Abandonar la ambigüedad

Abandonar la ambigüedad
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Adolfo 'Txiki' Muñoz
ADOLFO 'TXIKI' MUÑOZSecretario general de ELA

Las decisiones impuestas por los neoliberales en esta crisis dejan duras secuelas: desempleo, desigualdad, miseria laboral, xenofobia, machismo, corrupción y mentiras, saqueo de cuentas públicas, crisis ecológica, persecución de la disidencia… No es coyuntural, como tampoco lo es la manipulación que el capital ejerce sobre la política hasta convertirla en una caricatura, alimentando un caldo de cultivo propicio para la extrema derecha. Sufrimos una revolución conservadora en la que triunfan el autoritarismo y el neoliberalismo.

Los gobiernos aceptan límites estrictos que impiden hacer política social. Imponen un marco en el que es indiferente quién gobierne. Nos explicaron, por ejemplo, que se veían obligados a hacer recortes porque caía la recaudación fiscal, culpando al gasto social del déficit y la deuda. Era mentira. La culpa era y es de la baja presión fiscal, porque las rentas de capital y empresariales pagan entre poco y nada. Y ahora, que crece la recaudación fiscal, siguen los recortes en sanidad, educación… porque la maldita 'regla de gasto' que han acordado «impide gastar». Azpiazu, consejero de Hacienda del Gobierno vasco, la definió como una «camisa de fuerza» con la que estaba de acuerdo. Así son nuestros neoliberales.

El Ejecutivo autónomo, sin embargo, protege los intereses empresariales. Les dan ventajas fiscales, apoyan sus estrategias de precariedad laboral y colaboran para neutralizar al sindicalismo. Ni un solo reproche porque comparten una doble moral con la patronal; la de Garamendi, que al ser elegido presidente de la CEOE se ha puesto un sueldo de 350.000 euros, al que califica de «humilde».

Urkullu reserva los reproches para el sindicalismo reivindicativo. Ser beligerante contra el sindicalismo es un mérito para ser alto cargo del Gobierno. Les estorban los sindicatos, las huelgas… También las protagonizadas por mujeres. Prefieren apropiarse del 8-M para hacer desaparecer del análisis de la desigualdad de género la responsabilidad de sus políticas y los intereses empresariales que abusan de la mujer -por ser mujer- como mano de obra barata.

El Gobierno defiende -con la patronal- que «los conflictos queden fuera de las empresas» y «de las aulas». Niega que existan razones para el conflicto. ELA está orgullosa de transmitir a la juventud que hoy estudia que entre resignarse o luchar, luchar es lo más digno. Celebrar una huelga en la educación vasca, en contra de la opinión de la consejera Uriarte y Kristau Eskola, transmite valores a nuestros hijos de los que estamos muy necesitados. Por todo eso el Gobierno quiere neutralizarnos. Por eso no respetan los resultados de las elecciones sindicales. Urkullu impulsó para la negociación colectiva los acuerdos en minoría, y ahora regula por decreto el inexistente diálogo social, imponiendo que los acuerdos se puedan alcanzar por el Gobierno y Confebask con un sindicato que tenga un 10% de representación. Diez años de «diálogo social», precisamente, cuando se han tomado decisiones durísimas contra la clase trabajadora. Es una broma. En eso se concreta el Marco Vasco de Relaciones Laborales y Protección Social del Gobierno, en aplicar política antisocial y en despreciar las mayorías vascas. Urkullu explica que «la confrontación no es una opción» y usa el Boletín Oficial contra quienes rechazamos su modelo de sociedad neoliberal.

Ha sido imposible mantener una relación normalizada con este Gobierno. Nos han llegado a exigir -para celebrar una reunión- que no criticásemos sus políticas. Solo toleran relaciones de subordinación o clientelares con las organizaciones sociales y en esas relaciones no hay democracia.

En este estado de cosas es obligado -pensamos- reflexionar sobre la izquierda. La izquierda no debe permitir que la derecha hurte y hegemonice los debates esenciales. Para que eso no suceda hay que trabajar mucho haciéndose eco de los problemas de la gente. La izquierda, sin embargo, da prioridad a la «moderación para ganar centralidad» con objetivo electoral. Lo hace, precisamente, cuando la derecha es más reaccionaria y cuando la mayoría social dice que lo que más le preocupa es el paro, los bajos salarios y las pensiones.

La izquierda no debe convertirse en una marca; no debe limitarse a decir a la gente que con su presencia en las instituciones cambiarán las políticas. Es una condición necesaria, pero insuficiente. Basta mirar alrededor. La izquierda política debería dar centralidad a la movilización social, a que se desarrollen estructuras organizativas que refuercen el tejido social alternativo, a los propios hechos y a los contenidos de la política. La izquierda no debe tener miedo a hacer oposición y razonarla. Recuperar la pedagogía social. Ser útil en política no es sinónimo de acordar con el sistema. Incluso se pueden ganar elecciones y perder el proyecto. como le sucedió a la socialdemocracia cuando abrazó el consenso neoliberal y desapareció como alternativa. Quizás, para esa izquierda que quiere «ganar la centralidad», el sindicalismo reivindicativo se ha convertido en un estorbo. Es lo que le piden los neoliberales vascos: si queréis certificaros como uno más ¡olvidaros de los sindicatos! De los sindicatos y de las expectativas de la gente que representamos.

Los derechos laborales y sociales no se transmiten de padres a hijos. Es indispensable, si queremos influir y ser útiles, reforzar el compromiso con las alternativas y organizar a nuestra gente. Transmitir ilusión a nuestra militancia. En ELA pensamos que el sindicalismo o es contrapoder o no es nada. No hemos nacido para obedecer en un mundo en el que todo se resume, cada vez más, a relaciones de poder. Por todo eso ELA cree que es imprescindible abandonar la ambigüedad. Ser ambiguos nos perjudica.