La aventura de ordenar los recuerdos de Manu Leguineche

Leguineche, en su casa de Brihuega junto a una imagen y el diario de su vuelta al mundo en 1965./Marina del Mar
Leguineche, en su casa de Brihuega junto a una imagen y el diario de su vuelta al mundo en 1965. / Marina del Mar

El Archivo Histórico de Euskadi aborda el reto de catalogar los fondos del periodista, la crónica personal de una época y un oficio

TERESA ABAJO

«Los habitantes de Kwai no han visto 'El puente sobre el río Kwai', que hizo millonario a William Holden». Manu Leguineche sabía cómo captar la atención del lector con pocas palabras, incluso cuando tomaba notas para sus crónicas. Viajó por todo el mundo con la curiosidad intacta y la mirada bien entrenada. Fue un maestro del periodismo de largo recorrido, el que se documenta a fondo para entender lo que pasa en el mundo sin perder la capacidad de sorpresa.

Autor de cuarenta libros e innumerables crónicas, su obra es bien conocida, pero en su archivo personal hay claves por descubrir sobre su vida y su oficio. Sus hermanos, Rosa y Benigno, han depositado miles de documentos, entre cuadernos, crónicas, fotografías y recuerdos personales, en el Archivo Histórico de Euskadi. El Ayuntamiento de Arratzu, el pueblo donde nacieron y donde descansa Manu, fallecido en 2014 a los 72 años, ha hecho de intermediario entre la familia y el Gobierno vasco para cumplir su voluntad de que este legado trotamundos se quedara en Euskadi. También han contado con la colaboración de dos periodistas con los que compartió trabajo y vivencias, Raúl Conde y Pedro Aguilar.

De momento, solo han completado la primera parte del viaje. El resto les toca a los profesionales del archivo, y será un proceso largo. Tienen que transcribir manuscritos y catalogar la información que contienen cuatro cajas llenas de cuadernos, diez de diapositivas, doce de artículos de prensa y al menos una decena de carpetas. El objetivo es subirlo todo a internet, relacionando fotos y textos, para que pueda servir de material de consulta y estudio. De testimonio de una época y de una manera de contar que no se aprende en las facultades ni a golpe de click.

Ya han empezado a inventariar las más de 3.000 fotografías, ,muchas de ellas en diapositivas guardadas en sobres como 'Afganistán', 'Perú', 'Yugoslavia' y 'Gibraltar', siempre con fecha de revelado. «La mayoría las hizo él, en otras aparece», afirma el director del Archivo, Borja Aguinagalde. Los técnicos las guardan en hojas de poliéster para su conservación, «pero aun así se deterioran. La forma de salvaguardar este patrimonio es digitalizarlo». Acostumbrados a manejar todo tipo de documentación, nunca habían recibido un depósito tan especial, un mosaico de detalles personales sobre el mapa del mundo en la segunda mitad del siglo XX. «Nos va a costar tiempo y dinero, pero aquí hay una mina», dice Aguinagalde. «Esto es una aventura. ¿Que va a salir algo interesante? ¿Que merece la pena? Seguro».

1 De la vuelta ciclista de 1961 a la guerra de Argelia

Lo primero que llama la atención al abrir las cajas de cartón depositadas en el Archivo Histórico de Euskadi son las acreditaciones. El mismo periodista en diferentes países, con un rostro cada vez más curtido que va contando una historia personal. Manu Leguineche empezó fuerte. En 1961, con 19 años, cubrió la Vuelta Ciclista a España para 'El Norte de Castilla', el periódico en el que aprendió el oficio bajo la dirección de Miguel Delibes y sintió por primera vez el veneno de querer saber más. Ese mismo año, sin decir nada a sus padres, se embarcó en un ferry en Alicante para informar sobre la guerra de Argelia.

Aunque se especializó en conflictos internacionales, no dejó de lado otras facetas del periodismo como el cine, una de sus grandes pasiones, o el deporte. Seguidor incondicional del Athletic, la vuelta de 1961 tenía especial interés para él porque empezó en San Sebastián y culminó en Bilbao el 11 de mayo, con la victoria del valenciano Angelino Soler. Aquel acontecimiento deportivo le acercó a casa, pero no tardó en estrenarse como corresponsal de guerra. Así recordaba él cuarenta años después aquel primer viaje a Argelia al que le arrastró «la curiosidad por la historia»: «Hacia allí salimos, con esa maleta que siempre está preparada, pastillas para la acidez de estómago, una frasca de whisky, una radio pequeña, de onda corta, algún libro y varios cuadernos».

2. En el «desafortunado país» de Vietnam

El mismo rostro juvenil de un joven con chaqueta y corbata aparece en la acreditación de Vietnam. «El más desafortunado país del mundo», como lo describe en las anotaciones de uno de sus cuadernos. Su desgracia, añade, comenzó «mucho antes de agosto del 64», cuando Estados Unidos empezó a intervenir de lleno en la guerra. Años después, al preguntarle sobre las imágenes más duras a las que había tenido que enfrentarse en su vida profesional, recordaba «las aldeas incendiadas con napalm en Vietnam» y a los niños que, espoleados por el deseo de venganza, «acababan a ladrillazos con la vida de los prisioneros enemigos». Durante algún tiempo tuvo pesadillas con aquellas escenas. En 'La guerra de todos nosotros', uniendo historia y testimonios, explicó cómo los conflictos de Vietnam y Camboya llegaron a ser «algo tan nuestro como las canciones de los Beatles o las fotografías del Playboy». Años después, ya retirado en su casa de Brihuega (Guadalajara), afirmó con tristeza que «Vietnam fue una caricatura al lado de la guerra de Irak».

