Pobre Príncipe Feliz

Pobre Príncipe Feliz

Oscar Wilde es el autor del mejor cuento con príncipe que se haya escrito jamás, un relato 'para niños' que acongoja a los adultos

ISABEL IBÁÑEZ

El actor londinense Stephen Fry, que interpretó a su admirado Oscar Wilde en un filme de 1997, habla así del cuento El Príncipe Feliz, publicado por primera vez en 1888 junto a otros relatos del literato irlandés (el propio Fry ha puesto su maravillosa voz a este texto en un corto animado de reciente creación): Es difícil para mí leerlo sin llorar. Supongo que es debido a que de alguna manera es también una historia de amor entre la Golondrina y el Príncipe. Jorge Luis Borges era solo un niño cuando lo tradujo al español, la primera traducción de su vida, un texto que se publicó en 1910 en un periódico argentino y que años más tarde se convirtió en una nueva versión ilustrada. Lo cuenta Borges en su autobiografía: A los nueve años traduje El Príncipe Feliz, pero como lo firmé simplemente como Jorge Borges, la gente supuso que era obra de mi padre. El ilustrador de aquella edición en español, el también argentino Carlos Nine, comentó en su día que el reencuentro con aquel relato tierno y triste le provocó la misma congoja que cuando leyó la historia por primera vez. Dice que le hubiera gustado compensar esa sensación con sus dibujos realizados en pastel, pero confiesa que ni así logró rebajar la crudeza.

En la parte más alta de la ciudad, sobre una columna, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz, comienza el relato, centrado en dos personajes, el Príncipe y la Golondrina. El avecilla viene a cobijarse bajo la estatua. ... Entonces cayó una nueva gota. -¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia?- dijo la Golondrina. -Voy a buscar una buena chimenea-. Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota. La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio! Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro. Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita se sintió llena de piedad. -¿Quién sois?- dijo. -Soy el Príncipe Feliz. -Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi. -Cuando yo existía y tenía un corazón humano -contestó la estatua-, no sabía lo que eran lágrimas, pues vivía en el palacio de Sans Souci, donde el pesar no es conocido. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y a la noche dirigía el baile en el gran salón. Rodeaba el jardín un elevado muro, mas nunca pregunté lo que había tras él, ¡todo lo que me rodeaba era tan bello! Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz, y feliz era, si placer es felicidad. Así viví y así morí. Y ahora que ya no existo me han puesto en este lugar tan alto, que veo toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y aunque mi corazón está hecho de plomo, lloro».

Siempre se ha dicho que Oscar Wilde escribió El Príncipe Feliz pensando en sus dos hijos, pero acercándose al texto parece increíble, no solo por el fondo del relato, con algo tan duro y real como la insensibilidad de algunos gobernantes por las estrecheces que sufre su pueblo, sino por lo que es capaz de provocar en los adultos; son muchas las reseñas que resaltan esa incapacidad del lector de terminar el texto sin derramar una lágrima, aunque se haya leído con anterioridad. Todo el cuento va conduciendo hacia el desastre, por mucho que el final, de compensación religiosa, pretenda arreglarlo. Porque en realidad, El Príncipe Feliz es uno de los pocos cuentos llamados de hadas que acaban mal. Es verdad que está lleno de valores, de principios. Y que tiene una belleza muy especial. Pero se mire por donde se mire, termina fatal.

La golondrina se posa y ayuda al Príncipe difunto en la labor que él mismo se ha encomendado: ahora que conoce cómo vive su gente, la Golondrina irá arrancando una a una las joyas con las que han adornado su estatua para llevarlas allá donde se necesitan, a los hogares donde él, desde su posición privilegiada, ve que hacen falta. Pero el tiempo transcurre, va llegando el frío y el pajarillo debe emprender su viaje migratorio hacia el sur. El Príncipe, sin embargo, sigue necesitando su ayuda. El dilema está servido.

-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata. -Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido. -Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí? -¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos son lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra. -Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso. Y se puso a llorar. -¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido-. Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante.

Y así, casi sin que uno se dé cuenta, se va gestando la tragedia. La estatua ya no tiene ojos: -Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre. -No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto. -Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina. Más tarde, le obliga a arrancar una a una las escamas de oro que recubren su efigie, y el pajarillo vuela con ellas en el pico para entregarlas por toda la ciudad. Llega la nieve, y pese a ello, el ave no abandona a su querido amigo: Le amaba demasiado para hacerlo. Pero tanto esfuerzo trae consecuencias. Al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe. -¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. (...) Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies. En ese mismo instante, sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.

Al día siguiente, el alcalde pasea por la ciudad junto a sus concejales y al llegar a la altura de la estatua se espantan por su aspecto ruinoso, sin joyas, sin su fino recubrimiento dorado... ¡Y un pájaro muerto a sus pies! Debemos publicar un bando que prohíba a los pájaros morir aquí, dice uno de ellos en un reflejo de la estupidez que a veces exhibe la acción política y que Oscar Wilde quiere resaltar. Como ya no es hermosa, ha dejado de ser útil. Así que, finalmente, los representantes del pueblo deciden fundirla para crear otra efigie. Wilde no desaprovecha tampoco para dibujar otro instante de crítica hilarante, con los acompañantes del alcalde discutiendo por que sea su propia imagen la que luzca ahora sobre el pedestal. No, no hay mucho más humor. El cuento acaba con la estatua en la fundición y los operarios, extrañados: Qué cosa más rara dijo el oficial primero-. Este corazón de plomo partido no quiere fundirse en el horno, habrá que tirarlo como desecho-. Y lo arrojaron al mismo montón de basura donde yacía la golondrina muerta. Finalmente, sí, ambos son reclamados por Dios y llevados a su lado. Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad dijo Dios a uno de sus ángeles. Y el ángel le llevó un pesado corazón de plomo y un pajarillo muerto Pero, en serio, ya es demasiado tarde para que el lector se recomponga. Quizá lo mejor sea esperar a que los niños tengan edad para leerlo por sí mismos, porque si no... Habrá queluchar para que no se quiebre la voz como el corazón de plomo del Príncipe.

Aquí puede leerse entero: http://www.ccgediciones.com/infantil/Clasicos_infantiles/oscarwilde_2.htm

Este es el corto de animación realizado en 1974 en inglés que puede verse con subtítulos en español.

Por último, aquí está el gran Stephen Fry hablando de cómo este cuento le hace llorar y recitando un fragmento de memoria.