EL PEOR ENEMIGO DE UNA MUJER

Ni somos las más machistas ni las más envidiosas las unas de las otras. Entre nosotras nos apoyamos para crecer y avanzar en un mundo que juega con las reglas que han dictado los hombres

Abrazo entre Arancha Sánchez Vicario y Steffi Graf, en la final de Roland Garros de 1996 que ganó esta última. /REUTERS
Abrazo entre Arancha Sánchez Vicario y Steffi Graf, en la final de Roland Garros de 1996 que ganó esta última. / REUTERS
May Serrano
MAY SERRANOEscritora

El peor enemigo de una mujer es otra mujer. O «divide y vencerás». Con esta cantinela hemos crecido la mayoría de nosotras, resuena por dentro y se oye continuamente por fuera. Las mujeres somos las más machistas, envidiosas de las otras, nos ponemos la zancadilla, las peores jefas. No soportamos que haya una mujer más guapa, o mejor vestida, o con pelazo.

Todas estas afirmaciones se basan en concienzudos estudios avalados por numerosas universidades, como por ejemplo... Ahora no me viene ninguna a la cabeza pero seguro que existen ¿no? Si las oímos tan a menudo, si salen como un resorte, si somos capaces de discutirlo con otras y afirmarlo en voz alta, alguna evidencia científica tiene que tener, digo yo. No.

Esta afirmación es una mentira como una casa. Si no fuera por otras mujeres las humanas nos habríamos extinguido hace miles de años y con nosotras la humanidad entera. Me pongo trágica porque la ocasión lo merece y además a mí ¡me encanta un drama!

Somos nosotras las que nos apoyamos las unas a las otras y conseguimos salir de todos los hoyos gracias a otras mujeres. Repasen, hagan memoria, y piensen en todas las ocasiones que tuvieron un hombro para llorar o que alguien le tendió una mano en un momento de apuro. Desde quedarnos sin sal hasta recibir el último empujoncito para presentarnos a esa oferta de trabajo que creímos que se nos quedaba grande.

Estamos en el momento justo de crear genealogías, de crecer sobre una base que han construido otras. Necesitamos reconocer el trabajo que otras han hecho por nosotras para que hoy podamos disfrutar de todos los derechos que tenemos. Las mujeres nos apoyamos las unas en las otras para crecer y avanzar en un mundo que juega con las reglas que han dictado los hombres.

En el deporte también, por ejemplo, la plusmarquista Paloma Sánchez Sala rechazó participar en la Carrera Nocturna Internacional Alcaldes de Águilas por «la desigualdad que hay entre mujeres y hombres en los premios en metálico». Una carrera que premia al mejor con 700€ y a la mejor con 400€. Esta mujer está tendiendo una mano a todas. Sánchez nos está poniendo un escalón más en la empinada cuesta de la igualdad real. Con su decisión individual está construyendo un mundo mejor para todas.

Gracias Paloma. La próxima vez que me ofrezcan trabajar por menos dinero que el que merezco me acordaré de tu valentía y me apoyaré en tu decisión. No, no valgo menos que un varón.

Las tenistas Osaka y Gauff nos conmovieron a todas hace unos días en la final de US Open, cuando la ganadora le tendió una mano a su contrincante. Osaka, abraza a Gauff y le da espacio en la entrevista. Osaka repite el gesto que Williams tuvo en su día con ella.

 

Una cadena de sororidad, de compresión, de apoyo. Seguro que Williams recibió apoyo de otra mujer en su día. Los medios relatan el gesto como una gran noticia, como si fuese nuevo, algo destacable, obviando que apoyarnos siempre ha sido así entre nosotras.

¿Se imaginan ustedes a los remeros de Getaria teniendo un gesto sororo con su compañera Izaro Lestayo que no pudo ser timonela de su embarcación en la Bandera de La Concha por ser mujer? ¿Se imaginan a esa tripulación de señores diciendo NO participamos en esta competición si no está nuestra patrona? Ahí lo dejo.

Las mujeres nos apoyamos las unas a las otras. La cantinela de que somos nuestras peores enemigas es un invento del patriarcado que nos quiere divididas, enfrentadas y solas. Es el momento de reconocernos y reconfortarnos. Construyamos nuestra genealogía. No estamos solas, nos tenemos las unas a las otras. Gracias, gracias, gracias por estar ahí.