Un western vasco

Comanches a caballo./
Comanches a caballo.

En un valle de Colorado, el militar de ascendencia guipuzcoana Juan Bautista de Anza persiguió y mató en 1779 al jefe comanche Cuerno Verde, cuyo tocado guerrero Carlos III regaló al papa Pío VI

JAVIER MUÑOZ

En el estado de Colorado, los aficionados al senderismo frecuentan un valle, un arroyo y una montaña que llevan el nombre de un fugitivo de la Corona española en el siglo XVIII. Se llamaba Greenhorn (Cuerno Verde) y era un caudillo comanche que saqueó los ranchos y poblaciones del sudoeste de Estados Unidos desde la década de los sesenta. Sus días acabaron el 3 de septiembre de 1779, cuando murió a manos del militar criollo de ascendencia guipuzcoana Juan Bautista de Anza, que lo persiguió y acorraló cerca de las actuales localidades de Pueblo y Colorado City, en lo que hoy es el Greenhorn Meadows Park, a unos 100 kilómetros al sur de Denver.

Una leyenda dice que el tocado de Cuerno Verde, en el que sobresalía un asta de búfalo pintada de ese color, y el de uno de sus guerreros, Jumpin' Eagle (Águila Saltarina), acabaron en la Ciudad del Vaticano. Fue un largo viaje que supuestamente comenzó cuando el general Teodoro de Croix, responsable de las denominadas Provincias Internas (la parte septentrional de la Norteamérica española), envió los trofeos de guerra conseguidos por Anza desde México a la Corte de Carlos III y de allí se los mandaron al papa Pío VI.

Quién sabe lo que hay de cierto en ello; lo único seguro es que el tocado de Cuerno Verde no se guarda en las colecciones de los Museos Vaticanos (lo ha confirmado su oficina de prensa). Pero aunque la historia sea apócrifa, el duelo entre el jefe comanche y Anza en los límites de la civilización –los dos personajes perdieron a sus padres en las guerras entre indios y colonos– ejerce una fascinación parecida a la de la famosa película de Hollywood 'Centauros del desierto', de John Ford, que aborda los odios en la frontera durante la segunda mitad del siglo XIX.

Como los protagonistas de ese film, el jefe Cicatriz (Henry Brandon) y Ethan Edwards (John Wayne), también Cuerno Verde y Anza fueron arquetipos del sudoeste de Norteamérica, sólo que ellos eran de carne y hueso y vivieron cien años antes. El primero fue una pesadilla de los colonos, a los que que atacaba en Nuevo México para esconderse en Colorado. Aceptado como líder de su tribu en 1768, cuando los españoles mataron a su padre, heredó el tocado guerrero de este y el apodo que lo acompañaba. Aunque su nombre original, Tabivo Naritgant, que significa Hombre Peligroso, se ajustaba más a la imagen que todos se habían formado de él; un guerrero orgulloso que desafiaba a sus enemigos montado en su caballo y que había asesinado a cientos de prisioneros a sangre fría, dominado por el deseo de venganza.

1. Soldado de cuera. / 2. Cuerno Verde. / 3. Guerrero comanche.

O eso era lo que decían quienes habían sobrevivido a sus correrías y contemplado la devastación que causaba. Fuese justa o no esa descripción, no hay duda de que fue un hábil combatiente que golpeaba donde podía hacer más daño y nunca lanzaba a todas sus fuerzas a la vez. Sus hombres eran disciplinados, diestros con la lanza y el arco –un rasgo del pueblo comanche–, y lo que a la postre resultó decisivo, superaban en número a los españoles.

Pero Cuerno Verde, que parecía invencible, encontró a su gran enemigo a partir de 1777, cuando nombraron gobernador de Nuevo México a Juan Bautista de Anza. Era el hijo de un militar de Hernani (Gipuzkoa) que tenía el mismo nombre y que durante más de un decenio había luchado contra los apaches de Sonora, al norte de México, desde el presidio o poblado de Fronteras, donde era capitán de la guarnición. A esa región, conocida como la Tierra de la Guerra Viva, había llegado tras emigrar del País Vasco a los 19 años (su padre era el boticario de Hernani) y ascender socialmente. Lo mataron en 1740, en una emboscada, cuando regresaba de una inspección. Se había separado imprudentemente de su grupo y una partida de apaches lo abatió de un flechazo. Según el relato de un jesuita, le arrancaron la cabellera.

