El accidente de Petilli recuerda a Dietzen

El médico Fernando Astorqui con Dietzen, en la Vuelta a España de 1989./EL CORREO
El médico Fernando Astorqui con Dietzen, en la Vuelta a España de 1989. / EL CORREO

Las caídas y la actuación de los médicos forman parte también de la historia de la Vuelta

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

Tres horas después de asustar a la Vuelta con su espeluznante caída, Simone Petilli fue dado de alta en el hotel de Zamora, el martes. Atrás quedó la imagen del ciclista italiano del UAE en el suelo, sin respiración y entre convulsiones. La actuación de los médicos de la carrera, Mikel Martínez y José Blázquez, resolvió la situación, alarmante. Por la noche, Petilli cenó ya en el hotel, una vez descartados daños neurológicos tras el brutal impacto. Y, tras «dormir bien», habló por la mañana del accidente. «Fue una caída estúpida con unas consecuencias tremendas», resumió. «Todo ha quedado en un susto», se felicitó Josean Fernández, 'Matxin', su director. «Cuando despertó en la ambulancia creía que estaba en el Giro de Lombardía, donde se había caído el año pasado», contó. El ciclista regresa hoy a casa con el rostro machacado y algún diente menos. Pero a salvo. La Vuelta tiene buena memoria de situaciones así, como la que sufrió el alemán Raimund Dietzen en 1989.

«¿Cómo no voy a acordarme de Cotefablo? Ese túnel acabó con mi carrera deportiva», declaró años después de su caída el ciclista germano, segundo en las Vueltas de 1987 y 1988, y tercero en 1984. Fernando Astorqui era el médico de la carrera entonces: «Cada vez que nos tocaba pasar por un túnel cruzábamos los dedos. Sobre todo cuando estábamos en los Pirineos. Allí, las galerías eran más largas y estaban aún peor iluminadas», recuerda. No solía suceder nada porque, ante la evidencia del peligro, todos tomaban muchas precauciones». Pero aquel 6 de mayo de 1989 el túnel de Cotefablo fue más oscuro que nunca.

Era la decimotercera etapa, entre Benasque y Jaca. Los ciclistas llevaban linternas para alumbrar el camino. Los focos de los coches ayudaban. En general, los túneles de la época, al menos los nuevos, disponían de una luces mortecinas con la que al menos se divisaba algo. Cotefablo, no. Era un agujero negro.

Iniciada la galería sonó la alarma: «¡Caída! ¡Caída!». Ruido metálico de choque de bicicletas, gritos de los corredores, el chirrido del frenazo de los vehículos… Caos total. «Saltamos del coche médico casi a ciegas, botiquín en mano. Había mecánicos con ruedas y directores buscando a sus líderes entre los caídos. No se veía nada y apenas se podía escuchar en tal bullicio», cuenta Astorqui. Los caídos, uno a uno, fueron levantándose. Lentos, doloridos, pedaleaban hacia la salida del túnel. Sin luz.

Simone Petilli
Simone Petilli

«Entonces vi que en el suelo seguía Dietzen, inconsciente. A su lado estaba el director del Teka, González Linares. Entre los dos, no sé ni cómo, logramos sacarle de la galería. Lo tumbamos en el suelo». Seguía conmocionado y reaccionaba mal a la exploración neurológica. Era grave. «Inmediatamente solicitamos la presencia de la UVI móvil que iba a cola del pelotón. No venía. Tardaba. No podía pasar por el atasco de coches de la carrera. Nos desesperamos. Dietzen estaba mal. Aquello no me gustaba nada y le pedí a la doctora María Victoria Fustero que se subiera con el corredor a la ambulancia para trasladarlo a un centro sanitario».

En coma

La anisocoria (una pupila más grande que la otra) era síntoma de que había un hematoma cerebral. La vida del corredor estaba en peligro. Había que actuar ya y llevarlo a un hospital. «Me puse en contacto con la organización de la carrera y pedí un helicóptero para la evacuación». El traslado a Pamplona fue un tormento. Dietzen, en coma, «comenzó con los típicos vómitos en escopetazo que indican la presencia de un edema cerebral». Atenderle en un espacio tan reducido como un helicóptero resultó una odisea. Además, ante la urgencia, los pilotos volaron a toda velocidad, lo que incrementó los vaivenes del viaje.

A Dietzen lo ingresaron en la UCI para una exploración concienzuda. Había que disminuirle el edema cerebral y someterle a un escáner para comprobar los daños. Pronto se confirmó la sospecha inicial. Allí estaba el hematoma cerebral unilateral. Por suerte, no fue a más. Los médicos controlaron la situación y decidieron no operarle. Dietzen fue recuperando la consciencia. «Eso nos tranquilizó. Fueron horas de angustia, de tensión. Por la localización el hematoma, creo que Dietzen recibió cuando ya estaba en el suelo el golpe con algo duro, quizá el pedal de la bicicleta de otro ciclista. Nunca se sabrá», apunta Astorqui.

El susto trajo consecuencias positivas. La organización de la Vuelta reserva desde entonces uno de sus helicópteros para traslados urgentes. Y quedó descartado para siempre el paso por túneles sin iluminación. Dietzen se recuperó y volvió a competir, pero no pudo quitarse el miedo de encima. Tuvo que dejar el ciclismo y, años después, recibió una indemnización de 480.000 euros por aquel accidente en el túnel ciego de Cotefablo.

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