La madre de la bebé asesinada en Vitoria: «Nos atacó porque no quise mantener relaciones sexuales con él esa noche»

Daniel M., acusado por el crimen de la pequeña Alicia./Iñaki Cerrajería
Daniel M., acusado por el crimen de la pequeña Alicia. / Iñaki Cerrajería

Gabriela, madre de la niña Alicia, niega que su asesino actuara por un delirio, como pretende hacer creer. «No hay otra razón», dice ante el jurado en Vitoria

David González
DAVID GONZÁLEZ

Durante tres largas horas, en la sala principal de la Audiencia Provincial de Álava se escucharon términos apocalípticos como «la semilla del mal», «el diablo», «trabajador de la luz» o «batalla bíblica». Todas, referencias para justificarse esgrimidas por el acusado de asesinar, hace ya dos años y medio, a la pequeña Alicia, una bebé de sólo 17 meses. Esta versión quedó desmontada a continuación gracias a la entereza de la madre de la niña, a la que este hombre, un profesor de saxofón llamado Daniel M., también intentó arrojar por una ventana de su piso de alquiler en la calle Libertad, en Vitoria.

Gabriela, que así se llama esta vecina de Burgos, de sólo 18 años en el momento en que Daniel le partió su vida, ofreció un testimonio más terrenal. Relató entre sollozos, pero con enorme aplomo, que «nos atacó porque no quise mantener relaciones sexuales con él esa noche. No hay otra razón», esgrimió.

Los nueve miembros del jurado popular, encargados de decidir la culpabilidad o no del procesado, apuntaron letra por letra. Al igual que Jesús Poncela, magistrado que en caso de veredicto condenatorio fijará la pena a aplicar. Las cuatro acusaciones reclaman la prisión permanente revisable. O sea, un mínimo de 25 a 35 años. La defensa, por su parte, alega una supuesta «enajenación» que debería enviarle a un centro psiquiátrico.

Gabriela y Daniel habían contactado semanas atrás de los hechos a través de una red social. El fin de semana del 23 y 24 de enero de 2016, se vieron por primera vez. El domingo por la tarde, él la presionó para que le acompañara a Vitoria. La madrugada del lunes, el cuento de hadas tornó en pesadilla. «No vi nada raro. Tuvimos conversaciones normales. Insistió en que fuera y al final acepté». Se llevó a su hija porque «no tenía con quién dejarla».

El ataque

Ya en el piso, la armonía pronto se quebró. «Se sentó en la taza del váter y empezó a decir cosas raras, del fin del mundo. Algo dijo de que los niños iban a provocar el fin del mundo», describió la joven. Aunque «no sentí miedo», sí trató de irse. Sin embargo, al desconocer la ciudad –era su primera visita– ni haber autobús a Burgos «hasta las dos de la mañana», optó por quedarse a dormir con su pequeña.

Hacia las 3.00 horas, el acusado, quien se había quedado en el salón fumando un porro, le mandó «mensajes de contenido sexual, algo de chupársela». Ella no respondió. Media hora después, algo la desveló. Daniel presionaba el pecho de su niña.

«Le aparté la mano. Se subió encima de mí. Me agarró del cuello y empezó a darme puñetazos. Me gritó que 'te voy a matar, hija de puta', todo el rato». Muy afectada, Gabriela contó que «me agarró del pelo y me tiró al suelo. También me dio patadas». En medio de la disputa, Daniel cogió a Alicia. «Miró al balcón, la soltó y me agarró. Rompió los cristales. Me metió dentro, agarró a Alicia y la tiró. Y luego siguió pegándome». Todo ello, «entre gritos de 'hija de puta'». Daniel, antes, lo había descrito de una manera muy diferente. Habló de «una batalla bíblica entre el bien y el mal», de una lucha «entre San Gabriel y San Daniel para evitar la destrucción del mundo».

