Rasmussen, un superviviente que deberá gobernar en situación de debilidad

Lars Loekke Rasmussen./
Lars Loekke Rasmussen.

El exprimer ministro y líder del Partido Liberal recupera el poder para la derecha en Dinamarca, pero tras sufrir un batacazo electoral tras el ascenso del xenófobo Partido Popular Danés

EFEcopenhague

Lars Løkke Rasmussen, exprimer ministro y líder del Partido Liberal, ha recuperado hoy el poder para la derecha en Dinamarca, pero tras sufrir un batacazo electoral que le obliga a formar gobierno en situación de gran debilidad.

El ascenso del xenófobo Partido Popular Danés, que le arrebata la condición de fuerza más votada en el bloque de derecha, obligará a hilar fino a un Rasmussen que ha pagado la pérdida de credibilidad personal sufrida en el último año y medio.

Tras suceder en 2009 a Anders Fogh Rasmussen, que abandonó el cargo a mitad de legislatura para asumir la secretaría general de la OTAN, no pudo evitar el regreso al poder del centroizquierda dos años después, justificado por el desgaste de su partido tras una década gobernando y por los efectos de la crisis económica.

La precariedad en apoyos del nuevo Ejecutivo y las críticas crecientes a sus medidas, entre ellas aprobar una polémica reforma del paro impulsada por el centroderecha, colocaron pronto a Løkke Rasmussen y a la oposición cómodamente al frente de los sondeos, hasta que empezaron a salir a la luz sus escándalos personales.

La prensa aireó primero que como presidente de la ONG GGGI, subvencionada por entre otros países Dinamarca, gastó más de 100.000 euros en vuelos en primera clase y hoteles de lujo.

Rasmussen habló de malentendido y devolvió parte del dinero, pero cuando la polémica languidecía, se conoció que el Partido Liberal había desembolsado miles de euros en trajes, zapatos y ropa interior como gastos de representación suyos y pagado a varios hoteles por dejarle fumar en habitaciones para no fumadores.

Varios diputados liberales criticaron abiertamente a Rasmussen, que había vivido un episodio de facturas impagadas en sus años de gobernador provincial, y se convocó una reunión de la cúpula del partido en junio de 2014 que parecía destinada a sellar su relevo.

Pero salió vivo, aunque el daño en su imagen quedó hecho, e incluso cuando hasta hace unas semanas la oposición mandaba con comodidad en los sondeos, la primera ministra, Helle Thorning-Schmidt, lo goleaba en valoración personal, a pesar de ser muy criticada por la política de su gobierno.

Durante la campaña, Rasmussen aceptó de nuevo sus errores resaltando a la vez la "credibilidad" de la política de su partido y la suya como arquitecto en su época de ministro de varias grandes reformas administrativas, fiscales y sanitarias.

Trató también de abandonar la imagen de juerguista, fumador y bebedor de cerveza que lo acompaña desde hace años, aunque sin dejar del todo el perfil más humano de quien asiste cada año a la fiesta anual de los boy scouts o que ha participado varias veces en un viaje en bicicleta a París por motivos benéficos. Y cuando el centroizquierda empezaba a remontar los sondeos, tiró de un valor seguro, la inmigración, para evitar sorpresas.

Una trayectoria consolidada

La perseverancia ha sido uno de los rasgos característicos de este político de 51 años, casado y con tres hijos, licenciado en Derecho y con una amplia experiencia en la administración.

Fue el primero en acceder a la cúpula de las Juventudes Liberales tras derrocar a un líder en ejercicio, cargo que ocupó entre 1986 y 1989 y bajo el que hizo un viaje a Afganistán con otros jóvenes políticos daneses: de entonces data una foto posando orgulloso con una metralleta y acompañado por varios muyahidines.

El joven Rasmussen no cejó en su empeño por ser diputado, algo que logró en 1994 después de tres intentos fallidos, y en cuatro años se encaramó a la vicepresidencia del partido, cargo que compatibilizó con el de gobernador provincial. Cuando la derecha ganó las elecciones en 2001, se convirtió en ministro de Interior y Sanidad (2001-2007) y de Finanzas (2009), antes de suceder a Fogh Rasmussen, de cuya sombra le costó salir.

La crisis económica y el desgaste del gobierno jugaron en contra, y sus fallos en la escena internacional, como cuando se le vio superado por desconocer los procedimientos al ejercer de presidente de la cumbre del cambio climático de la ONU en 2009 en Copenhague. Rasmussen, que de niño creó un club de detectives imitando las aventuras de "Los cinco" y que soñaba con ser Perry Mason, afronta ahora un reto definitivo: ganar o ceder el liderazgo liberal.