La ruta a California

Anza hijo tenía 3 años. Nacido en Fronteras, con cinco hermanos, entró en la milicia como cadete en 1750 y diez años después ya era capitán. Siguiendo el ejemplo paterno luchó contra los apaches y los seris en Sonora, resultando herido varias veces. Tras un cuarto de siglo de combates, a mediados de la década de los setenta le dieron permiso para realizar un antiguo proyecto de su padre. Abrir una ruta terrestre desde México a las misiones de la Alta California, idea que originalmente se planteó para transportar la carga del galeón de Manila a México y evitarle una travesía a Acapulco por la peligrosa costa californiana.

En una primera expedición (1774), Anza llegó a los actuales Los Ángeles y en la segunda (1775-1776), a la bahía de San Francisco, esta vez al frente de una caravana de colonos. Los californianos consideran a Anza uno de sus grandes héroes, pero su hoja de servicios es más amplia. Tras regresar de California, el virrey de Nueva España, Antonio Bucareli, lo envió a Nuevo México para atajar el problema de los indios y en particular el de los comanches, que atacaban ranchos y poblaciones como si fueran, en palabras de los historiadores, supermercados donde se servían de artículos para comerciar con ellos. Tenían su escondite: era la Comanchería, un área de unos 40.000 kilómetros cuadrados que comprendía partes de Nuevo México, Colorado, Oklahoma, Kansas y Texas, donde Carlos III no era el rey, sino Cuerno Verde. El guerrero más poderoso de la época, cuyos guerreros tenían armas de fuego que obtenían de comerciantes franceses.

Anza no tuvo más remedio que adentrarse en la Comanchería para pacificar Nuevo México. Partió de Santa Fe el 15 de agosto de 1779 con un centenar de soldados de cuera (llevaban sombrero de plato, lanza y escudo y coraza de cuero repujado), doscientos voluntarios y un número algo mayor de indios aliados. Todos juntos tomaron el Camino Real hacia el norte, rumbo a la vecina Colorado, iniciando una marcha de cinco semanas, a la que nada más salir se incorporaron tropas procedentes de Sonora.

Anza envió por delante a un grupo de rastreadores y esperó noticias de Cuerno Verde acampado en Ojo Caliente, el último confín del Camino Real, un pueblo desierto en cuyos alrededores unas treinta familias de granjeros subsistían a merced de los indios. Allí se sumaron doscientos utes y apaches atraídos con la promesa del botín. Cuando la avanzadilla regresó, con las manos vacías, Anza prosiguió hacia el norte al mando de unos 800 individuos y más de 2.000 caballos. Pero iba a luchar a la manera de los indios, que nunca combatian en gran número–, y ya desde Santa Fe sus fuerzas marchaban repartidas en tres grupos. A partir de Ojo Caliente, en territorio comanche, ordenó cabalgar de noche para que no se viese el polvo levantado por las monturas. Las pezuñas de los caballos se envolvieron con tela y cuero para no hacer ruido y nadie encendió un fuego.

El 29 de agosto, tras cruzar el río Arkansas, en un lugar conocido como Las Perdidas, el mal tiempo obligó a hacer un alto y la tropa cazó medio centenar de búfalos, mientras Anza enviaba a otra avanzadilla que tuvo más suerte. A los dos días los rastreadores informaron de que habían visto un campamento de más de un centenar de tipis de la tribu de Cuerno Verde, aunque sus ocupantes dieron cuenta de que había españoles cerca y comenzaron a levantar las tiendas. Anza no se lo pensó y ordenó una carga por ambos flancos y el centro, una forma de atacar que los comanches nunca habían visto en un guerrero blanco. Intentaron huir a caballo con sus familias, dejando detrás sus enseres, pero los españoles los alcanzaron y mataron a 18 de ellos, capturando a varias decenas mujeres y niños, y apoderándose de 500 caballos.

La batalla final

Fue un duro revés para los indios. Todo lo que había en el campamento se lo quedaron los apaches y utes reclutados para la expedición. Pero el objetivo de la misión, Cuerno Verde, no estaba allí. Las cautivas fueron interrogadas sobre su paradero y una de ellas reveló que el guerrero había ido al sur, cerca de Taos, el último puesto civilizado de Nuevo México antes de entrar en Colorado, donde iba a presumir con otras tribus de la última de sus 'razzias'.

Anza en un retrato y a caballo.

Anza salió en su busca y esta vez dio con él. Dividió a las tropas en dos grupos y el suyo se concentró en el caudillo, mientras que el segundo, formado por los auxiliares utes, marchó a por las demás bandas comanches. Al atardecer del 2 de septiembre, la unidad de Anza distinguió la nube de polvo de la partida de Cuerno Verde, reconocido por su tocado de guerra, y lo alcanzó en una quebrada, posiblemente del río Arkansas o de su afluente San Carlos, al este de la montaña Greenhorn. Hubo un enfrentamiento, en el que murieron algunos indios y muchos más resultaron heridos, pero la batalla no se decidió esa noche porque los comanches retrocedieron y Anza no quiso quedar desprotegido en la oscuridad. Esperó a la mañana siguiente y engañó a los indios, haciéndoles creer que renunciaba seguirles y acorralándolos luego en un pantano o una zanja, no está claro, cerca de las actuales localidades de Pueblo, Colorado City y Rye.

