Una libertad pervertida

Una libertad pervertida
Imanol Villa
IMANOL VILLA

Si algo nos enseña la democracia es a opinar en libertad. Expresar ideas, sentimientos, puntos de vista y hasta miedos y alegrías, sin estar sometidos a las leyes de la certeza, pues no sería democrático establecer verdades absolutas. Sus únicos límites son las premisas morales que conducen a una consideración respetuosa de aquellos interlocutores que no opinan igual que nosotros y a los que, en aras de salvaguardar su libertad, debemos escuchar primero con toda la atención que nos sea posible. No es concebible de otra forma la convivencia democrática por mucho que se empeñen algunos hoy en día en dogmatizar sus verdades y alzarlas hasta los falsos altares de lo políticamente correcto. Henchidos de democracia, estos puristas de la verdad establecen los absolutos y descabalgan del discurso lo que consideran políticamente incorrecto, sin considerar que hasta en las incorrecciones existe algo de verdad. Es por ello que, en aras de su verdad, no argumentan frente al discrepante sino que pasan directamente a la descalificación y al insulto.

Populista, fascista, racista, xenófobo, terrorista y demás lindezas son verbalizadas frente a la expresión de ideas discrepantes con lo considerado como correcto. De ahí que los debates no comiencen con la libertad que toda confrontación de ideas merece, sino como una batalla en la que lo importante es desacreditar al otro, deslegitimarle por no comulgar con lo que se considera correcto. Se obvian las premisas básicas del diálogo, la escucha activa y el respeto a las opiniones, al mismo tiempo que en nombre de una consideración muy particular de democracia se establecen absolutos que no pueden discutirse. La duda es inviable además de antidemocrática. A esta sacralización de lo correcto se añade su correspondiente incorrección que ahonda el insulto, la vergüenza y la humillación, amparadas todas bajo un entendimiento distorsionado de la libertad de expresión. Evidentemente, así no hay quien opine. Imposible hablar.

Esta dogmatización de las verdades produce tal desvalorización conceptual que hace que cualquiera pueda ser fascista, racista, xenófobo, populista… Basta un 'pero' con la corriente dominante para pasar a pertenecer al club de los grandes fascistas de la historia o convertirse en un rabioso racista incendiario y con capirote al modo del Ku Klux Klan. También es posible convertirse en un terrorista feroz e, incluso, en un islamófobo rabioso exclusivista y arcaico. Se prostituye así el lenguaje al mismo tiempo que se utiliza para que el debate no exista pues una vez marcadas las verdades absolutas cualquier discrepancia se convierte en subversión. ¿Ejemplos? Hay muchos. No hay más que observar lo que ocurre en España, Europa, el mundo entero. Hasta los que se las dan de progres humanitarios practican esa perversión de la libertad de expresión llamada insulto. De hecho, son de los que más. Da la sensación de que lo que hasta hace un tiempo era una exclusiva de los más conservadores, ha pasado a ser patrimonio de todos. Y es que no gusta la discusión. El debate de ideas ha muerto. El insulto lo ha sustituido.

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