La mejor en una carrera de hombres

Ana, exultante en Magny- Cours, donde remontó 12 puestos antes de ganar el título. /EFE
Ana, exultante en Magny- Cours, donde remontó 12 puestos antes de ganar el título. / EFE

La murciana Ana Carrasco se convierte, tras la carrera de Margny-Cours, en la primera mujer que gana un Mundial de motos

CÉSAR GRANERO

De aquella vieja Polini a la gloria han pasado casi veinte años. Hoy no es Lady Gas, como la llamaban antes. Ahora le dicen Ana, a secas. Su nombre ya es historia del deporte al convertirse este domingo en la primera mujer que gana un Mundial de motos, el de la categoría SuperSport 300. Ana Carrasco (Cehegín, Murcia, 1997) lo logró en el circuito de Margny-Cours (Francia), tras una carrera de infarto, en la que salió la veinticinco y terminó decimotercera, con un tramo final rodando en tiempos de cabeza. Fueron los problemas en la máquina de su principal rival, el holandés Scott Deroue, y el segundo puesto de Mika Pérez los que le dieron el título.

Tras la carrera, Ana dio la vuelta de honor con una bandera que llevaba la leyenda 'Ride like a girl' (Conduce como una chica), entre las aclamaciones del resto de pilotos. Al llegar a 'boxes', la ya campeona agradeció a los integrantes de su equipo, Kawasaki, «el trabajo de la temporada», y con emoción y lágrimas describió su batalla por el título. «Estoy super contenta, ha sido muy duro llegar hasta aquí. Quiero darle las gracias a mi familia, que me lo ha dado todo, y a mis amigos».

Ana, que recibió la felicitación del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, quien la puso como ejemplo de la «lucha por la igualdad», reside en Cehegín con sus padres, en una casa que es un santuario del motociclismo con guantes, trofeos y cascos en todos los recovecos. Tiene un armario entero para guardar los monos, donde habrá de hacer hueco para el de esta temporada, mezclado quizá con el rebujo de ropa deportiva, y es que juega también al fútbol sala y al pádel en sus ratos libres. Por ahí están también sus libros de Derecho, porque estudia en la UCAM por si algún día «aún muy lejos», dice ella, necesitara alejarse del mundo donde echó el ancla desde que su padre le regalara una Polini siendo niña. Aquel regalo no fue un regalo, fue un nuevo día, el alba de una pasión que hoy, a sus 21 años, sigue de puntillas.

Y es que a cabezona no le gana nadie. «Trabajo y esfuerzo, es en lo que creo. Para mí lo es todo», ha dicho Ana, que ha logrado lo más difícil para una mujer en un mundo de hombres: que los demás te empiecen a ver como un rival, no como una mujer. Ella se lo ha ganado a pulso. Fue la primera española en puntuar en Moto3 y la primera mujer en ganar una carrera, ya en SuperSport 300; también la primera en liderar el Mundial y desde este domingo la primera en ganarlo.

Una mujer entre hombres que paladea el confeti del éxito 18 años después de subirse a su primera moto, aquella Polini, que era roja y que su padre le regaló con un afán más lúdico que vocacional. Para Ana no fue un recreo, sino una pasión. Nunca se bajó de la moto, salvo cuando se rompió el codo, hace seis años, «pero el mismo día que me quitaron la escayola me subí de nuevo», dice.

No sufrir, sí ganar

Al fin lo ha conseguido. Ella no quiere sufrir, lo que quiere es ganar. Por eso no le importó caer a SuperSport300 cuando se quedó sin apoyos en Moto3. Rechazó, además, ofertas de Moto2 porque no quería quedarse en el Mundial grande si era para ir a trompicones.

En SuperSport 300 encontró equipo, el DS Junior Team, y moto, una Kawasaki. Siempre se sube a ella con la pierna derecha. También empieza por el guante derecho. Son sus dos manías, la otra, escuchar música, no es una manía, sino un recurso de aislamiento. Se pone los cascos y se olvida del mundo. Lo hace antes de cada carrera para concentrarse y no le va mal, porque pocas veces se va al suelo.

Ana se acordó este domingo de Luis Salom, fallecido en una carrera de Moto2. Junto a ella estaba su familia, que ha tenido un papel esencial en su carrera, especialmente su padre Alfonso. Él fue quien la llevaba a entrenar a Alicante en sus inicios y quien más se asustó aquel día, hace muchos años, cuando fue con Ana a un Campeonato de España a Albacete y ella, que casi no llegaba a la moto, le pidió que hablara con los comisarios para que le dejaran dar unas vueltas.

Aquellas motos eran tan lentas que los minutos pasaron y Alfonso empezó a impacientarse. Al final, un rato después, cuando su padre ya se mordía las uñas, apareció Ana en la recta, con su moto y la diadema de su sonrisa. Esa sonrisa luce ya en el Olimpo. Ya es eterna.