Merche Grandes I Exlanzadora de peso en Euskadi

«Antes una mujer deportista era un bichito raro»

La exlanzadora rodeada de recuerdos de su carrera como deportista. / IGNACIO PÉREZ

Merche Grandes abrió camino en el lanzamiento de peso femenino en Euskadi. Compitió con varias federaciones, entre ellas la catalana, y llegó a ser subcampeona de España en dos ocasiones, en los años 80

Laura González
LAURA GONZÁLEZ

A punto de cumplir los 64 años, si uno se cruza con Mercedes Grandes no tarda en relacionar a esta vizcaína que desprende simpatía con el mundo del deporte. Su cuerpo le delata. De grandes espaldas y cierta envergadura, se mantuvo en activo unas dos décadas, desde finales de los 60 a mediados de los años 80. Un periodo convulso. Fue una de las primeras mujeres que se atrevió con los lanzamientos de peso en Euskadi, un deporte con un halo de rudeza que en todo momento le ha acompañado. «Mi madre me decía que mejor tirara por el baloncesto, que me iban a llamar marimacho. ¿Y qué le vamos a hacer? A mí me gusta. Yo prefería un deporte que hiciera yo sola, no depender de los demás».

Se decantó por éste por la fascinación que le produjo ver a los lanzadores por la televisión en plenos Juegos Olímpicos de México en 1968, con tan solo 13 años. Empezó por lo «más fino», la jabalina, pero tras sufrir una rotura de uno de sus codos se pasó al peso, donde comprobó nada más empezar que era lo suyo. «El primer día lancé ya 7 metros, cuando todo el mundo tiraba la bola con las dos manos». Para complementar esta modalidad le recomendaron también el disco. «Eso era como pasear un bolso por la calle», bromea.

Empezó con la Academia Almi, luego fue una de las fundadoras de Vasconia 70, un club que arrancó gracias al empuje de una veintena de mujeres atletas. También estuvo en la Unión Deportiva Salamanca, y en varias federaciones. Además de la vizcaína, obviamente, compitió con la licencia de la guipuzcoana. «Necesitaba hacer más pruebas, que me empujaran, y allí me fui». Estuvo en el Atlético San Sebastián, pero antes defendió el escudo de Cataluña. «Fue por trabajo. Encima resultó ser la primera vez que participaba en una competición internacional. Fue contra Hamburgo, con un ambiente impresionante».

Con una de sus primeras medallas repasando su álbum personal.
Con una de sus primeras medallas repasando su álbum personal. / IGNACIO PÉREZ

Su destreza y su magnífico brazo le hizo formar parte de la Selección Española. Guarda casi intactas varias prendas de los uniformes que entonces les daban. «De muy buena calidad. Por ahí no pasaban ni las balas, no tenías frío con ello», cuenta, mientras las estira en el sofá de su casa, donde numerosos trofeos y medallas -no todos, porque le perdieron dos cajas llenas en una mudanza-, junto a fotografías de entonces, se arremolinan entre otros recuerdos familiares. Poco después de empezar a lanzar Grandes ya se había coronado campeona de España juvenil, título que revalidó al año siguiente, con récord incluido.

Merche en plena competición.
Merche en plena competición. / IGNACIO PÉREZ

También triunfó varias ediciones en el Campeonato Vasconavarro y en el de Euskadi, hasta que en 1981 obtuvo su mayor logro, el subcampeonato de España, con un lanzamiento de 12,63 metros. Lo revalidó al año siguiente, con su mejor marca: 12,98. «En los entrenamientos pasaba de largo de los 13, pero competir era otra cosa». También tuvo el honor de mantener el récord de Bizkaia vigente unos 20 años. «Un día me avisó un antiguo atleta por la calle que ya había sido superado. ¡Ya era hora! Le iban a salir telarañas. Me hizo ilusión porque los lanzamientos son como las hermanitas pobres, nadie nos quiere, y a muy poca gente le da por hacerlo».

