Animales sin rastro de estrés térmico

Una madre y su hijo tocan una charolesa. /Jesús Andrade
Una madre y su hijo tocan una charolesa. / Jesús Andrade

Caballos, terreñas y cabras pasaron la mañana a la sombra, inmunes al sofocante calor e impasibles ante los selfies

Rosa Cancho
ROSA CANCHO

«Los animales son más listos; no van a pasar calor sin necesidad». Txuma Bergaretxea, ganadero de Araia, sorníe si se le preguntan la posibilidad de que los animales que se han expuesto este jueves en la feria pudieran estar sufriendo estrés térmico. A la sombra, con agua y comida a giro de cabeza, lo único que altera la vida rumiante de los caballos, pottokas, asnos, cabras azpigorris o terreñas exhibidos en la feria agrícola y ganadera de Santiago son los palos selfies. Y apenas. Los mejores ejemplares de la cabaña alavesa que han lucido impolutos pelaje, plumas y cuernos en el campus sólo se movían para cambiar de postura o mirar con cara de póker a los abuelos y sus eternas historias de un pasado rural. «Yo tenía ocho años y me lenvantaba de noche para ordeñar y luego me iba andando al pueblo de al lado, a la escuela», le espetaba uno a un chiquillo. No hacía nada que no hagan hoy las mujeres y hombres que mantienen viva la llama de agro alavés y que han vuelto a dar ejemplo de buen hacer y calidad a los miles de urbanitas que se han paseado por los más de 50 puestos de la feria en busca de su conexión con la Pachamama, el txakoli y el pintxo de chorizo a la sidra.

Varear la lana

Puede que ese abuelo no supiera qué decirle a su nieto delante del puesto del ecógrafo para ovejas preñadas, pero seguro que recuperó el hilo nostálgico ante la rueca de Marian Mayo. La llodiana ha cardado lana –«me la regalan, porque ya nadie les compra a los pastores»–y la ha hilado para disfrute de los curiosos. Con ella teje calcetines, chaquetas o chalecos con pinta de durar lustros. También el aitite ha sacado seguro pecho ante la laboriosa tarea de Karleme y Asun, la dos vecinas de Pipaón, que vareaban lana para rellenar un colchón, a la vieja usanza, de rodillas, con palos de avellano y tres horas de enégicos movimientos de brazos. Oquizá acertara a diferenciar una miel de brezo de una de bosque. Si no, con la ayuda experta de Arantza Ortiz, presidenta de la Asociación de Apicultores de Álava y dueña nada menos que 300 colmenas. Sin abejas, clamana, no hay vida «y están desapareciendo», alerta.

Quizá ha tomado nota el grupo de animalistas que en silencio y con máscaras ponían vídeos con escenas de maltrato animal, los globeros que vendían 'pepa pigs' infladas o los que buscaban en los puestos de quesos, vinos, verduras o pasteles un detalle con el que sorprender en la comida a la familia. Alguno intentará poner en práctica lo visto en algunas de las show cooking organizadas por Slow Food. Una de las exhibiciones de poderío ante los fogones la dio Edorta Lamo. Ha emplatado en directo algunos de los planto de su menú en el Arrea! de Kanpezu, entre ellos uno a base de jabalí mechado, un rissotto de pella, patata crujiente con trufa, dulce de aranes, miel y piel de leche... «Hay que ver lo que se puede hacer con una coliflor», comentaba una señora. Sintió ella también el abrazo de la tierra, aunque esté con toques de vanguardia culinaria.