Una regla con excepciones

UN CAPITÁN. Isaac Oceja, cántabro de Escalante, llevó el brazalete del Athletic en los años cuarenta y alzó varios títulos. En la foto, con la Copa de 1944. / MANU CECILIO

Dentro de unos límites, la filosofía del Athletic ha ido oscilando y actualizándose con interpretaciones cada vez menos restrictivas en función de las necesidades del equipo

JON AGIRIANO
Lunes, 23 julio 2007, 13:02

En principio, todo el mundo parece tenerlo muy claro: eso que se llama la filosofía del Athletic consiste en que el equipo bilbaíno, por voluntad propia y con la aquiescencia de una amplia mayoría de sus socios, compite exclusivamente con futbolistas vascos o formados en equipos de Euskadi y Navarra. La realidad, sin embargo, demuestra que la aplicación de esta ley no escrita suele dar pie a bastantes controversias y malentendidos. De hecho, a lo largo de la historia del club o, siendo más precisos, durante sus últimos 95 años -Veicht, el último extranjero del Athletic, dejó el equipo en 1912-, se han dado las suficientes contradicciones en el aplicamiento de la tradición como para que, al día de hoy, no sólo siga teniendo vigencia la vieja pregunta tantas veces escuchada -¿ése puede jugar en el Athletic?- sino que pueda llegar a producirse un caso como el de Kepa Blanco en plena campaña electoral.

La realidad, pues, ha vuelto a demostrar que todavía quedan algunas dudas a la hora de establecer los límites de una forma especial de competir que comenzó a arraigar en el Athletic poco antes de la década de los veinte. ¿A qué se debió esta decisión? ¿Cuál fue el motivo por el cual un club de nombre inglés que tenía entre sus primeras leyendas a pioneros británicos como Mac Lennan, Evans, Langford o Davies decidió prescindir de los futbolistas foráneos? Lo primero que podría decirse es que fue un arrebato romántico en unos tiempos en los que el fútbol no dejaba de ser un entretenimiento de señoritos. Ahora bien, más allá de esto, lo que resulta indiscutible es la influencia que tuvieron en ello una ideología nacida en Bilbao a la vez que el Athletic -el nacionalismo vasco- y una poderosa familia bilbaína adscrita a ella: los de la Sota.

Al menos tres miembros de esta saga de navieros e industriales tuvieron un papel relevante a la hora de sentar las bases de lo que Patxo Unzueta calificó una vez como «la fisonomía espiritual del club en los años en que estaba forjándose su identidad». Nos referimos al empresario Alejandro de la Sota Aburto, autor del libro 'Divagaciones que nos trae el football' y sostén del diario deportivo 'Excelsius'; a su primo Alejandro de la Sota e Izaguirre, fundador del club, jugador y presidente entre 1913 y 1918; y a Manuel de la Sota Aburto, presidente entre 1926 y 1929, es decir, en los años cruciales en los que el Athletic optó por el profesionalismo y evitó de este modo seguir los pasos hacia el precipicio de equipos con gran tradición, ex campeones de Copa y fundadores de la Liga, como el Arenas, el Real Unión o el Europa.

Dejando a un lado su origen, lo cierto es que la nueva filosofía rojiblanca acabó calando de una forma tan honda -las tradiciones siempre han tenido aquí una tierra fértil donde enraizar- que no tardó en traspasar las múltiples fronteras ideológicas de la sociedad vizcaína de entreguerras y en convertirse en una convención institucionalizada. Es cierto que a veces se producían excepciones -Carlos Petreñas jugó y ganó dos Copas en el mítico Athletic de mister Pentland pese a haber nacido en Cardejón (Soria) e Isaac Oceja, cántabro de Escalante, fue todo un mito del Athletic antes y después de la Guerra Civil y llegó a ejercer de capitán en los cuarenta-, pero sólo servían para confirmar la regla, que se acabó imponiendo entre el aplauso general.

El caso Pereda

Tanto es así que algunas de las interpretaciones más radicales -hasta integristas, podría decirse- de la filosofía rojiblanca respecto a la contratación de jugadores se adoptaron en una época -los años cincuenta- en la cual los rectores del Athletic no eran precisamente sospechosos de ser nacionalistas vascos. El caso más conocido es el de Chus Pereda, que luego triunfaría en el Barcelona y en el Sevilla. En el Athletic, en cambio, no pudo hacerlo a pesar de haberse forjado como jugador en Balmaseda y de haber sido incluso capitán de la selección vizcaína sub 16. La directiva presidida por Enrique Guzmán no se lo permitió. ¿El motivo? Que había nacido en Medina de Pomar (Burgos). Y qué decir de Miguel Jones, nacido en Guinea pero criado en Bilbao. Pasó del Indautxu al Atlético de Madrid y no hay noticia de que en Bilbao se alzara alguna voz reclamando su fichaje.

