La profesión amenazada de Robert J. Hunter

The Robert J. Hunter Band, profesionalidad a un palmo./Carlos Gª Azpiazu
The Robert J. Hunter Band, profesionalidad a un palmo. / Carlos Gª Azpiazu

El fluido guitarrista inglés de blues-rock eléctrico arrancó en La Nube de Santutxu una gira española de 13 bolos que se barrunta excitante y exitosa

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Confiando en que no se llevará a cabo la arbitraria ley del Gobierno vasco que pretende limitar a doce conciertos anuales los albergados en los bares (eso sí: si un bar está mal sonorizado y molesta a los vecinos no debería celebrar ninguno), el miércoles acudimos a La Nube de Santutxu («nosotros tenemos licencia de café-teatro», nos tranquilizó Jorge, el capo del activo e internacional local) a catar al guitarrista Robert J. Hunter abriendo una gira española de trece conciertos en trío eléctrico que pinta guapa a tenor del resultado de su único bolo vasco, la primera vez que actuaba en España (la víspera actuó en Burdeos, Francia, y llegaron en coche).

Nacido en Aldernay, en las Islas del Canal, y basado en Londres, Hunter no se imaginaría Londres sin pubs con música en directo. Ni Liverpool, quizá la ciudad más perfecta del mundo. Ni Malta, ni Bristol, ni Mallorca, ni Manchester… Vamos, es que se lo cuentas a cualquiera y no se lo cree. ¡Si el propio ayuntamiento de Getxo, del mismo partido que el gobierno autonómico, subvenciona cada jueves un bolo en un bar distinto que va cambiando de barrio a barrio! En este plan, Robert perdería su trabajo. Como los de las VTC. Robert ve amenazada su forma de ganarse la vida y nosotros de disfrutar conociendo a un palmo a grupos llegados de todo el mundo.

Pero, bueno, vamos al lío. Robert J. Hunter, joven (oculta su edad pero parece treintañero), alto, rapado, con pendiente y piercing en la nariz, lideró un bolo de 18 canciones en 95 minutos en los que cantó con poderío rugiente, tocó la guitarra con fluidez pasmosa, se lució con el blues en sus diferentes formas y apostó por el rock por si le toca la lotería y triunfa, pues ya sabemos que si tocas blues en Inglaterra y la Commonwealth no sales del circuito de los bares. ¡Y en Euskadi ni eso! Y vaya dos escuderos tenía: un bajista profesor de instituto que se deslizaba por el walkin' bass y sabía contenerse cuando debía, y un baterista con una pegada tan dura como era su sobriedad.

Quizá por edad, Hunter está muy influido por el rock de los 90. Y también por el rock sudista contemporáneo: se notó en 'Flawns', con su voz pasional, o en varios ritmos palúdicos entre Florida y Luisiana. A veces el isleño entona pesaroso a lo David Gray y a menudo le salen las canciones reminiscentes de esa década tan opaca y melancólica para el rock. Así, a tenor de lo atestiguado en La Nube, 'Mr. Winter' contuvo la palpitación funk sincopada de los Spin Doctors. 'Preacher' la presentó como la canción más triste y resultó un medio tiempo de épica transversal como podrían facturar Audioslave (pero mejor en el caso de Robert, con su guitarra Fender Stratocaster crepitante y su garganta tremolante). La novedosa 'Little Bit Of Your Love' contuvo trazas de Red Hot Chili Pepers (y Robert tocó la Strat como un guitar hero, golpeándola en el mástil y en la caja), y según el fotógrafo Azpiazu, 'Three Shake Down' fue funk fornido en plan los negros Living Colour y la última de la velada, 'Hurricane', para Azpi calcaba una canción de Stone Temple Pilots cuyo título no entendí entre el fragor del show.

Robert J. Hunter, de las Islas del Canal, con su Strato.
Robert J. Hunter, de las Islas del Canal, con su Strato. / Carlos Gª Azpiazu

No obstante, y Robert J. Hunter lo sabe, el blues fue lo que mejor le funcionó en La Nube, que es un bar con licencia de café-teatro, un sonidazo mejor que el de muchas salas más grandes (generosamente provisto por la empresa Atomic) y focos de luces extras (al principio del show parecía que estábamos en un estadio). El británico abrió con un ritmo y blues corajudo cruzando a Stevie Ray Vaughan con los Pirates y utilizando empuje coral para que se apuntara el personal ('Loving Unfortunately'), mejoró a ZZ Top con su muñeca derecha de ímpetu texano ('Rumour Mill': qué punteos no cesaba de administrar el bueno de Robert, eléctricos, cimbreantes, dinámicos…), e incluso rivalizó con George Thorogood en el boogie ('Bringing Me Down', con slide frotada sobre una Fender Telecaster que se colgó un rato por la parte postrera).

Y, ya decíamos que sabe que le funcionan, alcanzó los dos picos más altos de la eléctrica y satisfactoria velada con sendos blues lentos en los que, como en los toros, supo parar, templar y mandar sobre las emociones: 'Every Heart Has A Home', a lo Gary Moore, le reveló cantando imperial y creando un ambiente astral, solar casi, antes de la gran ovación de premio; y la versión de Jimi Hendrix 'Red House', con aires SRV otra vez, que nos dejó boquiabiertos, que hizo que algunos movieran las manos como si les quemaran y que se prolongó con una ovación entre la que se oyó una voz masculina diciendo: «¡qué bueno, qué bueno!». Y tanto. Mejor de lo que esperábamos.

¿Y saben lo que costaba este bolazo con sonidazo, haces de luces brillantes, un antiteatro, cervezas bien tiradas en vasos de sidra a dos euros, los partidos de la Champions en la tele simultáneamente, puntualida y cerca del metro? Pues 5 eurillos en anticipada y 7 en taquilla. Una ganga.

Robert J. Hunter tocando la primera canción que sonó en La Nube, 'Loving Unfortunately', en The Spiritual Bar, Camden, Londres