Alegría y envidia de una Deportista

La etiqueta de deportista me queda grande y ya sé por qué

Camila, con diez años, triunfa en el Atlético y aspira a debutar con la selección argentina./ Instagram
Camila, con diez años, triunfa en el Atlético y aspira a debutar con la selección argentina. / Instagram
May Serrano
MAY SERRANOEscritora

Surfeando las noticias deportivas me he encontrado con la historia de Camila, jugadora de origen argentino de 10 años del Atlético de Madrid que dice: «Mi sueño más grande en la vida es debutar en la selección argentina y llevar puesta la camiseta para jugar con ella en el corazón» y añade: «El fútbol es mi vida, es lo que me pone feliz y lo que más me gusta. Es lo más divertido, lo más lindo y es muy importante para mí».

Me da envidia. Me da tanta envidia como alegría.

Me alegro de que una niña de 10 años sueñe con ser futbolista a sabiendas de que su sueño puede hacerse realidad: pertenece a un club que tiene equipo femenino de Primera, conoce a otras mujeres que visten la camiseta de sus sueños, sus padres la animan a perseguir sus sueños y con el Anteproyecto de ley del deporte que moderniza la legislación de 1990 recién aprobado cuando Camila sea mayor podrá jugar en una liga profesional como los chicos de su edad...

Vayamos ahora a la envidia. A mí que la palabra deportista me queda muy grande me hubiera gustado tener todo eso con 10 años. De pequeña odiaba el deporte, las clases de gimnasia eran un suplicio para mí. No me gustaba correr, ni saltar el plinto, ni las flexiones... Probé todo tipo de disciplinas desde ballet a taekwondo, pasando por baloncesto y natación. La natación me gustó pero es incompatible con el pelo liso así que lo dejé muy pronto. Cuando llegué a la adolescencia aprendí que tener la regla era la excusa perfecta para no hacer gimnasia y me pasé 1º y 2º de BUP «indispuesta» en las clases de educación física. Como mis profesores, hombres, no querían ni oír hablar del tema no discutían que yo menstruase todas las semanas y dejaban que me sentara a mirar al resto de la clase...

Después probé aerobic, zumba, spinning, senderismo, patinaje, Bodypump... Lo alternaba con la piscina, que era lo que me gustaba, pero las cuestiones estéticas (el pelo liso cuando lo tienes rizado, ya saben de lo que hablo todas las que han tenido una plancha de pelo en sus manos) me impedían hacerme asidua. Incluso contraté un entrenador personal pensando que podría convencerme de que hacer deporte me gustaba... Nada, la etiqueta de Deportista me seguía quedando grande aunque algo dentro de mí empujaba con fuerza: el deseo de mover el cuerpo, de sentirme fuerte, el juego, el disfrute... así que seguí probando, me di OTRA oportunidad en la piscina.

Ya les adelanto que la historia acaba BIEN. Me apunté a una clase de natación en las piscinas municipales de Bilbao que no me rizaba el pelo (es broma! Me corté el pelo) y encontré lo que había estado buscando toda la vida: comprensión. Mi profesora entendía que todas las personas somos diferentes y que cada una podemos encontrar nuestro propio ritmo, reconocer nuestros límites para traspasarlos, mejorar dentro de nuestras posibilidades. Encontré AMOR por una profesión convertido en brazada. Encontré paciencia y reconocimiento. Encontré la posibilidad de reconocerme deportista, fuerte, nadadora. Encontré un grupo donde ensayar la competitividad, saborear la miel de ganar de vez en cuando. Encontré confianza en mí misma y en el funcionamiento de mi cuerpo. Encontré una profesional que sabe que las mujeres lo tenemos más difícil también en la práctica de deporte a nivel personal, no solo profesional. Porque todas estas trabas que me he ido encontrando en mi vida son, principalmente, de género y ella me ha ayudado a deshacerlas como el papel se deshace en el agua.

Ojalá todas las personas que trabajan en el mundo del deporte con criaturas tengan esta visión de igualdad, de diversidad, de acompañar con amor, de mostrar los caminos de «tú puedes». Ojalá las instituciones sepan cuidar de ellas y animarlas en su buen hacer. Ojalá no se dé el título de entrenadora/o a nadie que no entienda nuestras diferencias, nuestros potenciales...

Ojalá yo me hubiera encontrado con mi profe, Ana, con 10 años, como Camila ha encontrado a su equipo, no estaría en las olimpiadas de natación (igual sí) pero seguro que me habría colgado antes la etiqueta de deportista y sería de mi talla....