

«Es el mejor año de mi carrera. La Vuelta es una carrera difícil para un velocista. Sufro mucho en las subidas. Pero vale la pena porque quiero ganar todos los sprints», contó. «Calculo que puedo tener tres oportunidades más», avisó. Ya ha hecho dos muescas en esta Vuelta y aspira a tres más. La etapa entre Salamanca y Bermillo de Sayago fue siempre suya. La Plaza Mayor, corazón de Salamanca, abarcaba el sol. Lucía allí la Vuelta. Era un día para celebrar el VIII centenario de su universidad, la de Unamuno, que por esta plaza paseaba con las manos cruzadas a la espalda. Ya se sabe: 'Lo que la naturaleza no da, Salamanca no presta'.

Hasta hace no tanto, Viviani solía equivocarse en los sprints. Ahora se ha aplicado. Cuando Postlberger, uno de los soldados de Sagan, trató de descolocar el acceso al sprint con un ataque a lo bruto, el Quick Step no se alteró. Ha aprendido de errores anteriores. Tras un examen suspendido, como cuando les batió hace unos días Bouhanni, viene el examen de recuperación. Septiembre es un mes para eso. Morkov es el guía del Quick Step. Él decide cuándo activar la ráfaga final. Dejó que Postberger se ahogara. Y dio el relevo a Sabatini. Bermillo de Sayago, tan cerca de Fermoselle y de la zanja que el río Duero ha labrado entre España y Portugal, vivió un sprint que se fue estrechando como la garganta que separa a los dos países. Sabatini colocó en su sitio a Viviani para que el campeón de Italia celebrara el 60 cumpleaños del Quick Step en lo que va de temporada.

Fue Unamuno el que dijo que Fermoselle es uno de esos lugares donde no se puede ir más allá. Hay que volverse sobre los propios pasos, en dirección a Bermillo de Sayago, la meta. En Fermoselle el río sí es la frontera, natural, entre la orilla soleada de Portugal y la de España, más húmeda. La muga está marcada por el silencio de un cañón sobre los ríos Tormes y Duero. Hacia ese límite pedalearon desde Salamanca y con saña un portugués, Tiago Machado, y un español, Jesús Ezquerra, cántabro de Treto. Los dos se atrevieron con la inmensidad de Castilla. Pueblos con bicicletas apoyadas en la pared. La infancia de antes.

Ezquerra, apellido que evoca al gran escalado vizcaíno que conquistó el Galibier, tiraba hacia Portugal. Su país de acogida. Allí tuvo que emigrar para hacerse ciclista y para sumar su mejor victoria: una etapa en la Vuelta a Portugal, la carrera más larga que había corrido. Doce días. Ezquerra, como casi todos, le tiene respeto a una prueba como la Vuelta a España, de tres semanas. Un aluvión de fatiga. Su meta es alcanzar Madrid. Poder con tanto peso.

Machado, apellido de poeta. Corría al olor de su tierra. La llamada de Portugal. Ha sido muchas veces el campeón nacional luso. Ciclista sólido, de pedernal. Conoce el Tour, lo despiadado que es. Machado es de los pocos que, con su coraje, ha logrado ablandar el gélido corazón de la Grande Boucle. Sucedió en 2014, en el mismo descenso - el Petit Ballon- que sacó de la carrera a Alberto Contador. El portugués se cayó unos metros antes. A levantarse tenía un agujero en el codo. Y no sabía dónde estaba. Deambulaba. Los médicos le llevaron hasta la puerta de la ambulancia. Iba desnortado. Pero despertó a tiempo. «¿Y mi bici?», preguntó. Sin esperar respuesta, fue en su busca. Montó y echó hacia delante. Cien kilómetros de tortura. Llegó a la meta fuera de control. Lloró sobre sus piernas sangrantes. Y, por una vez, el Tour concedió el indulto. Le repescó. Así es Machado, capaz de conmover a un verdugo.

Pero no a todos. A las puertas de Fermoselle, el pelotón le cortó el cuello. Venía a toda velocidad, nervioso por los pinchazos que afectaron a Yates, Quintana y Keldermann. ¿Tiró alguien chinchetas? Al parecer -eso creen los ciclistas-, los causantes fueron los abrojos, unos frutos espinosos. Son bien conocidos por los cicloturistas de la zona, obligados a darse maña con los parches. A esa tensión se sumó un susto, el de la escalofriante caída del italiano Petilli, que permaneció unos segundos eternos entre convulsiones, blando, encogido sobre el asfalto. Fue trasladado al hospital de Zamora con traumatismo craneoencefálico. Esta Vuelta de calor se quedó helada al verle allí inerme. En la ambulancia recuperó la consciencia y la carrera volvió a sudar. Aunque en frío.

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