Cita en el casino de Eibar

El equipo de cocina y sala posa en el local./FÉLIX MORQUECHO
El equipo de cocina y sala posa en el local. / FÉLIX MORQUECHO

Los mejores platos de la cocina tradicional reinan en un local de encuentro sin castas ni colores

DAVID DE JORGE

En todas las localidades con solera existe un Casino. Cuando aterricen en la ilustrísima villa armera no pregunten por la Dolores, que andará por Calatayud, pero sí por el Casino Artista Eibarrés para que todas las voces les guíen hasta esta distinguida institución creada en 1912 por un grupo de amigos con la sana intención de edificar un lugar que sirviera de encuentro. Eso sí, para lograr fines solidarios, de recreo y sólida e inquebrantable camaradería como alternativa a las sociedades políticas, asunto de vital importancia pues aún hoy recogen en sus estatutos su «no posicionamiento político ni religioso», que llevan al dedillo para mantener la armonía entre socios, pues discuten de fútbol o pelota, de las témporas o de si son mejores nécoras las asturianas o gallegas.

Casino Artista (Eibar)

Dirección
Toribio Etxeberria, 18.
Teléfono
943207190.
Precios
25/35 euros.

En sus viejas actas se recogen datos interesantísimos de su actividad altruista y recaudatoria con objeto de ayudar a los heridos de guerra, colaborando con las fiestas de la ciudad o ayudando a la banda de música. Crearon una biblioteca que en 1914 llegó a contar con más de 200 volúmenes, con un valor estimado en la época de 2.000 pesetas, una barbaridad teniendo en cuenta que la santa trilogía del café, copa y puro alcanzaba el irrisorio importe de 25 céntimos.

El local reunía a empresarios y a todo tipo de obreros alrededor de la charla distendida o encendida, el piano, las partidas de naipes y el aristocrático billar, siendo lugar abierto a individuos capaces de comportarse en el respeto a las ideas, aunque no se compartieran. Han pasado algunos años, cayeron las hojas de los árboles y los hijos de los fundadores adquirieron un local en Toribio Etxeberria en el que continuaron fraguando la leyenda del Casino con actividades de gran aceptación como el bingo, pero los problemas con el vecindario terminaron con los inconvenientes de la línea mal cantada por la culpa de tres, cuatro o cinco anises a palo seco.

Partidas a puerta cerrada

Hoy, la institución cuenta con más de 400 socios locales y repartidos por toda la geografía pues, aunque algunos no vengan ni a cobrar, el sentimiento del Casino aún perdura en muchas familias que lo vivieron a todo trapo en tiempos pasados.

Por eso fue un alegrón la llegada de Koldo y Carlos, haciéndose cargo del establecimiento para adaptarlo a las exigencias de los nuevos tiempos, mucho más dispersos y centrados en el café descafeinado, el pintxo, la lectura de los diarios, alguna que otra partida de tute, el pequeño restorán y el cuidado del local, para que no se lastime y continúe al menos con el cuidado del cubierto y la atención a ese cliente que se acerca a comer de jueves a domingo las especialidades simples y suculentas elaboradas bien de mañana en una cocina diminuta, que ofrece esos platillos que apetecen a todo pichichi, embutido y chacina, pimientos verdes fritos, champis, croquetas, morcilla o lacón.

Ración de zamburiñas.
Ración de zamburiñas. / FÉLIX MORQUECHO

Nunca nadie vendió tanto 'jamónjabugo' como el antiguo Mesón del Jamón irunés, ni tanto champagne como en aquella calle Fuenterrabía con automóviles aparcados en doble y triple fila, aunque a puros habanos Montecristo y brandy Carlos I nadie superó las plusmarcas mundiales del Casino Artista Eibarrés, cuyos camareros cobraban hasta mil pesetas de la época por cada hora extra que empleaban en el servicio cuando se prolongaban más de la cuenta las partidas de póker a puerta cerrada.

Había mucho alpiste, mucho trabajo, mucho taller, y uno o el único lugar de asueto fue siempre este Casino en el que hoy reinan el revuelto de bacalao, la ensalada mixta, la sopa de pescado, la merluza plancha, los chipis tinta, el bacalao a la vizcaína, la chuleta de ternera gallega, el confit de pato, el escalope, los huevos fritos y una carta de vinos chiquita pero matona con etiquetas que muestran la inquietud de la propiedad por dar de beber ribeiros, somontanos, riojas, bierzos y toros distintos y apañados a esos feligreses que rematan sus jamadas con panchineta, flan, chuchos, queso, mucho membrillo y helado mantecado.