El 'sheriff' Marchena se hace con las riendas de su juicio

El magistrado Manuel Marchena (i), a su llegada al Tribunal Supremo. / EFE

El presidente, consciente de la irrupción de los políticos en la sala podía irse de las manos, ha puesto coto al debate político

Melchor Sáiz-Pardo
MELCHOR SÁIZ-PARDOMadrid

Manuel Marchena lo sabía. La mañana de este miércoles era un momento clave. La llegada de los testigos-políticos al juicio del procés podía acabar en un verdadero circo y llevar el juicio por unos derroteros difíciles de reconducir. El riesgo era alto: convertir el Supremo en un Parlamento y que el debate jurídico desapareciera, además de alargar las sesiones hasta el infinito. Algunos testigos, particularmente Joan Tardá, lo intentaron y muchos de los abogados de las defensas, también. Pero el presidente impuso su ley en su juicio y, aunque tuvo que llamar a la cuestión en más de quince ocasiones solo en la sesión de la mañana, se salió con la suya.

El aviso a los navegantes llegó antes de que el primer testigo pisara alfombra. Marchena no iba a tolerar a los «testigos opinantes». Dejó claro que solo quería escuchar datos para «esclarecer el hecho» y que los abogados se guardaran los «debates» bajo sus togas. O sea, que en su tribunal los testigos iban a ser testigos y que solo iban a hablar de hechos de los que tuvieran conocimiento directo o indirecto.

«No empezamos bien», clamó cuando el diputado Tardá, después de intentar declarar en catalán (algo solo permitido a los acusados) espetó lo de «este juicio está inspirado en la venganza». Marchena, siempre con una sonrisa en la boca que no abandonó en ningún momento pero con tono duro, le avisó que sus «valoraciones» no eran objeto de juicio. La reprimenda fue efectiva, hasta el punto de que el animoso Tardá pareció achantarse y hacerse pequeño ante el tribunal.

El 'zasca' a Tardá pareció surtir efecto. O al menos, bastante efecto entre los testigos porque algunos abogados, sabedores de que se enfrentaban a la oportunidad histórica de interrogar a ministros, vicepresidentes y presidentes, no se refrenaron. Pero en realidad, Marchena impartió justicia para todos. Desde Vox, hasta las defensas, pasando por los testigos. Tampoco se libró el fiscal Javier Zaragoza. «Iba bien hasta que usted mismo empezó a responder su propia pregunta», le espetó al representante del Ministerio Público.

Al 'sheriff' Marchena –a veces ayudado por los alguaciles togados que se sientan a su vera- no se le escapó una durante esta jornada tan complicada. Tuvo mucha mano derecha. «No me lo pongan más difícil», «a ver señor letrado», «si usted estuviera en mi lugar haría lo mismo»… Pero también enseñó el látigo al grito de «ya hemos sido demasiado generosos» cuando algunos de los abogados más mediáticos, como Andreu Van den Eynden Francesc Homs o Jordi Pina, planteaban preguntas trampas o tendenciosas a los exaltos cargos del Gobierno popular para hacer «reproches políticos».

Manuel Marchena tampoco se achantó a la hora de amonestar a testigos como Soraya Sáenz de Santamaría cuando, de manera correosa, se intentaba zafar de las preguntas más conflictivas de las defensas. Conminó, siempre con su sonrisa, a los testigos a contestar lo que le preguntaban. Eso sí, antes siempre prestando atención extrema a si la pregunta escondía intenciones aviesas y, sobre todo, a impedir que se colara cualquier demanda que abriera una ventana al debate político. «Nos quedan más de 500 testigos», no se cansó de decir cada vez que alguien intentaba irse por las ramas.

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