Sin poder asimilar la terrible imagen de su hija saliendo por la ventana, su agresor le clavó un trozo de cristal, que ella pudo arrebatarle. «Claro que me defendí, se lo clavé a él». Logró huir y en ese momento aparecieron en el edificio patrulleros de la Ertzaintza. Gabriela, que necesitó asistencia tras acabar su declaración, no ha superado este terrible episodio. Sufre «estrés postraumático». Se fue a vivir unos meses a Valencia para empezar de nuevo pero volvió. Nada le ha funcionado. Ayer se le percibía la rabia contenida. «No sé cómo puedes defenderle», soltó al abogado de Daniel en la protocolaria ronda de presentaciones inicial.

Éste proclama que su cliente sufre una «enajenación mental». Y el profesor de saxofón y exmiembro de la Banda Municipal de Música de Vitoria se esmeró en demostrarlo durante su turno de respuesta a todas las partes. Sus contestaciones apuntaron en la misma dirección. Se definió como «trabajador de luz» y «ángel blanco». Una especie de luchador contra «el mal que nos acecha».

Matizó que la tarde previa al asesinato percibió que «el fin del mundo se acercaba». Llevaba «cinco o seis meses» con ese tipo de visiones. Pese a ello, no acudió a ningún especialista. Sí lo había hecho en su juventud.

Sin arrepentimiento

El acusado repitió hasta la saciedad que su presencia en el banquillo de los acusados responde «a un complot de las fuerzas del mal». Quizá por ello no mostró ni un atisbo de arrepentimiento. «Mi misión se concretó en acabar con la semilla del mal y la destrucción del mundo», alegó ante el pasmo general. La sala estaba abarrotada. Debido a este discurso, los diagnósticos médicos, que se conocerán la próxima semana, serán vitales en el signo de este juicio.

«Tengo una duda», le requirió Poncela, el presidente de la sala. «¿Qué ha pasado con el fin del mundo?». Ahí, Daniel dudó unos instantes. «Los cambios podían afectar a la fecha», apenas acertó a decir.

Un relato «demasiado estructurado»

La única duda que planea ya sobre este asunto judicial es si Daniel M. era consciente o no de lo que hacía cuando asesinó a la pequeña Alicia y lo intentó sin éxito con su madre, Gabriela. Ayer admitió su autoría sin inmutarse. Con una naturalidad pasmosa. Lo enmarcó en una especie de servicio a la sociedad, dando a entender que no está en sus cabales, como recalca su abogado. ¿Se trata de una enajenación mental o de una actuación de premio Oscar?

Ese diagnóstico corresponderá al jurado popular y al presidente de la sala, el magistrado Jesús Poncela. Con toda seguridad, opinan medios judiciales consultados por este periódico, se apoyarán en los informes médicos realizados al procesado. Estos estimarán si sabía o no lo que hacía aquella madrugada del 25 de enero de 2016. Las conclusiones serán presentadas durante las tres sesiones de la próxima semana.

EL CORREO ha acudido a un experto psiquiatra, ajeno a la investigación, para tratar de aportar algo de luz ante de esa fase crucial. Tras escuchar las declaraciones de encausado y víctima, este profesional percibe lagunas en el testimonio del profesor de saxofón. «El relato que ofrece es demasiado estructurado para poderlo incluir en un episodio psicótico agudo o en una intoxicación por drogas. Y también en el marco de una esquizofrenia. El curso y la estructura del pensamiento, a diferencia del trastorno por ideas delirantes (paranoia), son inestables y mucho menos estructurados».

«Es poco probable que no le frustrara la negativa o no respuesta de la chica ante su solicitud de sexo oral, máxime encontrándose en un estado de gran ansiedad como él manifiesta», tercia el experto. «Es muy atípico que un enfermo con esquizofrenia diga 'cuando vives esa realidad (en referencia a las visiones), no eres consciente', pues esa realidad es la suya y no conoce otra. Las alucinaciones visuales son muy poco frecuentes en esta enfermedad», zanja el especialista.

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