Parece evidente que Chus Pereda y Miguel Jones sí jugarían hoy en el Athletic. Es más, ni siquiera se discutiría sobre ello. ¿Qué es lo que ha ocurrido? Pues que la filosofía ha ido cambiando; en realidad, ha ido adaptándose a las necesidades deportivas cada vez mayores del equipo. Y es que hay algo que el tiempo ha ido demostrando con absoluta claridad por mucho que algunos irreductibles todavía se resistan a reconocerlo y continúen defendiendo lo contrario con la misma beligerancia insensata con la que algunos soldados japoneses, escondidos en islas del Pacífico, seguían pegando tiros sin saber que ya había terminado la guerra: la filosofía rojiblanca supone una evidente desventaja competitiva. De ahí que haya ido cambiando y siendo cada vez más laxa, menos estricta. Y de ahí que, cuando esa desventaja era mucho menos apreciable -hace medio siglo, por ejemplo- el Athletic pudiera darse el lujo de despreciar a Chus Pereda o no tomar ni en consideración a Jones; algo que ahora parecería un despropósito.

En un artículo reciente, Pedro Larrea describía con brillantez la evolución 'filosófica' del club. Decía así. «No está mal recordar que el Athletic empezó siendo un club de 'chicos bien', ingleses y de casa, con nombre extranjero. Se fue 'popularizando' como equipo de Bilbao, en dura rivalidad con otros equipos de las dos márgenes de la ría. Luego se convirtió en el equipo de Bizkaia y arrasó en la Liga española con jugadores de la tierra. Tardó en incorporarse al profesionalismo, pero al final lo hizo sin perder su condición de cantera, de la cantera de Bizkaia. Más tarde llegó Lezama, para 'fabricar' jugadores de aquí. Y cuando el modelo se consideró agotado, comenzaron las operaciones-retorno y el fichaje de jugadores foráneos. Dejamos de ser un equipo puro de cantera y bizkaino, y tuvimos que reinventar nuestro imaginario, (eso que llamamos filosofía), para dar acogida a otros jugadores vascongados, navarros, santanderinos y riojanos».

El doble rasero

La necesidad de ampliar los límites acabó provocando una cierta confusión. Comenzaron los dobles raseros, las contradicciones, las dudas. Al no estar escrita, que es como seguirá entre otras razones porque imponer una norma laboral como la del Athletic en una sociedad deportiva es inconstitucional, la filosofía dependía de la interpretación que hiciera de ella el presidente de turno. De ahí que lo que servía en un caso luego no valiera para otro muy similar o idéntico. Armando Merodio, por ejemplo, no tuvo ningún problema para jugar en el Athletic a pesar de haber nacido en Barcelona. Seguramente le sirvió ser hijo del pelotari Chiquito de Gallarta. En cambio, a José Eulogio Gárate, hijo de exiliados eibarreses en Argentina, no se le dio el visto bueno. Tampoco lo obtuvo Roberto López Ufarte, ya que en DNI figuraba Fez (Marruecos) como lugar de nacimiento, pero sí a Biurrun, natural de Brasil.

En las dos últimas décadas, este tipo de contradicciones flagrantes han ido desapareciendo. Las interpretaciones han sido cada vez más abiertas y de ello se han beneficiado muchos jugadores: Luis Fernando (nacido en la provincia de Zamora), Valverde (Cáceres), Ferreira (Salamanca), Manuel Núñez (Badajoz) o los riojanos De la Fuente, José Mari, Ezquerro, Aranzubia, Llorente o David López, el último fichaje rojiblanco. El caso del ex-jugador de Osasuna, como en su día los de Manuel Núñez, José Mari o Ezquerro, parece al día de hoy el límite máximo de 'estiramiento' posible de la filosofía rojiblanca. Basta con formarse en el filial de algún equipo vasco o navarro -aunque sea un par de añitos- para poder ingresar en el Athletic.

Binke Diabate

Frente a las contradicciones históricas o el riesgo presente de hacerse trampas en el solitario, en los últimos días se han producido dos hechos que pueden -¿quién lo sabe?- acabar aclarando el panorama y cerrando el debate. Se trata de la renuncia a fichar a Kepa y a Jorge López y a la contratación, en cambio, de Binke Diabate, un niño de 11 años nacido en Mali que llegó con su padre a Cintruénigo (Navarra) hace tres años.

Aunque el caso de Imanol Schiavella pueda indicar lo contrario (pensemos que se le ficha porque sólo tiene 16 años y no porque su madre es de origen vasco, ya que entonces estaría en el mismo caso que Kepa), parece que el Athletic quiere superar la tentación de dejarse llevar por criterios etnicistas que sólo abocan al ridículo -a escarbar en el árbol genealógico de un futbolista en busca de un bisabuelo vasco que puso una vaquería en la Pampa, por ejemplo- y supeditar su filosofía a lo que ésta puede tener de más bella y romántica: jugar con los futbolistas que, independientemente de su lugar de nacimiento, se forman en Lezama. Y, si no llega con estos, con los que se hayan formado y puedan captarse en las canteras del resto de equipos vascos.

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