Cuando el ruido es música

Cuando el ruido es música
Ingo Bartussek/Fotolia

El 'noise' es la vertiente más extrema de la electrónica y también la más desconocida fuera de su círculo. En Bizkaia mantiene una escena pequeña pero activa, con ejes como el MEM, el Zarata Fest o el Club Le Larraskito

CARLOS BENITO

Sobre las fronteras entre el ruido y la música se ha escrito mucho y se ha discutido todavía más, pero el día a día nos enseña que ese límite sigue siendo más subjetivo que otra cosa. Lo de consultar la definición de la Real Academia Española siempre es un recurso un poco barato, pero en este caso puede tener su sentido: en su entrada para 'ruido', el diccionario recoge como primera acepción «sonido inarticulado, por lo general desagradable», de manera que también acaba remitiendo al criterio de cada cual, tanto en lo de la articulación como en lo del agrado. Y, por supuesto, si nos vamos a los extremos de la teoría, podemos concluir que toda la música es, de algún modo, ruido, a la vez que abrazamos la inevitable tesis complementaria, que afirma que todo ruido puede ser, de algún modo, música.

Pero, más allá de disquisiciones académicas, todos tenemos cierta percepción intuitiva de esa frontera. Aunque cada oyente establece sus umbrales de tolerancia, también suele ser capaz de ponerse en el lugar de otro y saber en qué momento lo que suena puede empezar a molestarle. El ruidismo (o, si utilizamos el término internacional, el 'noise') es un género musical basado en materiales que, en otro contexto, podrían pasar por simple ruido sin dimensión expresiva ni artística. Es, probablemente, la más subterránea de las escenas musicales, y también una de las más controvertidas: «En la historia del ruido se han dado altercados, escándalos, malentendidos, emociones e ideas equivocadas», resume en su tesis doctoral el músico y teórico bilbaíno Mattin, una figura de relevancia internacional en este campo.

La historia del ruidismo arranca en las vanguardias de principios del siglo XX. Ahí estaban el futurista italiano Luigi Russolo y sus 'intonarumori', artilugios productores de ruido con los que formó una orquesta; o el ballet protosurrealista 'Parade', en el que aunaron esfuerzos Cocteau, Picasso, Massine y Satie, aderezado con sonidos de sirenas, motores, botellas y máquinas de escribir; o la monumental 'Sinfonía de sirenas de fábrica' de Arseni Avraamov, que se interpretó en 1922 en Bakú, con la ciudad entera como escenario. En el entorno de la música 'culta' de décadas posteriores, hay que citar a compositores como Edgard Varèse, Karlheinz Stockhausen o John Cage, cuyo 4'33'' (en el que no suena ni una sola nota) es paradójicamente una pieza clave en el puzle del 'noise': sus interpretaciones demuestran que el silencio es imposible, porque la vida hace ruido sin cesar, pero también dejan claro que cualquier sonido se puede escuchar como música. En el terreno del rock y sus aledaños, pueden considerarse de mención obligada el polémico 'Metal Machine Music' de Lou Reed, las percusiones de ferretería de los primeros Einstürzende Neubauten o las turbulencias eléctricas de Sonic Youth, aunque los tentáculos del ruido alcanzan a bandas tan populares e 'inofensivas' como los Beatles o los Beach Boys.

Volumen al máximo

Pero, al hablar de la vertiente más extrema del ruidismo, no queda más remedio que volver la vista hacia Japón, donde nació en los 80 una escena de música abrasiva y despiadada, con artistas como Hijokaidan, Masonna, Incapacitants, Hanatarash o, sobre todo, Merzbow, el proyecto que ha convertido al artista Masami Akita en algo así como la superestrella planetaria del 'noise'. Los japoneses tomaron los pasajes más abruptos de la música industrial y el rock, prescindieron del resto y subieron el volumen al máximo. Para hacerse una idea cabal, puede servir este vídeo de un directo de Merzbow. No se trata de un concierto cualquiera, porque tuvo lugar en 2006 en Bilborock, dentro de la programación del festival Musica Ex Machina (MEM). Se conserva filmada la actuación entera, pero aquí vamos a insertar una muestra de menos de un minuto: no queda más remedio que avisar a los espíritus (y los oídos) sensibles de que, al darle al play, comienza un estruendo bastante serio.

