RAPINOE O EL REFLEJO EN EL ESPEJO

La jugadora estadounidense Megan Rapinoe durante la celebración del título mundial por las calles de Nueva York. /EFE
La jugadora estadounidense Megan Rapinoe durante la celebración del título mundial por las calles de Nueva York. / EFE

La actitud de la carismática futbolista es como esa voz de la conciencia que nos dice: «no te calles», «reclama», «actúa»

María Tato
MARÍA TATOVicesecretaria del Athletic

Una de las virtudes que más aprecio de las obras de artistas, se dediquen a la literatura, al cine o a la música, es su capacidad para situarte delante de un espejo y ofrecerte un reflejo inesperado de ti misma, aunque a veces resulte incómodo. Un poco a la manera en que debería actuar la conciencia, pero con un sentido moral ajeno y, por lo tanto, libre de autoengaños. Megan Rapinoe, la carismática futbolista estadounidense que ha acaparado la mayor atención mediática durante el Mundial de Francia gracias a su juego (Balón de Oro y Bota de Oro) y también a su posicionamiento social, logra algo similar a novelistas o cantantes mediante sus declaraciones valientes y directas.

Lo mejor de su ya legendaria frase, «No voy a ir a la puta Casa Blanca», no es tanto su declaración de intenciones como la rotundidad con la que pronuncia la expresión «a la puta Casa Blanca» («to the fucking White House»). Es precisamente el punto de irreverencia que supone la palabra «fucking» el que provoca ese reflejo al que me refiero, porque denota un coraje que cualquiera no tiene en las reivindicaciones sociales y en la lucha contra la discriminación.

Al final, el feminismo es una batalla que ha logrado la suficiente aceptación social como para convertirse en un asunto políticamente correcto, lo cual es un arma de doble filo. Corremos el riesgo de que los buenos modales se conviertan en una forma de cobardía. Porque, de repente, se ha generado un espacio bastante cómodo en el que cualquiera que afirme «yo soy feminista y lucho por la igualdad» cabe sin que se le exija mayor coherencia entre las palabras y los hechos.

Activistas como Megan Rapinoe nos recuerdan constantemente que no basta con formulaciones y que el feminismo exige sobre todo una actitud activa, decidida, atenta y audaz, sobre todo porque el machismo, aunque sea en modo micro, está presente en el orden cultural de las cosas, en su cotidianeidad, de una forma que bastantes de los que ocupamos ese espacio políticamente correcto del feminismo, mujeres y hombres, no nos damos cuenta. Micromachismos presentes de una manera rutinaria que hemos asumido o que nos incitan a preferir mirar para otro lado y pasar página.

El reflejo en el espejo que proyecta Rapinoe es como esa voz de la conciencia que nos dice: «no te calles», «reclama», «actúa». Ella misma se define como «una protesta andante» y, aunque su posición hasta cierto punto se lo permite, su valentía no deja de ser un ejemplo para todas nosotras, aunque a veces se nos escape algún taco o algún gesto indebidos o, mejo dicho, políticamente incorrectos.