Los padres del acusado por el asesinato de la bebé Alicia dicen que «oía voces» a los 9 años, pero nunca le trataron

El encausado, Daniel M., charla con su abogado, Martín Martínez Guevara, al inicio de la sesión de ayer./David Aguilar / EFE
El encausado, Daniel M., charla con su abogado, Martín Martínez Guevara, al inicio de la sesión de ayer. / David Aguilar / EFE

Un mes antes de matar a la bebé de 17 meses y de intentarlo con su madre, les comentó que «el fin del mundo» estaba cerca

David González
DAVID GONZÁLEZ

«Déjeme, déjeme madre, que siento voces». «No estamos en 2015, sino en el año cero que anuncia el fin del mundo». Dos décadas transcurrieron entre ambas frases. Supuestamente se las soltó a sus padres Daniel M., acusado de matar a la pequeña Alicia, de sólo 17 meses, y de intentarlo con su madre, Gabriela. En la primera afirmación era un chaval de nueve años. La segunda data de finales de diciembre de 2015, cuatro semanas antes de firmar el terrible ataque mortal en su piso de alquiler de la calle Libertad, por el que se le juzga en la Audiencia Provincial de Álava desde el martes.

Esto es lo que aseguraron ayer los padres del encausado ante la sala. Aunque con varias contradicciones en sus versiones, y con novedades respecto a sus declaraciones en la fase previa al juicio, ambos enumeraron hasta cinco episodios de supuestos delirios protagonizados por su hijo.A los 9 años, a los 15, durante la veintena y en octubre y diciembre de 2015.

Esta sucesión les inclinó a pensar que «no estaba bien». Sin embargo, a pesar de esas sospechas –mantenidas en el tiempo a tenor de sus testimonios– jamás le pusieron en manos de especialista alguno. «Él no quiso ir», se excusaron. Ni con nueve años ni en diciembre de 2015, ya entrado en la treintena.

Desvelada ayer por primera vez, esta versión escamó a la acusación que les achuchó para que razonaran por qué jamás le arrastraron a una consulta médica. Daniel es su único hijo. «La última vez me dijo 'mamá confía en mí' y yo confié en él. Siempre», se justificó su madre, quien calificó el asesinato de Alicia y la tentativa sobre Gabriela como «tragedia». Idéntico término usó su esposo. Ambos son profesores y residen en Sevilla, donde nació el acusado, que recaló en Vitoria para dar clases de saxofón y tocar en la banda municipal.

La defensa de Daniel siempre ha mantenido que aquella madrugada del 25 de enero de 2016 sufrió una «enajenación mental», producto de «una grave enfermedad mental no diagnósticada, esquizofrenia paranoide». De ahí que pidan su internamiento en un centro especializado. Las cuatro acusaciones creen que era plenamente consciente de sus actos. Por eso reclaman la prisión permanente revisable, una especie de cadena perpetua con un mínimo de 25 años entre rejas.

«Temía por su estabilidad»

Aunque reconoció no haber tenido apenas relación con su hijo, el padre fue quien más detalles dio sobre la personalidad de Daniel. Citó «agresiones» y «acoso continuo» sufridos en el colegio. También que desde los dieciocho años consumía alcohol. «Le encontrábamos botellas vacías de whisky». Cada vez que le pidió explicaciones, «guardó silencio, siempre». Incluso refirió sus sospechas de que «sufrió abusos sexuales» durante sus años de infancia.

Los incidentes de octubre y de diciembre de 2015 agrandaron su preocupación. «Temía seriamente por la estabilidad mental de Daniel, hablamos de ponerle en manos de un especialista», manifestó. Pero esa vez tampoco dieron el paso.

«Me dijo que existían dos mundos. El mundo de la luz y el de la oscuridad. Ambos mundos luchaban entre sí. Si el mal lograba imponerse llegaría el fin del mundo. Nos dijo que era un enviado de la luz. A través de ondas electromagnéticas escuchaba voces que le inducían, y que esos poderes le venían de esa luz», subrayó. La madre también se expresó en esos términos.

«Estaba preocupado y tenía miedo. Le dije que, por favor, abandonase esas ideas. Intenté cambiar de tema. Le pregunté por cómo le iba en el trabajo en Vitoria. Me dijo que todo era positivo y que eso era gracias a los arcángeles», continuó.

Antes de la intervención de los padres de Daniel, prestó testimonio una joven. Se autodenominó como «amiga con derecho» del acusado, al que tildó de «chico normal» a pesar de que «a veces se le iba la olla». Remarcó esto en referencia a un supuesto ataque que le dio una noche después de fumar juntos varios porros e ingerir «cuatro cubatas». Ocurrió en otoño de 2015, con Daniel «arrastrándose por el suelo y dando gritos». Aquello derivó en una intervención de la Ertzaintza.

Esta chica dio más detalles. Cortó su relación al descubrirle en su ordenador vídeos íntimos con otras mujeres. «Tenía problemas con el sexo. Era insaciable y dominador. Le gustaba el sexo oral». Este detalle puede ser clave en esta causa con jurado popular. La acusación mantiene que hubo móvil sexual. Media hora antes de agredir a Alicia y a su madre «para salvar el mundo», como el propio Daniel calificó su acción al ver al «diablo» y «la semilla del mal» en sus víctimas, envió un mensaje a Gabriela, que dormía en su dormitorio junto a su pequeña. En él le exigía que le practicara una felación.

El fallido intento de sacar de la sala al padre de la pequeña

Durante las dos jornadas anteriores a la celebrada ayer, el único procesado de este complejo proceso había mantenido un rictus ausente. Mirada baja, manos entrelazadas. Ayer cambió por momentos esa actitud. En tres ocasiones para ser exactos.

Entre el público se sentaba Carlos, padre biológico de la pequeña Alicia. El joven no pudo aguantar la emoción al oír a un vecino que dijo que «confundió» a su pequeña tirada en la calle «con un muñeco». Rompió a llorar. Nadie podía consolarle. Daniel se dio cuenta e hizo una seña a su letrado, junto al que se sienta. De inmediato, éste pidió al magistrado, Jesús Poncela, que se reunieran las partes. A petición de su cliente, solicitó sacar de la sala al padre. Obtuvo una rotunda negativa del juez. Tras haber declarado el miércoles, el chico tiene derecho a presenciar cada sesión, como cualquier ciudadano.

Luego, Daniel pareció marcar las preguntas de su letrado durante sus interrogatorios a la que fue su «amiga con derecho» en Vitoria y a su madre. Tras cada indicación del procesado, el letrado de la defensa cambió el signo de sus interpelaciones.

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