Vuelta a España

Valverde acusa a Yates de querer ganar «gratis»

Valverde, durante la etapa de hoy. /AFP
Valverde, durante la etapa de hoy. / AFP

De Marchi se lleva una etapa loca en la que Movistar neutraliza al valiente Pinot

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑALuintra

Lluvia y sol. Hay etapas que lo tienen todo, como la que ganó De Marchi en Luintra, una de las paredes de la Ribeira Sacra. El italiano llegó con la fatiga grapada al rostro. Se le desplomaron hasta los párpados. Entró ciego. Liberado. Reservó un par de besos para los tatuajes en el antebrazo que le recuerdan a su familia, frenó, apoyó los codos en la manillar y dejó que la cabeza se le descolgara entre los hombros. Agotado por una etapa espléndida. «Necesitaba esta victoria», repetía hablándole al suelo. «Llevaba tanto sin ganar... Me sentía perdido». Y se reencontró en una fuga brutal, hecha tras 105 kilómetros de pelea a casi 50 por hora, cuando aún pegaba el sol, y culminada bajo el aguacero que convirtió Luintra en un espejo sobre el río Sil.

En la escapada de De Marchi, Mollema, Majka, Haig, Omar Fraile, el atrevido Mikel Bizkarra, Restrepo y Pardila se metió otro dorsal perdido: el francés Pinot. En mayo, en el Giro, llegó a «pensar en lo peor» cuando una neumonía le arrasó. Retirado. Derruido. Tiene fama de frágil. Ya no. Por los tabiques de los Cañones del Sil se inspiró en Contador. Pedaleó con ese orgullo de campeón que se guarda en el lugar más protegido. A por todas. A por la Vuelta. Retó a todos. Y no fue el equipo de Yates, el líder, el que respondió, sino el Movistar de Quintana y Valverde, que es el maillot que en realidad manda. «Los demás equipos no corren para ganar. No sé para qué corren», bramó Valverde. Encendido. Se refería, sobre todo, al Mitchelton de Yates. «Van de gratis. Nosotros igual no nos llevamos la Vuelta, pero al menos le echamos valor». De eso iba la etapa, de valor. A De Marchi, que lo tuvo, le premió con una etapa. A Pinot, que llegó a ser líder regente, apenas le consoló con una docena de segundos de botín. Poco para el tamaño de su intento.

De Marchi, ganador de la etapa de hoy.
De Marchi, ganador de la etapa de hoy. / AFP

El 5 de septiembre convoca a los valientes. Ya lo hizo en la Vuelta de 2012, cuando Contador, en otra etapa que no parecía para tanto, convirtió la carrera en una leyenda. Esa tarde, tras un ataque suicida, le arrebató la carrera a 'Purito' Rodríguez en la cima de Fuente Dé. Para siempre resonará allí el grito del madrileño. Su obra maestra. Contador ha aprovechado su primer año como jubilado para ser padre de Luca y para pedalear como cicloturista en varios continentes. Queda su huella. A Pinot también le motivó esta fecha. En la salida de Mombuey, donde los templarios levantaron un templo para orar por su alma antes de sacar las espadas, el francés se retocó las pinturas de guerra. Algo tramaba. Viene de otra fecha marcada, de un día negro, el pasado 26 de mayo.

Era sábado, penúltima etapa del Giro. Un día antes había estado con Froome en la Finestre. Era el tercero en la general. Al fin. Y todo se vino abajo entre las sábanas de esa noche del viernes al sábado. Comenzó a toser. Fiebre. Debilidad. Apenas durmió tres horas. Ya en carrera, blando, se le hundieron las piernas en la cuesta de San Pantaleón, lejos de la meta. Naufragio. Pinot era un chepa con la boca abierta. Un muerto viviente. Los ciclistas que le pasaban asistieron a su funeral en vida. Llegó a rastras a la meta, a 45 minutos del vencedor. El hospital estaba a un kilómetro. Casi no tuvo piernas para llegar. Se ahogaba. Los médicos le asustaron. Tenía los pulmones al mínimo. Neumonía. Había perdido el Giro e iba a perderse el Tour. La angustia le pudo. Se aisló. «Siempre me pasa algo. Es injusto». Se sintió un maldito.

Hasta que llegó la etapa de Luintra. Hay sólo un gallego en la Vuelta, Pablo Torres. Lo avisó: «Este recorrido engaña. Es mucho más duro de lo que parece». Cierto. Lo tenía todo, hasta lluvia y sol. La carrera salió enloquecida. A tanta velocidad no hay quien se escape. Todos echaban chispas. Y en el alto de Covelo, Pinot se embarcó con 18 ciclistas más en una odisea. Los otros buscaban la etapa; él se buscaba a sí mismo, al eterno aspirante a todo. La Ribeira Sacra es silencio, viñas encaramadas a las paredes que tienen que ser vendimiadas en barca, agua, cuestas y bosque. Era un día completo.

El barco de Pinot cargó con cuatro minutos de renta. El francés, como Contador en 2012, lanzó un órdago. Detrás, Yates se encogía de hombros. Su equipo había metido a Haig en la escapada y se había desgastado en las dos primeras horas. Se desentendió. También el Lotto-Jumbo (Kruijswijk y Bennett) y el Bahrain (Ion Izagirre). Todos vigilaban de reojo al Movistar, que sí ejerció de patrón. Escalonó sus peones: Erviti, Oliveira, Amador, Anacona, Carapaz... La Ribeira los exprimió como racimos de uva mencía. Vino azul. Pero cumplieron. Los gregarios del Movistar y el arreón final del equipo de Urán, cada vez más candidato, redujeron la ventaja de Pinot a un puñado de segundos. En ese final, el francés lo perdió casi todo: su liderato, que fue efímero, y la etapa, que ya volaba por delante en la pugna bajo el aguacero entre De Marchi, ganador de dos etapas en ediciones anteriores, y el colombiano Restrepo, que es del Katusha, un equipo necesitado de triunfos. Pero De Marchi lo necesitaba aún más. En Luintra se reencontró con la victoria. Como Pinot con su mejor versión. Y la Vuelta, que vive de las guerras, se topó con la bronca entre el Movistar y el Mitchelton, que continuará.

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