3. «Nicaragua, Nicaragüita»

Ya había visto mucho mundo el hombre con el pelo revuelto y gafas de sol que recibió una acreditación para trabajar en Nicaragua. Estuvo allí en 1979 durante la revolución sandinista liderada por Daniel Ortega, el mismo que hoy castiga a su pueblo con una represión que ya se ha cobrado más de 400 víctimas. No podemos saber lo que él diría de lo que está ocurriendo, aunque le causaría un fuerte impacto como otros desastres de los que fue testigo. El 3 de septiembre de 1992 escribió en este periódico sobre el maremoto que arrasó la costa del Pacífico Sur. En un emotivo artículo titulado 'Nicaragua, Nicaragüita', recordaba el terremoto que cayó «como el rayo» sobre Managua en 1972, y cómo la suma de calamidades ha influido en el carácter de la gente del país centroamericano. «Las fuerzas de la naturaleza se han cebado siempre con Nicaragua, tifones, inundaciones, ciclones, terremotos, maremotos. Y la guerra. Las catástrofes naturales, como escribió Julio Cortázar, se suman a las manufacturadas por sus enemigos».

4. Con la agencia LID en el Chile de Pinochet

Leguineche fundó tres agencias de noticias –Colpisa, Lid y Fax Press– donde se han forjado generaciones de periodistas. En 1983, el año en que puso en marcha Línea Independiente para Diarios, que dirigió hasta 1990, se acreditó para viajar a Chile, una década después del golpe de estado de Agusto Pinochet. En aquel mes de septiembre hubo jornadas de protesta que se saldaron con varios muertos y se fundó un partido nacionalista que apoyaba la causa del dictador. En 1988 tuvo la satisfacción de volver para contar el referéndum con el que empezó la transición hacia la democracia. El 7 de octubre firmaba en este periódico un artículo titulado 'No, mi general' que merece la pena recordar. Empezaba así: «Al principio con timidez y tiento, luego con seguridad y alegría, los vencedores tocaron la calle. Los carabineros no mordían. Encendieron algunas fogatas en la Panamericana Sur, tocaron bocinas frente al 'Comando del No', alzaron banderas, se abrazaron, cantaron, saltaron, bailaron. En Chile se abraza mucho. A pesar de las recomendaciones de Patricio Aylwin los vencedores decidieron celebrarlo, sin alborotar demasiado. Algunas emisoras del régimen emitían ya canciones de Serrat. Caminante no hay camino...»

5. El encuentro de las superpotencias

«9.47 minutos. Ha sido una noche sin estrellas. Ronald Reagan llega al palacio de Flor de Agua. Trae el mismo abrigo oscuro, bufanda blanca, guantes y documentos bajo el brazo. Apenas se entretiene en sonreír». «10 y un minuto. Mijail Gorbachov desciende del coche flanqueado de sus agentes de distintivos rojos. Es ahora, en la terraza, el minuto histórico del apretón de manos. Su primer encuentro. Los dos hombres se buscan la expresión de los ojos».

Así relataba Manu Leguineche para este periódico, minuto a minuto, la histórica cumbre que el 19 de noviembre de 1985 reunió en Ginebra a los líderes de las dos superpotencias mundiales. El encuentro atrajo a miles de informadores de todo el mundo, que tuvieron que interpretar cada gesto porque no hubo declaraciones hasta el final de la cumbre. «Según todos los indicios, las conversaciones entre Reagan y Gorbachov van por buen camino, aunque es poco probable que ninguno de los dos dirigentes renuncie ni a una coma de su posición», explicaba el veterano periodista ante la sucesión de sonrisas y apretones de manos. «Claro que el soviético y el exactor de Hollywood son profesionales del disimulo». El despliegue informativo se resumió en este titular de portada: 'Cordialidad y mayor optimismo en Ginebra tras el primer encuentro Reagan-Gorbachov'.

6. El Bocaccio y otros recuerdos personales

De la caja de cartón abierta sobre la mesa del Archivo, en un primer vistazo, no solo llama la atención el reguero de acreditaciones y pasaportes. La vida de Manu Leguineche también quedó escrita en documentos más personales. Como su carné de la Federación Internacional de Mus, el único que no tenía que renovar porque reconocía sus méritos «a perpetuidad» y le obligaba a advertir de su superioridad al contrario. O la invitación permanente de prensa para asistir a Bocaccio, la discoteca de moda entre artistas e intelectuales con establecimientos en Madrid, Barcelona y Playa de Haro. De las veladas que pasó allí arreglando el mundo que tan bien conocía no hay testimonio en las hemerotecas, así que habrá que recurrir a sus diarios o a la memoria de sus amigos. También está por contar la historia de dos habanos de 'La flor de Isabela', marca filipina, que llevan el nombre de Manu Leguineche en la vitola. Es más fácil seguir el rastro al estudiante del colegio San Francisco Javier de Tudela, donde estuvo interno desde los ocho hasta los dieciséis años. En la casa de Brihuega donde pasó sus últimos años conservaba boletines de notas, una caja de latón llena de medallas al mérito y algunas de las cartas que dirigía a sus padres y a sus hermanos. «A los Reyes Magos les pediré muchas cosas pero no juguetes, sino libros y cuadernos», escribía en diciembre de 1950, a los nueve años.

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