Efectos espaciales

El universo sobre mí

Malón, bajo un manto de estrellas proyectadas en su cúpula celeste. Debajo, vista exterior del planetario, un ASTMON y un espectro-radiómetro./Igor Aizpuru
Malón, bajo un manto de estrellas proyectadas en su cúpula celeste. Debajo, vista exterior del planetario, un ASTMON y un espectro-radiómetro. / Igor Aizpuru

La astrofísica Susana Malón ha creado un viaje de apenas 20 metros cuadrados hasta las estrellas

Jorge Barbó
JORGE BARBÓ

Esta seccioncita que ahora mismo está leyendo y que, de cuando en cuando, se asoma a estas páginas nació con una ambición de bajos vuelos: abrirle a usted las puertas de los espacios de trabajo de los creadores alaveses más interesantes. Como Stefano en «La Gran Belleza» de Sorrentino, aquí tenemos la llave maestra de sugerentes talleres de anárquico desorden y de estudios de bellísimo encanto. Y en esta ocasión, encaja en la cerradura del centro del universo para iniciar un viaje de apenas 20 metros cuadrados hasta las estrellas. No puede haber mayor efecto espacial.

Un barullo de lona más o menos plegado, igual que una de esas tiendas de campaña diseñadas por una mente diabólica que busca frustrar al personal, se convierte en menos de media hora en todo un planetario. Una pequeña bomba, con un motorcito renqueante que ruge más que susurra, se encarga de obrar el milagro. A puro de soplar y soplar, crea de la nada constelaciones y planetas, nebulosas y agujeros negros. Como si estallara el Big Bang en medio de un gimnasio escolar, entre espalderas y colchonetas.

Con sus mediciones precisas, la astrofísica Susana Malón le planta batalla a la contaminación lumínica para proteger el medio y el cielo nocturno. También se encarga de divulgar entre los escolares alaveses las claves de la astronomía en un planetario móvil que despliega allá donde le requieren, allá donde necesitan que Susana sacie la curiosidad de los pequeños.

Tan negro él, su planetario recuerda a un raro iglú chamuscado, si es que las leyes más elementales de la física permitieran tal cosa. Aunque viendo cómo entran los críos allá dentro, lo cierto es que resulta más acertado evocar –qué diría Freud de todo esto– una vagina ciclópea, a través de la que volver al útero materno, en una extrañísima regresión fetal. Porque aquí, una vez dentro, en la oscuridad, bajo la inmensidad de un cielo estrellado y proyectado, la sensación de paz, de profunda seguridad, es de lo más certera. Sólo nadando en una piscina de viscoso líquido amniótico uno podría tener la misma sensación de protección que en el vientre materno.

El epicentro del universo chiquitín de Susana se encuentra en realidad dentro un proyector aluminizado, un ingenio que, a través de un juego de espejos, consigue generar ese efecto de cúpula celeste hasta logra desplegar todo una galaxia sobre las cabecitas de los pequeños que, en tiempos de tablets y pantallas por doquier consiguen permanecer embobados, atentos, abrigados por un manto de estrellas fulgurantes.

En la misma semana que las mentes más brillantes han conseguido retratar a un agujero negro por primera vez en la historia, la astrofísica explica a sus curiosos pupilos, absortos, qué diantres es eso del tirón gravitacional o en qué carajo consite un horizonte de sucesos. Todo, hasta lo más complejo, resulta sencillo aquí dentro, en el pequeño planetario de Susana.

La astrofísica también pasa noches en vela en medio del campo, allá donde la negrura de la noche todavía se antoja pura, allá donde brillan las estrellas al natural para realizar mediciones. Para ello, cuenta luxómetros y fotómetros, con un sofisticado y carísimo instrumental como ese All Sky Transmisor Monitor (ASTMON), el «Rolls Royce» de la astronomía, igualito al que tienen los observatorios de Hawai, La Palma o Chile. Ella es la única propietaria privada de un cacharro que cuesta entre un potosí y un pastizal.

Como en aquella canción de su paisana Amaral, en ese planetario ambulante, Susana logra hacer que el visitante sienta el universo sobre sí, sobre mí.