El Correo Digital
Miércoles, 22 octubre 2014
sol
Hoy 14 / 26 || Mañana 12 / 21 |
más información sobre el tiempo
Estás en: > > >
La arqueóloga peligrosa

ENTRE COLUMNAS

La arqueóloga peligrosa

Katharine Woolley fue una pionera cuyos logros en las excavaciones de Ur han quedado ensombrecidos por el prestigio de su marido y los rumores sobre su vida íntima

24.05.13 - 00:01 -
En Tuenti
CerrarEnvía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

* campos obligatorios
Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

* campos obligatorios
La arqueóloga peligrosa
Katharine y Leonard, excavando en el cementerio real de Ur

De todas las las pioneras de la arqueología, Katharine Woolley es una de las peor conocidas. Excavadora de la ciudad sumeria de Ur junto a su marido, y en varias ocasiones por encima de él, su labor ha quedado ensombrecida por los rumores que rodearon su vida personal, en la que no faltaron episodios dramáticos y oscuros. Definida por la viajera, espía y arqueóloga Gertrude Bell como "una mujer peligrosa", su desconcertante personalidad y su carácter autoritario hicieron que Agatha Christie, que conoció a su segundo marido gracias a ella, la acabara convirtiendo en la víctima de 'Asesinato en Mesopotamia'.

Cuando Katharine Woolley llegó a la arqueología, las mujeres no eran bienvenidas en la disciplina. Según explica la arqueóloga Amanda Adams en su libro 'Ladies of the field', las mujeres empezaron a estar presentes en las excavaciones a mediados del siglo XIX. Era un momento en el que las mujeres de las élites de los países socialmente más avanzados -Reino Unido, Francia, Alemania, Estados Unidos- ya tenían cierto acceso a una formación superior, pero no podían disponer de su vida libremente. Entonces, la arqueología se mostró como una insospechada salida de escape de una sociedad encorsetada -nunca mejor dicho, en su caso- para algunas féminas con espíritu inquieto. En aquella época, tenían dos vías para acceder al trabajo arqueológico: la muy difícil, por libre, y la algo menos difícil, a través de un marido arqueólogo. Las 'arqueólogas esposas de arqueólogos', como Sophie Schliemann y Hilda Petrie, compartieron codo con codo las labores de sus compañeros, que las trataron siempre como iguales, pero rara vez fueron tenidas en cuenta en los círculos académicos y su trabajo no se veía reflejado en las publicaciones firmadas por sus ilustres maridos, según detalla Adams.

La situación no mejoró demasiado durante el primer tercio del siglo XX. "No tengo intención de discutir si las mujeres poseen o no mejores cualidades para dicho trabajo", escribía John Percival Droop, profesor de arqueología clásica de la Universidad de Liverpool, en su tratado 'Archaeological Excavation', publicado en 1915. "Las opiniones varían, me parece, sobre este punto, aunque nunca he visto una mujer excavadora bien preparada; así que, si expresara mi punto de vista, sería negativo. Una excavación mixta es una experiencia que no desearía volver a tener; puedo garantizar que las mujeres se adaptan admirablemente al trabajo, pero considero que deberían emprenderlo por su cuenta". ¿Las razones? "En primer lugar están las reglas sociales", señalaba. No las inglesas, sino las de "griegos, turcos o egipcios" entre los que solía desarrollarse el trabajo de campo. Además, la convivencia en un yacimiento arqueológico, que él comparaba con la de un barco de guerra, era de lo más masculina: "Mi objeción estriba en que el trabajo de una excavación se lleva a cabo por personas que comparten el vínculo de la más estrecha relación cotidiana que pueda concebirse (...). Con los hombres adecuados, esta clase de convivencia es, a mi juicio, una de las cosas más encantadoras de la vida; pero entre hombres y mujeres, salvo en contadas ocasiones, no creo que esos cercanos en inevitables lazos de compañerismo sean posibles sin convertirse en fuente de discordia". Katharine Woolley llegó a Ur cuando esta era la forma establecida de entender la cuestión de las mujeres y la arqueología.

