Jano y las banderas

Los gobiernos deben implicarse en proteger la identidad colectiva. Vox se apropia de la enseña de España y en Euskadi el euskera y la ikurriña han sido patrimonializados por algunos

Jano y las banderas
Ignacio Suárez-Zuloaga
IGNACIO SUÁREZ-ZULOAGA

Pocos asuntos vienen suscitando más polémica que la identidad nacional, aquello que distingue a un pueblo de los demás. Esta se asocia casi exclusivamente a la tradición; cuando, en realidad, la identificación de un colectivo humano evoluciona con este; es decir, está en continuo cambio. Y dado que la pervivencia de la identidad representa la supervivencia cultural de un pueblo, esta debe entenderse también de cara al futuro; por ello la identidad debe asemejarse al dios Jano, el de las dos caras: una mirando a dónde vienes y otra a dónde vas. Los romanos situaban su efigie bifronte en las puertas y portales de los edificios, como eje de la transición entre lo pretérito y lo venidero. Significativamente, las dos caras de Jano son idénticas, pues el pasado y el futuro tenían la misma relevancia para un pueblo cuya religión les imponía el culto a los antepasados pero que sobresalió por su ambición y ansia de trascendencia. Y dado que pasamos por amar las tradiciones como los romanos, deberíamos de hacer lo mismo: equilibrar lo que fueron nuestros mayores con lo que somos hoy y lo que podrán hacer nuestros hijos con nuestro legado colectivo. Para ello debemos gestionar proactivamente la identidad.

Lo cierto es que el 'activo colectivo' de la identidad nosotros tendemos a convertirlo en una fuente de conflictividad. En lugar de conservar los símbolos como señales aglutinadoras; lo que algunos hacen es transformarlas en banderas partidistas. Así, lo que se me vino a la cabeza al ver el flamear de banderas españolas que acompañó la celebración de resultados electorales del partido Vox, fue que se habían apropiado de un símbolo del Estado. Un problema que venimos sufriendo desde hace décadas en el País Vasco, donde la ikurriña y el euskera vienen siendo patrimonializados por algunos partidos y colectivos; como si fueran solo de ellos. La consecuencia de asociar un símbolo identitario a una ideología es que éste se va convirtiendo en algo ajeno a los demás idearios políticos. Es decir, lo que debería de aglutinar a la población -porque es un patrimonio común- se transforma en un elemento divisivo. Y si la cualidad esencial de un activo identitario es su perdurabilidad, no hay peor servicio de un 'nacionalista' que transformarlo en algo privativo. Como ejemplo, el 'machaconeo' del franquismo hasta granjear antipatías hacia la 'lengua del Imperio', el escudo de los Reyes Católicos y la bandera monárquica. Ninguno de esos símbolos los hizo Franco; los cogió y utilizó para sus fines.

No solo el franquismo, se trata de un denominador común de todos los nacionalismos exacerbados. Resulta sintomático que en los dos últimos siglos las banderas que han perdurado han sido aquellas en las que la identidad nacional ha sido menos agresiva en el exterior y menos divisiva en el interior. Las enseñas de Gran Bretaña, Francia, Suiza, Italia, Holanda y Bélgica llevan dos siglos siendo las mismas; en tanto que en Portugal y España han tenido dos, en función de si se trataba de monarquía o república. Los países con nacionalismos más exaltados han tenido tres banderas: Alemania y Rusia. A más víctimas, más banderas.

Paradójicamente, las entidades que mejor manejan su identidad son aquellas que más hacen por eliminar las identidades locales: las multinacionales. Para vendernos a todos de todo, emplean con sumo cuidado sus identidades corporativas, adaptándose a cada pueblo para irlo 'uniformando': la misma comida, vestuario, festividades, héroes... Las multinacionales combinan sus nombres, adaptando marcas y logotipos para ser identificadas en todas partes. Un ejemplo del hábil manejo de la identidad es el de la multinacional aseguradora AIG, que en el año 2008 fue rescatada con millones y millones dólares por el Gobierno de EE UU. Tal fue el cúmulo de irregularidades que decidió renunciar a su nombre histórico, pasando en 2009 a denominarse Chartis. Pero como, en realidad, no se despidió más que al presidente; su forma de actuar no cambió: en el mismo año 2009 el equipo directivo que provocó la quiebra se adjudicó un bonus de 218 millones de dólares. Tres años después ya se atrevieron a recuperar su antiguo nombre AIG. Para 'blanquearlo' solo necesitaron patrocinar la camiseta del equipo de rugby de Nueva Zelanda (los All Blacks) y hacer una campaña en televisión agradeciendo al pueblo americano el rescate. Las multinacionales no es que tengan dos caras; sino que tienen todas las que haga falta, y todas ellas muy duras (sin vergüenza).

Los gobiernos deben implicarse también en la gestión de la identidad, pues recoge un interés público. Por ello deben declarar bienes de interés cultural inmaterial los elementos identitarios; pues se trata de símbolos colectivos que merecen una sólida protección. Representan el esfuerzo de nuestros antepasados, por lo que deben protegerse y transmitirse en las debidas condiciones a las generaciones futuras. Al igual que una marca comercial, los nombres, símbolos y banderas son un valioso patrimonio cuyo titular son las instituciones públicas. Entiendo el derecho de cualquier partido político a enfatizar un asunto hasta el extremo -sea la unidad o sea la separación del Estado-, pero eso deben de hacerlo empleando sus propios símbolos. Al igual que se prohíbe el uso de una marca a quien no es su dueño, multándose por ello; lo mismo debe de hacerse con quienes hagan un uso partidista del bien público que representa la identidad colectiva. La identidad -como el dios Jano- vincula el pasado y el futuro, preservémosla.