Conmoción en un pueblo tranquilo

Agentes policiales y judiciales buscan el arma homicida en el pueblo alavés de Turiso./Rafa Gutiérrez
Agentes policiales y judiciales buscan el arma homicida en el pueblo alavés de Turiso. / Rafa Gutiérrez

Los vecinos de Turiso, en Lantarón, muestran su dolor por el asesinato de Ana

María José Pérez
MARÍA JOSÉ PÉREZ

Turiso es un pueblo muy tranquilo. «Viviremos aquí como unas diez familias», dice un vecino sorprendido por la presencia policial en la calle de un enclave con poco más de 40 residentes. La Policía Nacional rompió esa tranquilidad ya a última hora de la mañana. «Han venido preguntando por él (Agustín, el detenido) y por la casa. Les he indicado cuál era, pero no estaba y se han marchado», relataba el mismo hombre, que admitía que se quedó «extrañado» porque «por aquí pasa alguna vez la Ertzaintza, pero la Nacional...». Mientras a Agustín lo buscaban las fuerzas de seguridad, también hubo quien se acercó preguntando por la víctima. «Han venido del colegio porque no había ido», continuaba, y tampoco respondía al móvil.

La noticia del fallecimiento de Ana se propagó poco después de forma rápida. «Por Whatsapp», coincidían dos residentes. Ni siquiera eso rompió la paz del municipio. La mayoría no estaba en casa y quien sí, ni salía a la calle. Pasadas las seis y media de la tarde sólo unos operarios que cambiaban las luces de las farolas daban vida a la localidad. Al menos, aparentemente. Todavía tuvo que transcurrir casi media hora para que se acercara un coche a las inmediaciones del chalé familiar de Ana. Pedro regresaba a casa con su hijo. «Es amigo de su chico», relataba. «Les habíamos visto esta mañana pronto, a la hora del autobús... y luego nos enteramos de esto», añadía con incredulidad.

Pedro conocía bastante bien a la familia. «Vivían aquí desde hace unos 14 o 15 años, cuando compraron esa casa», relataba señalando el chalé, en el que tenían «tres perros y gatos», contaba. Sin embargo, desconocía que estuvieran en trámites de separación. «Eso hemos oído ahora, que tenían problemas y se iban a separar». Aunque el pueblo es muy pequeño «y nos conocemos todos, hay que tener en cuenta que es un pueblecito dormitorio».

Una amiga desolada

Ana y Agustín también estaban mucho tiempo fuera. «Él, además de trabajar en Mercedes, tenía un lavadero de coches en Miranda, que ahora quería traspasar». Ella había complementado su empleo en el colegio de Ribabellosa «con una sustitución en un comercio en Miranda. El sábado pasado es el último día que trabajó; estuvimos allí haciendo unas compras y felicitó a mi hijo por su cumpleaños», añadía.

La imagen de tranquilidad que transmitían los pocos vecinos que salieron a la calle la rompía una mujer que cuando llegó la Policía se acercó hasta la casa. Visiblemente afectada, entre lágrimas, sólo acertó a decir: «Era mi amiga».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos