Este sitio está casi en pelotas. Sólo unos tupidos cortinajes negros consiguen disimular su desnudez. En un lateral, unas estanterías metálicas; en el otro, una mesa de trabajo y unas sillas cómodas. Y poco más. La verdad es que conviene ser honestos: en apariencia, para describir este espacio sobran las 3.228 letras que caben en estas líneas. Pero el caso es que esta engañosa vacuidad tiene truco. Nada por aquí, nada por allá... ¡chasss! En el rincón desvestido, en la estancia en cueros, se despliega todo un universo de ilusión. Aquí se fabrica la magia.

Recibe Cartolas, una suerte de inquietante ¿gnomo? ¿duende? ¿elfo? portugués (su nombre significa chistera) al que, como a San Pedro, le han encomendado cargar con las llaves de este sitio, la lonjita de Salburua donde el mago vitoriano Asier Kidam le aprieta los tornillos a sus números de prestidigitador, lija sus juegos de manos y clava sus trucos sin trampa ni cartón.

En el taller del ilusionista todo es bastante menos abracadabrante de lo que cabría esperar. Ni pata de cabra ni leches. Las herramientas que utiliza Kidam para sus trucos son muchísimo más domésticas. Sin embargo, si las pertenencias del mago formaran uno de esos acertijos de agilidad mental en los que había que adivinar el campo semántico, no habría solución verosímil posible. A saber: Cuerdas, unas pelotas de poliespán, limones de pega, ¡un calcetín! y mil bombillas incandescentes se acumulan en las estanterías, ordenadas, siguiendo un estricto y enigmático patrón. Lo suyo sí que es organización y no lo de la tal Marie Kondo, esa señora japonesa tan plasta.

Entre tanto objeto destinado a aparecer y desaparecer, a levitar y a sufrir una premeditada combustión espontánea, se acumulan decenas, cientos de cartas. Como la mayoría de sus compañeros de gremio, el mago Kidam cimenta sus trucos con barajas tradicionales, de las de póquer, hasta levantar sólidas ilusiones de picas, tréboles, corazones y diamantes personalizadas que mandó fabricar a la Fournier con su nombre. Sus trucos no se le derrumban como pasa con los castillos de naipes. Él es un as de lo suyo.

Si uno piensa en la biblioteca de un mago, tiende a evocar una estancia «harrypotesca», con enormes anaqueles de madera labrada, que atesoran cientos de tomos encuadernados en piel noble, sus títulos escritos en letras en pan de oro y filigrana. Imagina una chimenea crepitante, orejeros de asientos profundos tapizados en raso burdeos y una lechuza ululando por allí. Pero la estantería de Asier es bastante más mundana, aunque no menos sugerente. En una baldita modesta se acumulan ejemplares tan evocadores como «Diseño de milagros», «La buena magia», «Engaños de salón», «El libro de las maravillas» y ese «Aventuras de 51 magos y un fakir de Cuenca» que, probablemente, sea el mejor título que se le ha calzado jamás a una obra.

En una pared, el mago exhibe todas sus pasiones, como en una versión evolucionada de esos pósters clavados con chinchetas en las paredes de los adolescentes. Entre sus posesiones más preciadas, la entrada enmarcada de cuando fue a ver a su idolatrado Derren Brown –algo así como el Springsteen de los mentalistas– en el Palace Theatre del West End londinense.

De frente, en un perchero, el vestuario del prestidigitador, con sus camisas planchadísimas, ordenadas por colores, más propias de un oficinista, sin lentejuelas, ni brillantinas. Como su magia, él no necesita disfraz.