Cuando se dio cuenta de que no tenía escapatoria, Cuerno Verde hizo honor a su leyenda. En el combate gesticuló a lomos de su caballo, en cabeza, exponiéndose a sus enemigos, y ni siquiera cargó su fusil de pedernal, sino que ordenó a otro guerrero que lo hiciera en su lugar. «Con espíritu orgulloso y superior a todos los suyos los gritaba, y se adelantaba escaramuzando con mucho ardor su caballo», relató Anza en su diario. Con algo más de cuarenta hombres a su lado, el jefe indio puso pie en tierra, se parapetó detrás de su montura y, negándose a rendirse, se batió contra una fuerza más de diez veces superior hasta que lo mataron. «Una tan vizarra quanto gloriosa defensa», reconoció su perseguidor, admirado por la forma en que Cuerno Verde asumió su destino.

El lugar del combate fue bautizado como Los Dolores de María Santísima. Habían caído, además del cabecilla indio, su hijo primogénito, otros cuatro jefes, diez guerreros y un hechicero que había convencido a Cuerno Verde de que era inmortal. «Infiero que su muerte –escribió Anza– se la causó su propio arrojo, valor o desprecio, que quiso hacer de nuestras gentes cevado de las muchas ventajas que siempre había conseguido sobre ellas por los desórdenes que siempre se han gobernado en la guerra».

Décadas de paz en Nuevo México

El final de Cuerno Verde influyó en los demás jefes de las tribus, cuyos ataques disminuyeron, y la Corona puso en práctica una política de apaciguamiento para unir a los comanches y animar a los ute a reconciliarse con ellos. En 1786 se selló por fin un tratado de paz con el caudillo comanche Ecueracapa (lo llamaban así porque su capa estaba hecha con las protecciones de cuero de los soldados españoles). No fue un pacto sencillo, como recuerda Ángel Martínez Salazar en el ensayo 'Geografía de la memoria'. Los ute se sentían minusvalorados, ya que habían contribuido a la derrota de los comanches. «Durante horas se negaron, enojados como estaban, a fumar (la pipa de la paz) con Anza, e incluso a aceptar sus regalos».

Pero los nativos de la región fueron cediendo gracias a una estrategia que combinó la amenaza y los incentivos, entre los cuales no faltó el reparto de alcohol. Anza prohibió a los colonos adentrarse en territorio de los utes, y la paz que se fraguó en Nuevo México sobrevivió a la independencia de Estados Unidos y a la de México –se firmó otra tregua en Texa, pero los conflictos continuaron en otros lugares–.

1. Ruta. / 2. Mapa de Arizona y Nuevo México. / 3. El Camino Real de Tierra Adentro.

De todos modos, a Anza no siempre le salieron bien las cosas y, por ejemplo, en 1781 lo responsabilizaron injustamente de una rebelión de indios yumas en California, a pesar de que él había advertido de lo que podría ocurrir. La suerte lo esquivó en la última etapa de su vida, en la que se vio relegado a pesar de sus servicios. Murió en 1788 en Arizpe (Sonora), después de que lo recomendaran al virrey Bernardo de Gálvez para que lo enviara de gobernador a la provincia de Texas, un cargo que no llegó a desempeñar.

Las naciones indias nunca dejaron de resistir y continuaron igual en la segunda mitad del XIX, cuando ya no tenían enfrente a España, sino a los angloamericanos. Diezmadas por las epidemias, como había ocurrido en tiempos de los españoles, las tribus fueron derrotadas definitivamente y acabaron recluidas en reservas. Ése es el periodo que retratan las películas del oeste, que eclipsaron todo lo ocurrido durante el siglo anterior. Y no tuvo que ser muy diferente. Porque podemos echar un vistazo a 'Centauros del desierto', y al odio de Ethan Edwards cuando persigue a Cicatriz –los comanches asaltaron el rancho de su hermano y los mataron a todos menos a la pequeña Debbie–, y hacernos una sencilla pregunta: ¿Qué sentían y pensaban los colonos del XVIII? Los de la época en la que en el sudoeste de Norteamérica vivía el criollo de origen navarro Bernardo de Urrea, a cuya propiedad con robledales los indios llamaban 'Aritz ona' o 'Aritz onak' (buen o buenos robles, en euskera). Ese nombre, según el historiador Donald T. Garate, podría ser el origen de la denominación del estado de Arizona.

 

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