«Solo quería ver crecer a mis hijos»

Varios detenidos en el centro de Otay Mesa. /Lucy Nicholson (Reuters)
Varios detenidos en el centro de Otay Mesa. / Lucy Nicholson (Reuters)

Una madre salvadoreña, a la que el Gobierno de Trump ha arrebatado los niños, cuenta su drama mientras estudia su petición de asilo político

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York

En la historia de cada país hay estigmas de crueldad que pesan como almas en pena. En España, la Santa Inquisición, las masacres indígenas durante la conquista, las fosas comunes de la Guerra Civil. En EE UU, el genocidio de los indios, los japoneses segregados en campos de concentración durante la II Guerra Mundial, las masacres de Vietnam, los africanos vendidos como esclavos, linchados por el Ku Klus Klan y asesinados por la policía hasta nuestros días. Y ahora, los miles de niños centroamericanos separados de sus padres.

Algunos pueden desestimar sus pecados como manchas del pasado. Para otros, es el presente a punto de convertirse en un tsunami de odio y crueldad. El gobierno de Donald Trump ha tomado la decisión consciente de arrebatar a los niños de sus padres tan pronto como crucen la frontera, incluso a aquellos que se entreguen voluntariamente para pedir asilo. No hay excusa oficial, el objetivo es que se corra la voz para disuadir a quienes buscan suelo seguro al otro lado del Río Bravo. Como María, que no ha visto a sus hijos de 2 y 7 años desde que pidió asilo político el 8 de mayo. Tres semanas de pesadilla en el centro de detención de Otay Mesa, el puesto fronterizo entre Tijuana y San Diego, a donde llegó con la caravana de inmigrantes que organiza la oenegé 'Pueblo Sin Fronteras' desde El Salvador. Casi 5.000 kilómetros de peregrinaje huyendo de las bandas de traficantes que siguieron amenazándola incluso en Tapachula (Chiapas), donde quiso establecerse al cruzar la frontera de Guatemala con México. Eso la convenció de que tenía que seguir caminando hacia el norte. A pie, en autobús o a lomos de La Bestia, el tren de mercancías en el que pierden la vida y las piernas tantos inmigrantes. Cualquier cosa excepto dejar a sus hijos atrás. Y cuando pensó que al fin había alcanzado la tierra prometida, se los quitaron.

«No me dicen nada de ellos», se lamenta. Habla con voz firme pero entrecortada. La comunicación es mala. Han sido cuatro días esperando su llamada a cobro revertido. Son pocas las oportunidades que tiene de coger un teléfono y cuando lo logra intenta aprovecharlo para hablar con sus hijos. Con el menor no ha conseguido hablar desde que se lo llevaron a Nueva York. Los servicios sociales lo han trasladado a la otra punta del país para entregárselo a una «madre postiza» en un albergue luterano, a 4.500 kilómetros de distancia. Al mayor lo encontró el jueves deprimido. «No hablaba, solo contestaba llorando a las preguntas que le hacía», recuerda. «¿No vas a tardar, verdad?, me preguntó. No hijo, primero Dios».

Centro de detención de Otay Mesa.
Centro de detención de Otay Mesa. / Lucy Nicholson (Reuters)

Detenidos

De los 108 inmigrantes que cruzaron la frontera con esa misma caravana el año pasado, la mitad seguían detenidos dos meses después. Eso era cuando el presidente Trump todavía podía presumir en sus mítines de haber reducido drásticamente el número de inmigrantes que cruzaban la frontera. Pasado el impacto inicial de su elección, el miedo a pandilleros y narcotraficantes en países agitados por EE UU superó al de «la migra». Y ahora Trump quiere competir con ellos en rudeza, para que sirvan de escarnio público y le tengan más miedo a él que a las maras salvadoreñas.

«Sólo quería llevar a mis hijos a un lugar seguro donde verlos crecer», dice el hilo de voz al otro lado del teléfono. Su caso resulta «creíble», le han dicho. Tiene tanto miedo que ni siquiera cuenta los detalles de quiénes han jurado matarla si la encuentran, no vaya a ser que les de pistas con esta entrevista. Obtener asilo político puede ser cuestión de paciencia y muchos de meses de prisión. Otra cosa será recuperar a sus hijos. El Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE UU admite haberle perdido la pista a cerca de 1.500. La mayoría probablemente no quiere ser encontrada. Sus familiares no contestan el teléfono o incluso se han mudado de casa sin dejar rastro.

Varios migrantes entran en el centro de Otay Mesa.
Varios migrantes entran en el centro de Otay Mesa. / Lucy Nicholson (Reuters)

Cada día el gobierno de Trump da una vuelta de tuerca más al suplicio. Para que un pariente se haga cargo de un menor tiene que demostrar su residencia legal en EE UU. Permitir que le tomen las huellas dactilares. Presentar una suerte de documentos imposibles. El tío de María, que no la ve desde antes de que nacieran sus hijos, ha tenido que presentar partidas de nacimiento de toda la familia para demostrar su vínculo y aún sigue esperando a que le den la custodia temporal. «La asesora social cree que podré recogerlos la semana que viene», confía.

El daño está hecho. La Asociación Psiquiátrica Americana ha advertido en un comunicado que forzar la separación de los niños les causará «un trauma para toda la vida». Ansiedad, depresión y estrés postraumático que se sumarán al que ya traían de sus países de origen, aumentado por la dureza del camino. Luego Trump les llamará «animales», repite en sus mítines. «Y encima tengo que aguantar que Nancy Pelosi y los demócratas digan que son seres humanos y tenemos que tratarlos con respeto. ¿Qué es lo que son?», preguntó a sus seguidores el martes en Tennessee. «¡Animales!», rugió la masa. Su labor está hecha.

 

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