Aquel primer 12 de octubre en Bilbao

Alfonso XIII decretó en 1918 que el 12 de octubre fuera la fiesta oficial de la raza./E.C.
Alfonso XIII decretó en 1918 que el 12 de octubre fuera la fiesta oficial de la raza. / E.C.

En 1918 se celebró por vez primera la fiesta nacional. En la villa cerraron oficinas, despachos y comercios, aunque lo que de verdad preocupaba era la epidemia de gripe

Imanol Villa
IMANOL VILLA

El 12 de octubre de 1918 fue fiesta nacional por primera vez. Así se estableció en el Real Decreto del 15 de junio de aquel mismo año, que la denominó Fiesta de la Raza. En su editorial de tan señalada fecha, 'El Noticiero Bilbaíno' se expresaba con orgullo: «El Gobierno ha consagrado la sin par efeméride otorgándole el carácter de día festivo para que los hombres de nuestra raza y sus hermanos de allende los mares, apartados un instante de sus diarias tareas, se fundan todos en una idea de noble orgullo y en el propósito firmísimo de cooperar al adelanto de los pueblos».

Se reivindicaba con ello el papel que España debería de jugar en un futuro de cara a establecer relaciones comerciales con los países sudamericanos. No cabía otra, puesto que los lazos culturales y el hecho de tener una lengua común deberían de pesar a favor de un país que se consideraba ya entonces en una posición privilegiada para jugar el papel de interlocutor principal con la América hispana. Ahora bien, para ello el país debía de apostar por la regeneración y la modernización. «Si esta Fiesta de la Raza que celebramos ha de ser, en lo sucesivo, una solemnidad en absoluto digna y verdaderamente fecunda, debemos poner todas nuestras fuerzas en el rápido acentuado progreso material, intelectual y moral de España, sin el cual no cabrá sean fértiles en bienes, recíprocamente, nuestros naturales enlaces con los países Iberoamericanos».

Las celebraciones comenzaron el día 11. A mediodía fueron izadas en la fachada de San Nicolás las banderas de las diecinueve repúblicas sudamericanas. Por último, a los sones de la Marcha Real, se izó la enseña nacional. «El numeroso público estacionado en el paseo principal del Arenal se descubrió respetuosamente al izarse la bandera de nuestra Patria». Posteriormente, la banda de la Asociación Musical recorrió las calles de la villa, «ejecutando alegres marchas que dieron una nota de alegría». Ese mismo día la prensa bilbaína se hizo eco de una sentida petición que la colonia aragonesa de Bilbao hacía a todos los vecinos. Rogaba que, con motivo del paso de la procesión por algunas de las calles más céntricas, se engalanasen balcones y ventanas para dar más realce al acto. Al mismo tiempo se invitaba a participar a todo aquel que lo quisiera.

Los actos festivos arrancaron a las cinco de la mañana del día 12, en San Nicolás, con una misa rezada, llamada de los Infantes, cantada por los niños de la Capilla del Patronato. A las diez se celebró la misa mayor, a la que asistió el Cuerpo libre de servicio de la Guardia Civil, con su traje de gala para rendir homenaje a su patrona. El oficio estuvo presidido por las más altas representaciones de las autoridades civiles y militares que formaron solemnes junto al presbiterio. También acudieron miembros de las colonias navarra y aragonesa de Barakaldo. Tampoco quiso faltar a la cita Esteban Bilbao, diputado jaimista por Tolosa, y que fue el encargado de ostentar la representación del sector político más tradicionalista del momento.

Por desgracia, debido al mal tiempo de aquel día, se decidió suspender la anunciada procesión por las calles de la villa. A decir verdad, la insistente lluvia que cayó sobre Bilbao aquel 12 de octubre no fue el único motivo para suspender la procesión. La situación de alerta sanitaria en la que se encontraba la población fue también una razón de peso que obligó a cambiar el orden del día establecido. No era conveniente, por mucha fiesta, alegría y raza, caminar bajo la lluvia a paso de procesión.

El rey Alfonso XIII durante su visita a los astilleros Nervión en 1918.
El rey Alfonso XIII durante su visita a los astilleros Nervión en 1918. / E.N.B.

Pese a ser la primera vez que el 12 de octubre era oficialmente festivo, todo quedó supeditado a la situación de alerta debida a la gripe. Desde principios de mes, cuando se produjo un alarmante ascenso en el número de casos registrados, Bilbao se vio sometido a un auténtico estado de excepción médico. Las autoridades municipales habían puesto en marcha los protocolos que consideraban prioritarios para hacer frente a la situación: blanqueo de fachadas y patios, limpieza de calles, consejos higiénicos para la población, instrucciones para el trato de los enfermos… También se estableció un cordón sanitario con el que se pretendió blindar la villa contra la entrada de posibles afectados por la gripe. ¡Bastante tenían ya con los de dentro!

Controles sanitarios

Se establecieron controles en las estaciones y vías de entrada, así como en el puerto. Los viajeros enfermos eran apartados y enviados al hospital o a las casas de socorro mientras que a los sanos se les «desinfectaba». Después se les expedía el correspondiente documento que acreditaba su paso por el citado control. No obstante, sabedores de que había gente que burlaba el control sanitario, el alcalde dispuso que aumentara el celo sobre los mismos, sobre todo los nocturnos. Así, sin ir más lejos, en la madrugada del día 12 se detuvo a 33 personas «indocumentadas» de las cuales, 11, fueron devueltas a sus lugares de origen.

Una de las decisiones que las autoridades municipales tomaron aquel día fue la de la emisión de Bonos de Socorro. Consistían en vales con un valor variable –20, 50 céntimos y una peseta– y cuyo reparto se haría exclusivamente a los médicos pues se consideraba que eran ellos los únicos facultados para su reparto. Sobre estos profesionales recaía la responsabilidad de dar los bonos a aquellos enfermos pobres carentes de recursos.

Con ellos podían comprarse medicamentos, desinfectantes, leche y comestibles. También en los despachos municipales se ofertaba carbón vegetal, pan y alubias a mitad de precio. Para la primera emisión de Bonos de Socorro se lanzaron 40.000 de 25 céntimos, 20.000 de 50 y 10.000 de una peseta. Definitivamente, y a excepción de la colonia aragonesa, que celebró la fiesta de su patrona casi como siempre, aquella primera festividad de la raza pasó sin pena ni gloria a merced de una epidemia que se confirmaba como catastrófica.

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