Cataluña, Eslovenia y la Iglesia

La jerarquía eclesiástica de la capital Liubliana apoyó la defensa de la independencia, «incluso con las armas», mientras el episcopado catalán impulsa una salida dialogada

Cataluña, Eslovenia y la Iglesia
EFE
Pedro Ontoso
PEDRO ONTOSO

El aroma de las galletas de canela y los dulces con pasas y nueces sobresale estos días en muchos hogares de Eslovenia donde se cantan villancicos y se recupera el cancionero tradicional. El calendario despeja el camino para la llegada de los 'hombres buenos', San Nicolás y Papa Noel, primero, que preceden a Dedek Mraz, el abuelo de las nieves, un personaje muy pegado a la identidad de los pueblos eslavos. Hubo un tiempo en el que la Navidad era un día laboral en la Yugoslavia de Tito, cuando el comunismo funcionaba como una apisonadora de las libertades y las creencias. Bajo la férrea disciplina del dictador, que gobernaba con mano de hierro la Federación, la Iglesia no tuvo posibilidad de expresarse ni de participar en la vida pública, pese a que el pueblo esloveno era eminentemente católico. Once años después de su muerte, en 1991, aquel sistema multiétnico se fracturó y Eslovenia declaró la independencia con la Iglesia a la cabeza.

El belicoso Quim Torra, presidente de la Generalitat, ha desempolvado en el Adviento previo a la Navidad la 'vía eslovena' como combustible para mantener encendida la llama del soberanismo. Pese a que la situación de Cataluña, amparada en un Estado democrático, no tiene nada que ver con un país que venía del imperio austrohúngaro y fue sometido por las botas del mariscal Tito, antes de ser invadido por los serbios, herederos de la dominación turca. Fue el resultado de colapsos de imperios y monarquías. Además, era evidente que el problema nacional estaba ligado al factor religioso, entre católicos y ortodoxos. En Eslovenia, la Iglesia se puso del lado de su pueblo y de su historia como si fuera un dogma sagrado.

La Iglesia eslovena siempre ha sido favorable a la independencia. Y de coger las armas para defenderla. El 25 de junio de 1991 se declaró la independencia y el 27 los tanques serbios comenzaron la invasión. Se produjo lo que se conoce como 'la guerra de los 10 días', corta, pero suficiente para dejar más de 70 muertos y 300 heridos. El arzobispo de Liubliana, Alojzij Sustar, proclamó en pleno conflicto bélico que «un pueblo se defiende cuando es atacado. Defendemos que los tanques no ocupen nuestras ciudades. Siempre nos hemos opuesto a la violencia, pero cuando a uno le atacan, debe defenderse, incluso con las armas». Las fuerzas comunistas de la Federación eran un «ejército de ocupación». Hacía 28 años que Juan XXIII había publicado la encíclica 'Pacem in terris', en la que defendía los derechos de las minorías, pero seguía dando cobertura moral como parte de la Doctrina Social de la Iglesia.

Fue un momento delicado para la Iglesia porque Croacia, también de tradición católica, estaba en un tesitura parecida. La diplomacia del Vaticano vivía una especie de sede vacante, dado que el cardenal Agostino Casaroli, legendario secretario de Estado impulsor de la 'ostpolitik' (el acercamiento a los regímenes comunistas), lo había dejado y estaba siendo relevado por Angelo Sodano. La Santa Sede se apresuró a animar a los países de la Conferencia para la Seguridad y la Cooperación de Europa al reconocimiento de la independencia de ambos países «que representan las legítimas aspiraciones democráticamente expresadas». Y, además, son católicos, podría haber añadido. La secesión de Eslovenia obtuvo el respaldo del 85,5% del censo electoral, una mayoría abrumadora.

Cataluña no es Eslovenia. Cuando empezó el pulso soberanista, el abad de Montserrat, Josep María Soler, aseguró que el Vaticano reconocería sin problemas un Estado catalán independiente. No tardó mucho el nuncio (embajador) de la Santa Sede en España en salir para advertir que esa no era la opinión de Roma, en una clara e inusual desautorización. Torra ha protagonizado un ayuno en solidaridad con los líderes soberanistas encarcelados en ese emblemático monasterio benedictino, pero los monjes se han cuidado mucho de aparecer junto al president, para evitar, probablemente, una legitimación simbólica de su actitud.

La Iglesia catalana no es la eslovena de los años noventa, pese a que defiendan la singularidad nacional de Cataluña, heredera de una identidad pegada al catolicismo. El cardenal Juan José Omella y la mayor parte de la jerarquía han optado siempre por la prudencia, pese al descontrol de algunos satélites como el obispo de Solsona, Xavier Novell. La consigna del Vaticano es que mantengan la neutralidad, una posición que no siguen algunas órdenes religiosas. Algunos prelados visitaron a los presos independentistas y expresaron que les «cuesta entender» lo que consideran una «larga prisión preventiva», pero la postura oficial es mantener un respeto escrupuloso ante la pluralidad política de la sociedad catalana. No están en la ruptura, sino en el diálogo. El propio Oriol Junqueras ha colaborado en esa dirección. Con una reflexión en la que hace gala de sus amplios conocimientos sobre el Antiguo Testamento, el líder de ERC ha publicado en la web de 'Catalunya Religio' un artículo titulado 'Apocalípticos e integrados ante Jesús' (un guiño al famoso libro de Umberto Eco), en el que se identifica con «el Dios de Lucas, que es el Dios de la misericordia», y defiende un discurso «acogedor e inclusivo» como «el del Jesús que extiende la mano a todos los marginados e impuros». Toda una metáfora con respecto a su internamiento en el centro penitenciario de Lledoners y la crispada situación política de Cataluña. Por eso se vislumbran movimientos eclesiásticos en favor del nacionalismo más civilizado con la intención de introducir un poco de sensatez en este proceso interminable en el que Torra sigue 'apretando'. Omella no es Alojzij Sustar.