De Oxford a Egipto

La arqueóloga peligrosa

Katharine excavando en el fondo de una trinchera con Leonard y un trabajador local

No abunda la información sobre Katharine. Todos sus papeles y documentos personales fueron destruidos tras su muerte, según había dispuesto ella misma, por lo que los intentos por trazar una biografía se nutren de fuentes secundarias. Nació como Katharine Menke en Inglaterra en 1888, hija de padres alemanes. Estudió historia en el Somerville College de la Universidad de Oxford, aunque tuvo que abandonar las aulas por problemas de salud. Como muchas jóvenes de buena posición, sirvió como enfermera durante la Primera Guerra Mundial, lo que la obligó a disimular sus orígenes germanos. En 1919 contrajo matrimonio con el teniente coronel Bertram Keeling, con el que se trasladó a Egipto, donde él realizaba estudios geográficos. Allí la vida de Katharine sufrió un quiebro trágico, un suceso sobre el que circulan versiones diferentes. La más extendida es la que recoge Cristina Morató en el libro 'Las damas de Oriente': su esposo se suicidó "delante de ella al pie de la Gran Pirámide en El Cairo disparándose un tiro en la sien".

La versión más fiel a la realidad parece ser la de Henrietta McCall. Según esta egiptóloga, cuyas conclusiones recoge B.J. Richards en el blog 'Monkey Strums the British Museum', el 20 de septiembre de 1919, cuando apenas llevaban seis meses casados, Katharine llamó a un médico porque se sentía enferma. Tras examinarla, el doctor se reunió con su marido durante unos veinte minutos. Después, y sin mediar explicación, Bertram Keeling salió de casa y se envenenó cerca de las pirámides de Giza.

Katharine recuperó su trabajo como enfermera para salir adelante, aunque no había perdido su interés por el pasado. A principios de los años 20, y a rebufo del impacto popular que supuso el descubrimiento en Egipto de la tumba de Tutankhamon, el 4 de noviembre de 1922, las excavaciones en la ciudad sumeria de Ur (en el sur de Mesopotamia, actual Irak) recibían mucha atención en la prensa británica. Atraída por las noticias que leía en 'The Times' y el 'Illustrated London News', la viuda decidió visitar el yacimiento.

Desde 1922 el Museo de la Universidad de Pensilvania y el Museo Británico mantenían las excavaciones de la 'Ur de los caldeos' bíblica, el hogar del patriarca Abraham del Antiguo Testamento. El director de la expedición era el arqueólogo británico Charles Leonard Woolley (1880-1960), quien, tras formarse en yacimientos romanos en Inglaterra, había excavado en Nubia y en la ciudad hitita de Karkemish junto a T.E. Lawrence, es decir, Lawrence de Arabia. Su trabajo en Ur es un capítulo fundamental de la historia de la arqueología de Mesopotamia y le reportaría numerosos reconocimientos, entre ellos, el título de Sir. Entre sus muchos descubrimientos, destaca el cementerio real de la ciudad y, en él, la tumba de Puabi (2.600 aC), una mujer de importancia de la Primera Dinastía de Ur a la que Woolley identificó con una reina, y cuya posición social es objeto de discusión todavía hoy.

Katharine Keeling visitó Ur en 1924. Su inteligencia y, sobre todo, su talento como dibujante llamaron la atención de Woolley y sus colaboradores, que acabaron por invitarla a formar parte del equipo. En la campaña del año siguiente ya estaba integrada en el grupo y recibía un salario por su trabajo. Desde el principio, Katharine hizo mucho más que limitarse a dibujar los hallazgos más llamativos. Participaba en todas las labores de campo y en unos pocos meses se transformó en una especie de resolutiva mano derecha de Woolley. Al año siguiente, cuando el futuro marido de Agatha Christie, Max Mallowan, se ofreció para ocupar el puesto de asistente de Woolley, la encargada de realizar la entrevista de trabajo fue Katharine, y no Leonard.

