George Pell, un cardenal con fama de gestor que nunca encajó en la Curia

George Pell./
George Pell.

Para quienes lo admiraban, el cardenal Pell, de 77 años, encarnaba, con su imponente figura y su elocuencia, la ortodoxia del Catolicismo en Australia

DARÍO MENORRoma. Corresponsal

Cuando el cardenal George Pell decidió en 2014 que la flamante Secretaría para la Economía de la Santa Sede que el Papa Francisco acababa de encomendarle iba a ubicarse en el Torreón de San Juan, una torre medieval situada en la parte más alta de los Jardines Vaticanos, no faltó en Roma quien se acordó del libro 'Las dos torres' de J. R. R. Tolkien, la segunda parte de la trilogía de 'El señor de los anillos'.

En la punta occidental del país más pequeño del mundo tenía su oficina el entonces todopoderoso Pell, 'zar' de las finanzas vaticanas y 'número tres' en la jerarquía de la Curia. En la Torre Nicolás V, situada justo al otro lado del Estado de la Ciudad del Vaticano, está en cambio la sede del otro gran poder económico de la Iglesia, el Instituto para las Obras de Religión (IOR, la banca vaticana). No faltaron las comentarios a cuenta de esas dos torres y de quién se encontraba en medio de ellas, un Papa que no se cansaba de decir que el diablo «entra por los bolsillos».

Hace tiempo que Pell pasó de ser objeto de respeto a convertirse en una fuente de preocupación para la Santa Sede. El cardenal australiano desembarcó en Roma después de haberlo sido todo en la Iglesia de su país e incluso de colarse en algunas quinielas del cónclave de 2013 en el que resultó elegido Jorge Mario Bergoglio. Tenía fama de conservador en las formas y de eficiente en la gestión, como demostró con la organización de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Sídney en 2008.

Cuando quiso poner en marcha su reforma eclesial al poco de llegar al solio pontificio, Bergoglio echó mano de Pell: necesitaba a alguien con fama de duro y alejado de los círculos romanos para poner orden en las cuentas de la Curia. Este australiano grandullón y amante de los lujos cumplió, aunque le faltó tacto.

Se ganó numerosos enemigos al moverse como un elefante en una cristalería intentando imponer una disciplina anglosajona que poco casaba con los modos habituales del Vaticano. Pocos le echan de menos en Roma desde que se vio obligado a retornar a a Australia en junio de 2017 para defenderse del proceso por pederastia en el que ha acabado siendo condenado a sus 77 años.

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