Pensión con chinches

En esas citas coincidió con grandes figuras del atletismo mundial, como la también lanzadora checoslovaca Helena Fibingerová, campeona olímpica y récord mundial, que no dudó en darle a Grandes un sentido abrazo cuando comprobó que la vasca acababa de mejorar su registro personal en San Sebastián. «Fue un momento genial. Es lo bueno del deporte, te enseña a relacionarte, a valorar lo que tienes, y a mejorar como persona. Además, haces grandes amigos, y para toda la vida». Pero a ella también le tocó vivir momentos duros. «En los años en que yo hice deporte tenías que elegir entre eso y la vida, que era trabajar. Ahora les pagan los estudios y una preparación para después, a mí solo me dieron una beca de 1.500 pesetas y durante seis meses. Se te iba todo en un desplazamiento. El deporte nos costó bastante dinero a todos».

«En los años en que yo hice deporte tenías que elegir entre eso y la vida, que era trabajar. Ahora les pagan los estudios y una preparación para después»

Además del bolsillo, también se quedaba resentida la moral y el orgullo. «Muchas veces nos llegaron a decir que era un premio para nosotras dejarnos participar en campeonatos, como que nos hacían un favor. Y como éramos chicas nos metían a dormir donde les apetecía. Un año en Austria, en Judenburg, a las que fueron desde Barcelona las tenían bajo llave en una pensión con chinches. Los chicos así no estaban, ¡por Dios!». Y es que, como ella misma asegura, a las mujeres deportistas entonces se las veía «como un bichito raro». «Solo con que una chica fuera ya en chándal por la calle, con una bolsa de deporte, llamaba la atención. Se te apartaba la gente casi como que tuvieras la lepra». ¿Sufrió muchos desprecios por ello? «Pues sí, bastantes, pero qué íbamos a hacer, no podíamos ir repartiendo sopapos por la calle. Además, lo de que una mujer fuera lanzadora era como prehistórico, estábamos muy pocas».

«Solo con ir en chándal por la calle llamaba la atención. Se te apartaba la gente casi como si tuvieras la lepra»

Nada de eso le frenó, ni el tener que entrenar en instalaciones «infrahumanas». Lo que sí lo hizo fue su situación personal y familiar, con 30 años de edad. «No podía con todo. Tenía que ayudar en casa, mi madre sufrió varias operaciones, padecía mucho de los huesos, algo que yo he heredado. Empecé a bajar las marcas y vi que era el momento». Grandes nunca estuvo cerca de acudir a unos Juegos Olímpicos, pero sí participó en varias ocasiones en los del Cantábrico. «Siempre había piques entre vizcaínos y guipuzcoanos. Los alaveses estaban a parte. Por aquel entonces estaba Maite Zuñiga, la primera que tuvo la suerte de conseguir dedicarse al deporte sabiendo que tenía la vida asegurada. Las demás, ninguna».

Representando a Bizkaia en una de las numerosas competiciones en las que tomó parte.
Representando a Bizkaia en una de las numerosas competiciones en las que tomó parte. / IGNACIO PÉREZ

Jubilada ya después de haber sido emprendedora, de trabajar como comercial en Barcelona y de hacerlo también en una tienda de decoración de interiores, en la que estuvo «siete años sin cobrar», disfruta de la vida con la pequeña huerta que tiene cerca de casa, junto a las Calzadas de Mallona, en Bilbao. Su hombro derecho no puede levantarlo bien del todo, «tengo cuatro hernias discales», y cada vez que mueve ese brazo hace un gesto similar al de sujetar la bola antes de lanzar. Se le ha quedado interiorizado. «Gracias a todo lo que peleamos nosotros entonces ahora los deportistas tienen de todo, hasta centros de alto rendimiento, donde van las mujeres. Si no fuera porque estoy fastidiada seguiría lanzando, con los veteranos. El deporte te enseña muchas cosas».