El menguante Pablo Casado

Que Núñez Feijóo alerte contra cualquier cesión a Vox sobre violencia de género denota la inquietud existente en el PP

Pablo Casado./EFE
Pablo Casado. / EFE
Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

La figura del nuevo presidente del PP, Pablo Casado, da la impresión de menguar y de hacerlo de manera acelerada. Ello a pesar del escaso tiempo transcurrido desde que en julio derrotó a Soraya Sáenz de Santamaría y sustituyó a Mariano Rajoy en el liderazgo conservador.

Casado, hombre de la Faes de Aznar, reposicionó de inmediato al partido en una derecha sin complejos, recuperó la figura del expresidente como gran referente del nuevo PP y optó por dar carta de natulareza a Vox en el debate político como mejor manera de neutralizarle.

El primer test llegó pronto: las autonómicas andaluzas de diciembre. El PP, lejos de recoger réditos tras el cambio, y eso que Casado se implicó en la campaña al máximo, obtuvo un resultado decepcionante. Perdió un tercio de sus votos (315.000) y 7 de los 33 escaños que tenía. Además vio cómo Ciudadanos salía muy reforzado de las urnas y Vox se convertía en la gran sorpresa al lograr por primera vez representación en una institución, y no uno sino doce diputados.

Sólo el tortazo de las izquierdas, sobre todo del PSOE, hizo que se obrara el milagro. El mal resultado del PP de Casado quedó rápidamente orillado ante la posibilidad de arrebatar Andalucía por primera vez al PSOE y de que un popular, Moreno Bonilla, se convirtiera en presidente de la Junta. Si las tres derechas se ponían de acuerdo, claro.

Parecía, y aún hoy parece difícil, que no descartable, que PP, C's y Vox dejen pasar la oportunidad. Lo que no quiere decir que las negociaciones fueran a ser sencillas. Sobre todo porque se desconocía cómo iba a comportarse Vox.

Pues bien, Casado no ha estado precisamente brillante en estas conversaciones. No ya porque, como cabía esperar, el líder del PP no se planteó ni por un instante aplicar un cordón sanitario a la formación de Abascal, como sólo hacen ya las derechas de Francia y Alemania. Sino porque ante la primera gran trampa que Vox colocó sobre la mesa -derogar las políticas sobre violencia machista- lejos de plantarse y responder con un rotundo 'no', aceptó entrar en el regate dialéctico.

Significados dirigentes conservadores han mostrado estos días su rotundo desacuerdo, entre ellos Borja Semper. Pero ayer fue uno de los pesos pesados de la organización, el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, quien se decidió a salir a la palestra a decir 'no'. Otra evidencia de la creciente inquietud que recorre las filas conservadoras por la estrategia de Génova.

Veremos cómo termina esta película. Porque Vox, al constatar los daños que estaba causando en las filas populares, se descolgó ayer con 19 exigencias de máximos para hacer posible el cambio en Andalucía. Demandas que el PP tachó de «inaceptables».

Mientras, Rivera asiste cómodo al desarrollo de los acontecimientos desde su burladero tras avisar desde el principio que C's sólo iba a pactar con el PP y que convencer a Vox era labor del PP.

Hasta el socialista Pedro Sánchez parece frotarse las manos y sigue soñando con resistir en La Moncloa hasta octubre. Necesita tiempo para que el giro a la derecha del PP de Casado y la presencia de Vox movilicen al máximo al votante de izquierdas. Y para, en su enésima pirueta, recentrar su discurso y el del PSOE para competir con C's en las urnas por ese electorado de centro que primero él y ahora el PP han abandonado.

 

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