La arqueóloga peligrosa

Katharine y Leonard posan en Ur con un grupo de trabajadores locales

En un tiempo en el que los puntos de vista como el del profesor Droop eran el sentir general sobre la cuestión de las mujeres y la arqueología, la presencia de Katharine en Ur llamó la atención -para mal- de los patrocinadores de la excavación, hasta los que habían llegado algunos comentarios malévolos. En una carta "personal y confidencial" fechada el 8 de julio de 1926, George B. Gordon, uno de los responsables del Museo de la Universidad de Pensilvania, pedía que se le aclarara la situación de Katharine en Ur. "Una mujer sola con cuatro hombres en el campamento podría ser una figura más interesante para algunos de ellos que el perfil de los zigurats", indicaba. En cualquier caso, hacía notar Gordon, "una mujer en esa situación podría implicar el riesgo de convertirse en el objeto de comentarios desconsiderados". A continuación, sugería a Woolley que tomara medidas para que "considerase" la posibilidad de "evitar ese riesgo". En resumen, pedía que se echara a Katharine.

Un matrimonio de conveniencia

Woolley estaba satisfecho del trabajo de su asistente y de ningún modo quería deshacerse de ella. Así se lo hizo saber a sus patronos en su extensa carta de respuesta, en la que defendía el trabajo de Katharine y se lamentaba de que los rumores "sean el precio que las mujeres todavía deben pagar por colaborar en tareas científicas". Como solución para acabar con los cuchicheos y maledicencias, decidió proponer a Katharine que se casara con él. Ella, que al parecer había decidido no volver a contraer matrimonio, aceptó. Pero con una condición. La pareja no mantendría ningún contacto físico. Esta 'cláusula', unida a la peculiar personalidad de la arqueóloga, ha dado lugar a las especulaciones más insospechadas: se ha dicho que Katharine era en realidad un hombre disfrazado. También se ha sugerido que era lesbiana, que padecía algún tipo de anomalía, que tenía el síndrome de insensibilidad androgénica o una malformación -de ahí la reacción de su primer marido tras la charla con el médico que la examinó-. Nadie parece optar por la explicación más sencilla: que dada la naturaleza de su matrimonio, una unión de conveniencia, casi un acuerdo laboral entre dos colegas, es comprensible que no tuviera interés alguno en mantener relaciones íntimas con su marido.

El propio Max Mallowan hace una referencia al asunto en sus 'Memorias': Katharine Woolley, recuerda, "fue una personalidad dominante y poderosa de la que incluso en este momento es difícil hablar con justicia". Tras referir el suicidio de su primer marido, el arqueólogo señala que "sólo a regañadientes accedió a casarse con Woolley. Necesitaba un hombre que cuidase de ella, pero no estaba interesada en la parte física del matrimonio. Katharine era una mujer dotada, de gran encanto cuando le interesaba, pero felina y descrita por Gertrude Bell, no impropiamente, como una mujer peligrosa".

Katharine compartió todas las labores de responsabilidad con su marido y, gracias a su temperamento, consiguió tener al equipo y los trabajadores locales a su merced. Max Mallowan, que durante sus propias excavaciones tuvo que lidiar en muchas ocasiones con agresiones y peleas entre los obreros locales, recuerda una anécdota muy significativa: "Incluso los trabajadores de la excavación tenían miedo de ella y recuerdo una ocasión en la que los miembros masculinos de la expedición intentaron detener en vano una pelea tribal en el curso de la cual los combatientes se golpeaban las cabezas con mazas: la repentina aparición de Katharine en la escena fue suficiente para poner fin de inmediato a la guerra". Katharine mantuvo una relación muy estrecha con Mallowan, que aprendió a manejar sus cambios de humor imprevisibles. Entre las labores del joven arqueólogo (cuando se incorporó al equipo tenía 25 años), estaban cepillar el pelo de Katharine y darle su masaje diario

