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Por qué no debes castigar a tu hijo

Por qué no debes castigar a tu hijo
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Al menos cuatro razones por las que no es adecuado escarmentar a los niños

Beatriz Alonso
BEATRIZ ALONSO

Los castigos han sido durante mucho tiempo el método empleado por la mayoría de los padres para corregir el comportamiento de sus hijos. «Si no recoges la habitación te quedas sin paga», «si suspendes te dejo tres fines de semana sin salir» o «estudia si quieres ir este verano al pueblo» son frases que retumban en la mente de muchos adultos, una especie de amenazas que nos han perseguido durante toda nuestra infancia. Pero los padres de hoy en día tenemos a nuestro alcance otros recursos, en la actualidad sabemos que los niños no aprenden mejor si se les castiga. De esta forma, no se educa en valores, sino que se establecen emociones negativas en nuestros hijos como la ira, el miedo y la aversión.

Con honestidad y humildad os digo: si me llegáis a preguntar hace seis años, hubiese defendido los castigos como un método de enseñanza válido. Porque antes era eso lo que creía, lo que se estudiaba en las universidades -intuyo que esto tampoco ha cambiado mucho- y lo que se utilizaba de manera generalizada. Era lo que nos marcaba nuestro «sentido común» de esa época.

Sin embargo ahora, con toda la información que tenemos sobre neurociencia, sobre los efectos de los castigos a largo plazo y sobre la Disciplina Positiva, es imposible compartir que los castigos son adecuados, necesarios y válidos. Lo siento, pero no.

Me podrás decir que tú castigas porque no sabes ya qué hacer. Me podrás decir que se te acaban los recursos. Me podrás decir que a veces has castigado y ha funcionado (en un corto plazo no lo pongo en duda). Me podrás decir «pero tan mal no hemos salido» (y permíteme que a veces lo ponga en duda).

En este artículo os traslado algunas razones por las que no se debe castigar:

Castigar no enseña habilidades

A largo plazo, el castigo no enseña habilidades o competencias de vida. Es decir, el castigo no enseña a sentir empatía, saber relacionarse, tener sentido del humor, buscar soluciones a los problemas, etc. De hecho, cuando una persona es castigada lo que aprende a largo plazo son las «4 Rs» de Disciplina Positiva: resentimiento («me están tratando de manera injusta»), revancha ( «cuando tenga la oportunidad les devolveré el golpe»), retraimiento («la próxima vez lo haré sin que se den cuenta») y rebeldía («haré lo que me dé la gana»). 

Además, el castigo hace que te sientas peor. Jane Nelsen dice: «¿A quién se le ocurrió la maravillosa idea de pensar que para que un niño actúe mejor, primero se tiene que sentir peor?» Si lo piensas bien, no tiene ningún sentido.

Sin conexión no hay corrección

No es posible educar desde la distancia emocional. Aquellos que tengan hijos e hijas adolescentes me entenderán. Si yo tengo una hija de 14 años con la que no tengo comunicación ni apenas relación, ¿cómo pretendo poder educarle? ¿Tendrá en cuenta mis opiniones o pasará de ellas? Esto es: para poder enseñar, necesitamos establecer cercanía… Y desde los castigos lo que se establece es distancia emocional.

Los castigos «minan» el sentido de pertenencia

Los seres humanos somos seres sociales: necesitamos a los demás para sobrevivir. Toda aquella persona que se aísle, padecerá problemas de salud mental. Los niños y niñas también necesitan sentir que son queridos y que contribuyen… Aquellos que presentan comportamientos inadecuados socialmente (que pegan, dañan, roban, mienten…), ¿crees que sienten que pertenecen? ¿Dañarías tú a un entorno del que te sientes parte? Seguramente, no. Por lo tanto, no hay que castigar; hay que educar para establecer un vínculo adecuado de pertenencia.

El castigo es el ejemplo de las relaciones verticales

 Una relación vertical es cuando una persona está por encima de otra en lo que a respeto se refiere. Es decir, «yo soy más merecedor de respeto que tú». Del mismo modo que no pensamos que los hombres merecen más respeto que las mujeres, no deberíamos pensar que los adultos merecen más respeto que los niños y niñas. Esto no quiere decir que los padres y madres no tengamos más responsabilidad y debamos educar a nuestros hijos e hijas. Quiere decir, simplemente, que cuando aplicamos un castigo hacemos uso de nuestro poder y superioridad en la relación. Trasladamos el mensaje «yo te castigo, porque puedo hacerlo, porque estoy por encima». Ahora te animo a pensar si realmente ése es el mensaje que quieres trasladar.

En este punto, puedo entender que a veces castigues porque no conoces otros recursos, pero esto no hace válida la herramienta.

Desde Disciplina Positiva se ofrecen muchas alternativas respetuosas: enfoque en soluciones, validar emociones, amabilidad y firmeza al mismo tiempo, actuar en tu metro cuadrado, permitir que existan las consecuencias naturales (las cuales son derivadas de la propia naturaleza «No quiero comer, entonces tengo hambre»), rutinas, entender lo que hay debajo del mal comportamiento, alentar, y un largo etcétera. No penséis que desde Disciplina Positiva no se ponen límites, porque sí se ponen. Y se ponen de una manera respetuosa.

Pero por favor, si castigas, revisa. Porque otra educación es posible. Como decía Alfred Adler: «Todo puede ser también diferente.»