Borja López: «Vender es difícil, pero vas cogiendo labia»

El campesino de las Encartaciones examina sus plantas./Maite Bartolomé
El campesino de las Encartaciones examina sus plantas. / Maite Bartolomé

López cultiva más de 250 verduras diferentes para atender a restaurantes y particulares

GAIZKA OLEA

La vida no es una línea recta, sino que se parece más al zigzag de las curvas que conducen desde la carretera de Karrantza hasta la explotación que Borja López ha creado para producir (y vender, de eso se trata) una surtida colección de verduras. Restaurantes de campanillas y anónimos ciudadanos adictos a la calidad consumen el género que brota a lo largo del año en un lugar que antaño fue de paso pero que hoy no recorre nadie, salvo las patrullas de jabalíes y corzos que, si pudieran, darían buena cuenta de las delicias que mima López.

Artzentales Eko

Web
www.artzentaleseko.com.

El zigzag de este hombre con alma de campesino tiene que ver con su peripecia vital (sus padres le llevaron con tres años de su Artzentales natal a un lugar tan inhóspito para alguien nacido en el campo como Santutxu) y profesional: empezó a estudiar Económicas y vio que aquello no era lo suyo; se empleó en empresas forestales para, motosierra en mano, tumbar pinos, pero pronto advirtió que dar vida es más fructífero que talar árboles.

Más de 250 productos

Recibió e impartió clases en la Escuela Agraria de Derio hasta que en 2010 compró unas tierras vinculadas a su familia en el alto de una colina vecina al Kolitza, junto al bosque de Tejera, en su pueblo natal. Como en otras ocasiones, aquel proyecto tenía algo de suicida, vistas las zarzas que cubrían las parcelas y el deteriorado estado de las casas, en cuyo techo habían arraigado incluso algunos robles. Hoy, la vivienda luce espectacular, como tenía que serlo cuando los viejos senderos de carros pasaban por allí desde Karrantza hacia Balmaseda, apenas 25 kilómetros de monte a través, pero aptas solo para gente muy, pero que muy dura. Allí la línea recta, el llano, es una ilusión. O un espejismo.

En abril de 2011, Borja lo recuerda aún, plantó sus primeras patatas, el inicio de Artzentales Eko, una empresa agraria que da para tres sueldos a cambio de abastecer a restaurantes como el Nerua, el Mina, San Mamés o Aizian. Aquellas patatas, tan modestas, se han diversificado ahora en más de 250 productos diferentes: cebollas moradas de Zalla, fresas, zanahorias mini, guisantes lágrima, puerros, habas, nabos daikon y de Nabarniz, pimientos choriceros, calabazas, calabacines, pepinillos, alubias... y unos imponentes espárragos, tanto blancos como trigueros.

Servicio en unas horas

«Empecé preparando cestas, como tantos otros; vendíamos hasta 35 a la semana, pero el reparto era una locura. Ahora servimos a una decena de clientes y a restaurantes», explica López. Darse a conocer, y más estando en un lugar tan retirado de la ya muy aislada comarca de Las Encartaciones, requiere un esfuerzo y una disposición terribles. Probó a ofrecer su género en Casa Garras, en la vecina Karrantza, y luego insistió. «Es difícil, pero con el tiempo vas cogiendo labia». Labia es una forma de llamar a la capacidad de convencer a los cocineros que sueñan con producto de calidad y, no lo olvidemos, en todo momento, que no accederían a sellar un trato con alguien que no garantiza la calidad pero tampoco la cantidad.

«No puedes decir 'ahora no tengo', la cuestión es planificar la producción en función de las necesidades de los restaurantes». Eso se explica bien cuando se recorren los cultivos y se aprecia que la verdura crece por etapas, para evitar pan para hoy y hambre para mañana. «Los cocineros saben que tendrán en unas horas lo que cosecho, que son verduras ecológicas, sin química. Si aparecen pulgones los elimino a mano o con jabón», explica.

Hubo un momento en el que Borja pensó, y a la vista del lugar cabe pensar que sería una buena opción, en reconvertir las construcciones en un turismo rural. El espacio es espléndido, con vistas al parque de Armañón, al valle, perfecto para el senderismo y la calma. Luego debió de pensar que las verduras protestan menos que los humanos, y en eso está, sin prisa, cultivando todas las plantas que produce en sus dos hectáreas, controlando el proceso en su totalidad en un lugar donde los pájaros cantan felices, cerca de sus gallinas y de las ovejas, de las que obtiene huevos y leche. «Esto te tiene que gustar; si no, es un suplicio», concluye.