Chapuzón de un cetáceo doméstico

Chubasqueros y paraguas para recibir a Baly en Gran Vía. / Maika Salguero

La Ballena resistió una mojadura como nunca había sufrido; la lluvia no alteró los planes, pero sí redujo mucho la cifra de asistentes al desfile

Luis López
LUIS LÓPEZ

En Bilbao pasan estas cosas: el sábado, para el txupinazo, estábamos en un oasis tropical; y el domingo, para el desfile de la Ballena, nos habíamos ido a Gotham City. Vista desde lejos, a media tarde la ciudad daba miedo, sepultada como estaba por una masa gris. Tan feo se ponía todo que muchos especulaban con que quizás se suspendiese este acontecimiento, uno de las más multitudinarios de Aste Nagusia. Pues no. Los cetáceos domésticos no son de secano. Lo demostró 'Baly', que se pilló la mayor mojadura en sus 19 años de vida.

La cita era a las siete de la tarde en la plaza Circular y desde media hora antes la estación de Abando se había convertido en una sala de espera, con familias resguardadas y cruzando los dedos para que dejase de llover de una vez. Otros muchos aguardaban ya en el primer tramo de la Gran Vía. Aquí hay una circunstancia que daría para un estudio sociológico: mientras en esta zona la gente se apretaba en los márgenes de la calle -chubasqueros y paraguas abiertos-, el tramo siguiente, el que llega a la Diputación, estaba absolutamente desahogado. Eso quiere decir que no había problema alguno para ponerse en primera fila. «Hay muchísima menos gente que otros años», constataba Alberto, padre dedicado que hubiese preferido quedarse en casa viendo una película. Pero «cualquiera le dice a esta que no venimos», señala a su hija Mara.

Es un padre dedicado porque desde que comenzaron a sonar en la lejanía los tambores de Troko Bloco desbordaba entusiasmo, brincaba, animaba a la pequeña... No como aquellos otros que se mantenían resguardados en los portales, insensibles a los ruegos de sus niños frustrados, esperando hasta el último momento para salir. El problema es que el avance del desfile no era rápido. Y mantener arriba los ánimos no era fácil. A lo lejos, la Ballena se abría paso, pesada, entre las ramas de los árboles frondosos, como cortando un océano vegetal.

Cuando la cosa comenzaba a languidecer un poco, repentinamente, llegaron al fin los percusionistas. En cuanto el suelo empezó a vibrar a un ritmo trepidante el personal se vino arriba: los niños brincaban, señoras mayores bailaban meneando el trasero como posesas... ¿Quién puede quedarse parado ante un bum-bum semejante? Sobre todo si, además, la lluvia amainaba. Y eso fue lo que ocurrió en algún momento.

La Ballena cautivó al personal con sus dimensiones (doce metros de largo y cinco de diámetro) y colorido. Y los arponeros que la seguían tratando de ser amenazantes eran poco agresivos. Arrojaban confeti y serpentinas, igual que el público, bien surtido por la organización.

El desfile de la Ballena es muy espectacular porque hay lugar para casi todo. Lo mismo es un espectáculo infantil que, de repente, uno parece estar dentro de un vídeo de Marilyn Manson con la llegada del Lobo Canassier y sus conductores siniestros. Luego pasó el Txangurro, el Besugo y demás especies marinas. Cerraba el desfile un regimiento de vendedores de globos oportunistas. Al final, el sobrecogedor espectáculo de máquinas y operarios en implacable formación de ataque que dejaron la calle impoluta en un pispás.