Ser hombre, ¿pecado original?

A veces sucede que el miedo al desastre es peor que el propio desastre, y que las mujeres tengan miedo es el peor obstáculo para la igualdad

Ser hombre, ¿pecado original?
SR. García
Miguel Gutiérrez Fraile
MIGUEL GUTIÉRREZ FRAILE

La reciente tragedia del asesinato de Laura Luelmo, como en su día los de las niñas de Alcácer, Marta del Castillo, Diana Quer, además de impactarnos emocionalmente y producir una enorme y justificada ola de indignación, también está teniendo otras derivaciones, a mi juicio, excesivas y solo parcialmente justificadas. Decía recientemente un experto en 'masculinidades y prevención de violencia': «Dejemos de poner el foco en las mujeres que miran atrás con miedo y revisemos por qué los hombres se sienten con derecho a provocarlo», o: «Por un 2019, donde cada chico que salga, vuelva a casa sin acosar, violar ni matar a ninguna chica». Algunos twits afirman, por ejemplo: «Tú también eres el asesino de Laura», en genérico, como si todo esto fuera una conspiración masculina o a los hombres nos pudiera parecer estupendo que existan estos despreciables asesinos.

Todo esto parece indicar que estamos ante el nacimiento y desarrollo de una nueva religión con sus monjes e inquisidoras en la que el pecado original es masculino. Sucesos luctuosos como el de Laura Luelmo impactan y generan miedo social, no solo a las mujeres sino a la mayoría de los hombres, que tememos por nuestras madres, mujeres, hijas, amigas, etc. A veces sucede que el miedo al desastre es peor que el propio desastre y que las mujeres tengan miedo es, en mi opinión, un desastre y el mayor obstáculo para la igualdad. Simplemente, resulta intolerable esta situación y hay que atajarla, con la colaboración de todos. Los mensajes en las redes sociales están fuera de control y, a veces, en los medios convencionales también. Mucha manipulación, mucho ruido y mucha furia que generan miedo.

Pero analizar los datos no se compadece con esta manipulación, este miedo y esta furia. En España, se cometen unos 300 homicidios anuales, de los que aproximadamente 100 víctimas son mujeres. De estos últimos, en el 10%, las homicidas son mujeres, la mayoría familiares o conocidas. En el 16% de homicidios de mujeres los autores son hombres desconocidos, pero en el restante 74% (3 de cada 4 casos), los homicidas son hombres conocidos, siendo en este sentido los más peligrosos los cónyuges o parejas, (34%), o los familiares (15%) y exparejas (15%). El resto son conocidos o compañeros de trabajo (10%) (Datos del Ministerio del Interior. 'Informe sobre el homicidio. 2018').

Según esto, ¿debiéramos cambiar el mensaje que se emite a las mujeres? ¿Debiéramos decirle que está más segura en la calle o en el campo entre desconocidos, que en su casa con los suyos? ¿Debiéramos decirle que es más probable que le maten en su domicilio o alrededores y que el asesino sea alguien a quien conoce, alguien que duerme o ha dormido en su cama? El homicidio de mujeres con violación se da en menos del 2% de los casos. Sufrimos uno o dos casos anuales; algunos años, afortunadamente, ninguno. El riesgo, aunque existe, es relativamente pequeño.

En España, la tasa anual de homicidios en general por 100.000 habitantes es la mitad que en Francia, 10 veces menos que en EE UU, 38 por debajo de la de México y 60 veces inferior que la de Brasil. Un país tan avanzado social y educativamente como Finlandia presenta una tasa de homicidios que dobla la de España. Un dato curioso es que aquí, al parecer, los españoles matan con más frecuencia a españoles y los extranjeros matan con más frecuencia a extranjeros, algo parecido a lo que sucedía en el Nueva York de los años setenta. España es un país muy seguro, de los más seguros del mundo. Además, estos homicidios se resuelven deteniendo a los agresores en un 95% de casos, a diferencia de otros países de nuestro entorno. Así las cosas, a pesar de la existencia de hechos execrables, no parece razonable proyectar a la población ideas interesadas o magnificar fenómenos buscando beneficios en otras esferas de la vida sociopolítica.

Dicho esto, sabemos que la violencia machista adopta muchas formas (acoso, abusos sexuales, agresiones físicas y psicológicas, violaciones, matrimonios forzosos, mutilación genital, trata de mujeres y un amplio etc.) y constituye, de acuerdo al Convenio de Estambul del Consejo de Europa, una violación de los derechos humanos y una forma clara de discriminación hacia las mujeres.

También hay que decir que en España se producen 3-4 violaciones diarias, lo que resulta del todo inadmisible, aunque supongan también de las tasas más bajas de Europa. La estadística continental, con datos de 2015, sitúa a España entre los países europeos con menos denuncias por violación con 2,65/100.000 habitantes, muy lejos de las 62 por 100.000 de Inglaterra y Gales, o las 57 de Suecia. Algunos expertos indican que las estadísticas españolas están infravaloradas porque en nuestro país, por diversas causas que no es momento de citar aquí, se denuncia menos. ¿Pero se denuncia 21 veces menos que en Suecia? Esto es poco probable.

Pero el problema fundamental, el más frecuente, el más difícil de evaluar, es el acoso masculino. Y, en este sentido, desconociendo cómo está el asunto en Europa, me atrevo a decir que estamos en puestos destacados. Las chicas tienen que aguantar demasiadas cosas en las fiestas, discotecas, campos de fútbol, actividades deportivas, en los noviazgos, etc. El acoso está en la base del problema. El acoso es el sustrato que condiciona el resto de conductas abusadoras. Y esto sí requiere más educación, más educación en valores, y procedimientos adecuados para ello. La información veraz es indispensable. También lo es la no manipulación política de sucesos luctuosos que movilizan más carga emocional que otra cosa y dificulta el establecimiento de políticas sensatas, alejadas de planteamientos demagógicos. En estas políticas hay que evitar un bucle electoralista y falso que pervierte los objetivos planteados.

Las campañas educativas generalistas que no distinguen aspectos culturales específicos relativos a diversos colectivos están destinadas al fracaso. Campañas radicales dirigidas contra los hombres en general, obviando que los hombres, tanto como las mujeres, juntos, somos absolutamente necesarios para eliminar la discriminación de la mujer son sencillamente absurdas y alejadas de la realidad. Por eso fracasan y fracasarán.

La única alternativa, ya lo he dicho en muchas ocasiones, es educación, educación y más educación, pero eso es responsabilidad de todos, hombres y mujeres. Los hombres que matan, matan más hombres que mujeres. Y las mujeres que matan, aunque en menor proporción, también matan más hombres que mujeres. Los hombres ni nacemos ni somos violadores, ni nacemos ni somos asesinos, ni nacemos ni somos acosadores. Simplemente, hay hombres que lo son y ese es el problema. Todos los hombres de mi familia, de mi entorno, están tan indignados con estos sucesos como cualquier mujer.

Algunas manifestaciones de conocidas feministas -Leticia Dolera, autora del libro 'Morder la manzana': «El tío más majo y sensible, y que podría caerte superbién, puede violar a una mujer o haberlo hecho ya»- remiten a la pregunta: ¿ser hombre es el nuevo pecado original? ¡No piquemos el anzuelo! ¡No mordamos la manzana!, dijo Brigham Young: «Cuando educas a un hombre, educas a un hombre; cuando educas a una mujer, educas a una generación».