El holocausto sonoro de Merzbow en La Merced sirve de oportuna cortinilla entre el pasado global y el presente local, ya que el ruidismo mantiene en nuestra tierra una considerable vigencia, por mucho que siga resultando invisible (e inaudible) para la inmensa mayoría de la población. La escena bilbaína es pequeña pero muy activa, con un puñado de artistas que se entrecruzan en incontables colaboraciones y que también suelen ejercer de público entusiasta. Hay eventos de tanta trayectoria como el citado MEM, festival de arte experimental que celebrará este año su decimoctava edición, o el Zarata Fest, que lleva doce años ofreciendo panorámicas de la «música rara y afines». El 'noise' (y la experimentación sonora en general) ha encontrado su refugio bilbaíno en el Club Le Larraskito, situado en la carretera de Rekalde a Larraskitu, pero también salta de la periferia al centro a través de la programación del Azkuna Zentroa, muy atenta a la vanguardia menos complaciente. Y no faltan sellos (Eclectic Reactions) ni fanzines (Uhin) abiertos a las frecuencias incómodas de estos artistas, que colonizan el terreno incierto donde se solapan la música electrónica y el arte sonoro.

Cuatro nombres de aquí

Repasemos, sin ánimo exhaustivo, unos cuantos nombres de aquí que centran su actividad en el ruido o lo utilizan como un ingrediente esencial. El primero de este pequeño muestrario es el ya citado Mattin, que escogió esta vía artística por «la posibilidad de sobrepasar los límites de lo que era aceptable», aunque el tiempo le acabó llevando a cierto desencanto acerca de ese potencial subversivo del 'noise': la codificación rutinaria del género le fue empujando a buscar nuevos enfoques. Su producción se compone de decenas de lanzamientos, tanto en solitario como en múltiples colaboraciones y proyectos: vamos a escuchar aquí una pieza de su banda Billy Bao, que se encuadra en la vertiente de su obra más cercana al rock.

Miguel A. García, conocido como Xedh, es vitoriano pero desempeña un papel central en la escena vizcaína como dinamizador y aglutinador: es fundador del Club Le Larraskito, dirige el Zarata Fest y participa en la coordinación de Hotsetan, el programa de música experimental y arte sonoro del Azkuna Zentroa. Sus creaciones y sus numerosas colaboraciones parten de la electrónica pero a menudo integran grabaciones de campo e instrumentos acústicos, en piezas que «cuestionan las fronteras entre la música electroacústica académica, la música industrial, el 'noise' o la llamada música 'outsider'». Es el caso de este pausado 'Argiope' de 2017, entre cuyas fuentes sonoras hay saxofones, guitarras y las voces de Ainara Legardon y Alba Burgos.

Itziar Markiegi es otra figura ineludible del extremismo sonoro bilbaíno. Artista plástica además de ruidista y 'performer', sus directos tienen un componente de implicación física que suele escasear en la electrónica y que da pleno sentido a esa etiqueta de «'noise' enérgico» que ha acuñado. En solitario se presenta como Jana Jan y utiliza aparataje construido o modificado por ella misma, pero su carrera abarca múltiples proyectos compartidos (Magmadam, Baba-Llaga, EmanKore, Leun Dura...), así como colaboraciones más imprevistas: estuvo, por ejemplo, contaminando de ruido electrónico el tributo que rindió a Spacemen 3 el grupo Silver Surfing Machine. El vídeo recoge una actuación muy reciente de Jana Jan en el espacio Zapadores de Madrid.

Las piezas de Garazi Gorostiaga pueden enmarcarse en un ambient industrial, heredero quizá de aquel aislacionismo de principios de los 90, pero sus texturas extremas la emparentan con el 'noise'. Hace algo más de un año editó en Eclectic Reactions su absorbente álbum de debut, 'Irauten'. Además, participa en varios proyectos (por ejemplo, es el otro 50% de EmanKore, junto a Itziar Markiegi) y publica improvisaciones en colaboración con otros artistas bajo el nombre de Hyperesthesia.