La arqueóloga peligrosa

Una de las grandes trincheras de Ur

Todos los testimonios señalan que Katharine podía ser encantadora hasta la exquisitez o brusca y muy maleducada, generalmente con los turistas indeseados y sobre todo con las visitas femeninas. Agatha Christie fue la excepción a este rechazo. Woolley había leído 'El asesinato de Roger Ackroyd' y era una admiradora de la novelista. Cuando Christie visitó el yacimiento por primera vez, en 1928, fue recibida y tratada como una personalidad. Katharine encargó a Mallowan que hiciera de cicerone de la autora, una relación casual que acabaría en matrimonio y en la 'conversión' de Christie a la arqueología. A pesar de las atenciones recibidas, la escritora pudo experimentar de primera mano el carácter singular de Katharine. Durante una excursión con Leonard, Max y Agatha, el grupo tuvo que alojarse en un hotel que disponía solo de dos habitaciones libres. Llovía y en una había goteras sobre una de las camas. Leonard propuso que las mujeres durmieran en la habitación seca mientras ellos se quedaban con la húmeda, que era más grande. Katharine exigió la grande y, por supuesto, la cama sin goteras. En esa misma salida, Max preparó un baño caliente para Agatha. Cuando la escritora se dispuso a tomarlo, se encontró con que Katharine se había adelantado y ya ocupaba la bañera.

Víctima de novela

En 'Una autobiografía', Christie escribió que Katharine "fue un personaje extraordinario. La gente ha estado siempre dividida entre la aversión con un odio feroz y vengativo y la fascinación... Era capaz de ser muy maleducada -de hecho, cuando quería podía tener una mala educación tan insolente que era increíble- pero podía ser encantadora con éxito cuando quería". A pesar de todo, parece que ambas mujeres hicieron amistad, por lo menos al principio, como demuestra que Christie pusiera su casa de Cresswell Place, en Londres, a disposición de los Woolley. Eso sí, después le haría un homenaje cuanto menos llamativo: la convirtió en la víctima de 'Asesinato en Mesopotamia', Louise Leidner, la paranoica mujer del director de una excavación a la que todo el mundo tiene motivos para matar. No parece que Woolley se diese por aludida ni que le molestara la novela, publicada en 1936, cuya dedicatoria dice "dedicado a mis muchos amigos arqueólogos de Irak y Siria". Sí que le debió de afectar más la unión de Christie con 'su' Mallowan y de hecho suele decirse que la autora no volvió a ser bienvenida en Ur después de su boda con Max.

Como sucede con todas las 'arqueólogas esposas de arqueólogos' de aquel periodo, es difícil determinar el alcance del trabajo de Katharine Woolley en Ur y cuánto aportó a las obras que llevan la firma de su marido, aunque está documentado que discutían sus puntos de vista sobre la excavación y que él solía tener en cuenta las interpretaciones y razonamientos de ella sobre el yacimiento. Además de su labor de ilustradora, escribió numerosos textos para la prensa y realizó tareas de restauración notables, como la del tocado de la 'reina' Puabi, que se exhibe en el Museo Británico. En las fotos aparece excavando cuchillo en mano, junto a su marido y rodeada de obreros locales. Se hizo cargo del yacimiento en muchas ocasiones y lo dirigió en solitario durante la última campaña, en 1934. El sistema de excavación en Ur era todavía muy rudimentario. Consistía en abrir grandes cortes en el tell, trincheras muy anchas y escalonadas de decenas de metros de profundidad, en cuyos cortes se realizaban lecturas estratigráficas para establecer las fases de ocupación que había vivido el yacimiento, la 'evolución' de la ciudad de Ur, que abarcaba milenios de historia. Ello suponía coordinar a más de 200 trabajadores todos los días en varios puntos del sitio, un reto al que Katharine se enfrentó con eficiencia.

Katharine Woolley no tuvo un final feliz. Leonard tanteó la posibilidad de divorciarse en 1929, cuando apenas llevaban dos años juntos, y consultó el asunto con su abogado, pero al final decidió mantenerse unido a ella, que sufría esclerosis múltiple. Ese mismo año la arqueóloga escribió una novela, 'Adventure calls', la historia de una mujer que se hace pasar por un hombre para unirse a un equipo de arqueólogos y se enamora de uno de ellos, su mejor amigo del grupo, al que tiene que ocultar que es una fémina. Él la descubre, se da cuenta de que la quiere, se casan y viven felices.

Cuidada por su marido, Katharine falleció a causa de su enfermedad el 8 de noviembre de 1945.

La arqueóloga peligrosa

Tocado de la 'reina' Puapi, expuesto en el Museo Británico

Ver todos los artículos de Entre Columnas.

TAGS RELACIONADOS
En Tuenti
pliega/despliegaLo más leído
pliega/despliegaLo más comentado
pliega/despliegaLo último de elcorreo.com
elcorreo.com

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.